Foto: AFPLa extracción de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, hoy procesados en un tribunal federal en Nueva York (Brooklyn), abre una nueva fase en el proceso político venezolano en la que el narcorrégimen olvida su discurso “socialista y revolucionario” a cambio de buenas relaciones con Washington, que impone públicamente las directrices a Delcy Rodríguez, encargada por el mismo presidente de Estados Unidos como jefa interina del gobierno, lo que para muchos se traduce en tutelaje.
La administración de Estados Unidos decide tutelar al régimen chavista/madurista, exponente del fracasado socialismo del siglo XXI, para garantizar la estabilidad y la paz en el país, la recuperación de la economía y de las instituciones y un período de transición que conduciría a la instalación de un gobierno democrático. El tutelaje, es decir, la dirección de la gestión pública desde Washington, es sin duda humillante; pero no para los venezolanos ni para Venezuela, sino para el grupo de delincuentes que hasta ahora había mantenido en jaque a los venezolanos, a la comunidad internacional ya Estados Unidos en particular, al que desafió hasta el 3 de enero, desestimando torpemente que en cualquier momento, como en efecto ocurrió, vendrían por ellos.
Las primeras adoptadas desde Washington y ejecutadas por Delcy Rodríguez, la patriota cooperante interina, hoy separada del G2 cubano y bajo la dirección de medidas de la CIA, quizás con la oposición de una vez también “luchador revolucionario”, teniente Diosdado Cabello, es la consecuencia de más de 25 años de pillaje y de destrucción, de corrupción y de violencia desde el Estado que tanto sufrimiento ha provocado.
Sin desconocer que el bandidaje tutelado pretende permanecer en el poder a cualquier costo, estamos ante el cambio y no simplemente de nombres o de protagonista al frente del régimen, como a algunos les preocupa con cierta razón. Es el fin de un sistema despreciado por la inmensa mayoría dentro y fuera; un cambio muy distinto al tan audido gatopardismo que recuerda la expresión de un personaje de la novela El Gatopardode Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que dijo: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. No. Acá no hay vuelta atrás y eso lo saben los que muy temporalmente controlan Miraflores, al menos para ejecutar las órdenes superiores de Washington.
El reconocimiento de María Corina Machado como la líder de la oposición, la dirigente que representa a más del 80% de los venezolanos, muestra que el cambio está en curso y que no se trata de una nueva falsa “negociación” del chavismo. La visita a Washington de María Corina Machado marca una pausa importante en este proceso. El reconocimiento de su condición de líder de la oposición venezolana por Trump, quien la recibió en la Casa Blanca junto al vicepresidente y al secretario de Estado, la cúpula del poder de Estados Unidos, muestra que la fase de tutelaje que forzosamente se ha iniciado abre espacio a una relación de Washington con todos los actores y que el papel que habrá de desempeñar la administración Trump lejos de ese tutelaje que somete al gobierno títere de Caracas, será de mediador, es decir, la entidad neutral e imparcial que facilitará el encuentro y la relación entre la mayoría de los venezolanos representada por María Corina Machado y el régimen transitorio saliente de Delcy Rodríguez. Descubrir la realidad del cambio a mediano plazo e imponer una realidad distinta a la aspiración popular, es decir, reconocer al resto del chavismo ahora “redimido”, sería un grave error de quienes determinan hoy el rumbo de la transición.
El interés de Washington en el cambio debe ir más allá de esta primera fase de “tutelaje”. La estabilización de la situación, es decir, las garantías de paz interna y de seguridad jurídica que proteja a inversionistas de todos los sectores es la primera meta y allí vemos a la patriota cooperante aceptar las “exigencias” de Washington. Tal como lo ha enunciado el secretario Rubio, después de la estabilización, la recuperación y más tarde la transición hacia la democracia con un gobierno que responde a la voluntad popular y al deseo colectivo de reconstruir con nuestras capacidades el país que todos queremos.
El momento llega y la reconciliación vendrá. Es necesario, indispensable para la estabilidad y el progreso, pero sin desconocer, en primer lugar, que hay un país entero que exige el cambio y el retorno definitivo a la democracia; y, luego, que ese proceso, para que sea estable y duradero, mantenga la memoria, la rendición de cuentas y la reparación de las víctimas como sus elementos fundamentales.