Foto: Getty ImagesNo se trata de que Trump desprecie a María Corina Machado. Lo tosco y guapetón de su vocabulario, acompañado de su carencia de tacto político, lo llevó a decir que la dirigente venezolana no tiene el apoyo (habló de apoyoen inglés) ni el respeto que necesita en Venezuela.
Sin ánimo de ser un descifrador del habla de Trump, el presidente norteamericano se refería a algo en lo que él cree, le han dicho, y tiene algún sentido, y es que María Corina Machado y Edmundo González (a quien ni siquiera mencionaron) no cuentan con el respaldo institucional (militar, policial y de las estructuras del Estado) como para asumir hoy el poder en Venezuela con la ayuda de Estados Unidos.
A Trump hay que analizarlo, primero, desde su matiz personal. ¿Quién es el personaje? He dicho antes en este espacio que es un individuo guiado por un egocentrismo enfermizo. “Jamás quiere verso como un perdedor. No acepta perder (…). Es rencoroso y retaliativo, vengativo…” (El Nacional, 12 de noviembre de 2025).
También decíamos: “Es un tipo simple, no estratégico. Es intuitivo y sabe jugar bien en el corto plazo. Es agresivo como negociador. Eleva al máximo los costos potenciales del adversario, para ir bajando según las contraofertas que vayan surgiendo; o si le cambian las circunstancias. Sus planteamientos políticos y económicos están íntimamente ligados a su personalidad. Lo mismo que sus relaciones internacionales”.
Trump quería sacar a Maduro desde su primer mandato presidencial. Por entonces, apoyó a Guaidó con frenesí. Creyó, erróneamente, en la información de inteligencia que le dieron los líderes opositores de entonces; en la participación de Christopher Figuera, jefe del Sebin; en que junto con la liberación de Leopoldo López habría un alzamiento militar. Y no fue así.
Esta vez se aventuró a desplegar un creciente contingente militar y naval frente a Venezuela, escuchando más al polo de Marco Rubio (secretario de Estado y jefe del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca), Stephen Miller (sujeto de Gabinete) y Peter Hegseth (secretario de Defensa), que al de Richard Grenell, enviado especial para Latinoamérica, que había insistido en una negociación continua con el régimen madurista para ir abriendo la industria petrolera para Estados Unidos e ir logrando concesiones, como las de los vuelos de repatriación de venezolanos y la liberación de estadounidenses detenidos.
Políticos y medios norteamericanos nunca estuvieron callados frente a lo que hacía la administración Trump con Venezuela. Algunos parlamentarios, demócratas y republicanos, especialmente los republicanos cubano-americanos de Florida, cuestionaban las licencias otorgadas a la petrolera Chevron para que operara en Venezuela.
Trump desarrolló entonces una campaña de persecución de un narcotraficante internacional, personificado en Nicolás Maduro, para justificar operaciones militares frente a Venezuela. Empezó con un objetivo fácil, el de las lanchas de pescadores que transportaban marihuana y cocaína por el Caribe. La triste situación de los pescadores metidos a transportadores de drogas para paliar su situación económica no le dolía a nadie. Servicio de propaganda en Estados Unidos, para pretender demostrar que, con apoyo del régimen madurista, salían desde Venezuela contingentes de drogas destinadas a afectar vidas norteamericanas. Se llegó a decir incluso que transportaban fentanilo, la principal causa de muerte por sobredosis en los Estados Unidos y que entra más bien por vía terrestre, desde México.
Al régimen chavo-madurista no le hacían ni cosquillas las ejecuciones extrajudiciales de Trump y Hegseth. Políticos y medios norteamericanos sí reclamaban su justificación y debatían la legalidad y productividad de estos actos.
Trump escaló cada vez más la presencia aérea y naval cerca de Venezuela, al punto de que al llevarse a Maduro y Cilia para ser juzgados en Nueva York, el 20% del poderío naval estadounidense estaba estacionado en aguas del Caribe. Llegó un punto en que el estratega cortoplacista que hay en Trump tenía que hacer algo. Demasiados recursos gastados, demasiada demostración de fuerza que no podía terminar en nada.
Decíamos hace casi dos meses en este espacio que el Pentágono había propuesto a Trump varias opciones para atacar militarmente a Venezuela. “Un escenario sería bombardear laboratorios y asentamientos del narcotráfico, además de instalaciones militares venezolanas que pudieran querer responder. En este escenario, los asesores de Trump indican que, con un apoyo militar resquebrajado, Maduro pudiera buscar huir o moverse dentro de Venezuela, lo cual lo haría más fácil de capturar.
“El segundo escenario sería una operación quirúrgica (…) enviando (…) ‘fuerzas de Operaciones Especiales, como la Fuerza Delta del Ejército o el Equipo SEAL 6 de la Armada, para intentar capturar o matar a Nicolás Maduro. Bajo esta opción, el gobierno de Trump buscaría eludir las prohibiciones contra el asesinato de líderes extranjeros, argumentando que el Sr. Maduro es, ante todo, el líder de una organización narcoterrorista”.
El escenario de la invasión como tal estaba descartado desde el principio. Primero, por la propia personalidad de Trump. El hombre no se arriesga a perder o que se le enrede el papagayo. Segundo, una invasión implicaría no sólo realizarla con un mucho mayor número de fuerzas militares, sino tener que contar con el aval del Congreso, cuya aprobación Trump tampoco quiere arriesgar.
También es que el mismo Trump, desde antes de llegar a la presidencia por primera vez, hizo campaña contra las políticas de “cambio de régimen” de gobiernos anteriores (Bush en Iraq, y Bush y Obama en Afganistán) e insistió en que con él no habría soldados en el terreno (“tropas en el terreno”) en operaciones militares futuras. Prefiere lo que hizo en su primera administración, y en esta, de bombardear objetivos desde barcos, como hizo en Siria e Irán.
TACO Trump (apodo que le endilgaron en mayo, por Trump siempre se acobarda, Trump siempre se acobarda, tras numerosas amenazas y retractaciones durante la guerra comercial que inició con los aranceles el “Día de la Liberación”) se vio obligado a actuar, por las dimensiones de la amenaza que había creado. Y cuando se sintió que a lo mejor no iba a hacer nada, optó por la opción quirúrgica.
Se llevó a Maduro y Cilia y no bombardeó La Orchila o Palo Negro. Tampoco atacó instalaciones de los narcos en la frontera. Se limitó a abrir espacios por donde pasarían los helicópteros de la Fuerza Delta y eliminó la custodia de Maduro, integrada mayoritariamente por cubanos. Una operación donde no hubo heridos ni derribo de aeronaves norteamericanas. Si hubiera atacado otras instalaciones militares en Venezuela, le hubiera sido más difícil defender la operación frente al Congreso. El gobierno de Trump ha sostenido que se trató de una extracción de un criminal buscado por la justicia norteamericana y no de una operación militar. La participación de las fuerzas armadas fue necesaria para proteger a quienes iban a arrestar al buscado por la justicia.
No sustrajo tampoco a Diosdado u otros, por el riesgo de que la operación se extendiera y se viera obligada a invadir. Así cumplió su promesa de “Sin tropas sobre el terreno” y justificar su falta de anticipación a los congresantes, porque era una operación concreta de extracción de un delincuente, que requería sigilo y precisión.
La misma lógica opera en relación con la integración de María Corina Machado y Edmundo González al futuro inmediato de los acontecimientos en Venezuela. Ni el líder de la oposición democrática ni el presidente electo podían ser impuestos como parte de la operación, porque ello implica colocar una fuerza militar en Venezuela que garantiza que no serán desplazados del poder y Trump tenía restricciones propias y legales (el presidente debe pedir autorización al Congreso para una invasión militar), y también políticas, porque probablemente una mayoría republicana y muy probablemente la oposición demócrata se opondría a la autorización.
Las circunstancias creadas por el propio Trump, el cortoplacista, lo obligaron a no echarse para atrás y tener que actuar como actuó. Se llevó el trofeo de Maduro y Cilia; Calló por un tiempo otros debates (la situación de la salud, el alto costo de la vida, el caso Epstein, etc.), y le dejó a Rubio, Miller, Hegseth y el vicepresidente Vance lidiar con el régimen ahora encabezado por Delcy y con la estrategia a mediano plazo.
De aquí en adelante, todo dependerá de cómo se muevan tanto los factores dentro del régimen madurista (los Rodríguez, Diosdado y Padrino), como las distintas fuerzas dentro del gabinete de Trump. Por los momentos, hay una suerte de empate entre las viejas ideas de Grennel, que se expresaron en octubre cuando los Rodríguez propusieron a través de Qatar que saliera Maduro con perdones y protecciones, a cambio de que quedara Delcy en el poder, y abrir todas las industrias estratégicas venezolanas a los norteamericanos, y las de Rubio, quien apoyó por Miller insistió en la posibilidad de una opción militar.
Rubio, a mediano y largo plazo, es la esperanza de la oposición democrática, si las circunstancias se lo permiten. Al igual que Delcy, Rubio tiene que hablar para su audiencia interna. Para ambos, esa audiencia tiene una composición complicada.
@LaresFermín