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Monday, March 16, 2026
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    Venezuela: ¿Qué nos dice el cierre del 2025 sobre cómo será el 2026?

    Venezuela cerró 2025 sin transición democrática, pero también sin estabilidad real para el gobierno que “sigue” en el poder. El régimen “sigue” en pie, pero la oposición también, mientras el país “sigue” deteriorándose bajo el peso de un régimen dispuesto a todo para mantenerse en el poder. Ese triple “sigue” es engañoso: lo que parece continuidad es, en realidad, una acumulación de tensiones sin resolver. Venezuela entra en 2026 no como un país congelado, sino como uno al borde de un punto de inflexión, cuyo desenlace dependerá menos de discursos y más de aciertos, errores, shocks y decisiones internas y externas. El balance político de 2025 es claro: nadie ganó, por ahora, pero nada sigue igual.

    Un régimen que resiste, pero no gobierna

    El gobierno de Nicolás Maduro logró cerrar el año manteniendo el control del poder formal. Lo hizo como ha venido actuando desde la derrota electoral de 2024: represión (ahora más selectiva), control institucional absoluto, fragmentación opositora inducida (que solo ha funcionado parcialmente entre un liderazgo en declive y políticamente cooptado) y la administración de una economía de subsistencia. Pero 2025 confirmó algo fundamental: el régimen ya no gobierna el país; apenas lo administra bajo la sombra del terror.

    La economía no despega, el ingreso real se erosiona, los servicios públicos siguen colapsados ​​y la desigualdad se profundiza bajo una dolarización informal que beneficia a unos pocos y excluye a casi todos. La represión contiene la movilización por miedo, pero su justificación no convence ni a los propios. El miedo inmoviliza, pero no genera lealtad. El chavismo gobierna un territorio con una población agotada y temerosa, no una sociedad movilizada a su favor.

    Esto importa porque la estabilidad autoritaria, como lo demuestra la historia, tiene siempre rendimientos decrecientes. Cada mes de control exige más coerción, más vigilancia y más costos internos, sin producir legitimidad ni un horizonte de estabilidad. El régimen sobrevive, pero no construye futuro para ellos y menos para el país.

    El primer cuatrimestre: cuando todo suele complicarse

    Hay una variable histórica que rara vez falla y que debe subrayarse con fuerza: el primer cuatrimestre del año ha sido, sistemáticamente, el de mayor conflictividad política y social en Venezuela. Enero a abril concentran el impacto del deterioro económico acumulado, el agotamiento emocional de la población y el inicio de nuevos ciclos de presión política.

    Venezuela entra en ese tramo de 2026 con condiciones sociales particularmente duras: ingresos deprimidos, empleo precario, servicios colapsados ​​y expectativas agotadas. A esto se suma un elemento decisivo: la presión externa está aumentando, no disminuyendo. La combinación es peligrosa. Cuando la presión interna y la externa convergen, los equilibrios autoritarios suelen volverse frágiles.

    Una oposición con un liderazgo fuerte

    Del lado democrático, el contraste es evidente. La oposición conserva legitimidad, liderazgo y respaldo internacional, pero carece de capacidad operativa sostenida dentro del territorio. María Corina Machado, junto a Edmundo González Urrutia, siguen siendo el principal referente político del país, dentro y fuera de Venezuela. Su liderazgo no se ha erosionado; por el contrario, se ha consolidado moral y simbólicamente.

    Sin embargo, hay un hecho político de enorme peso: tanto María Corina Machado como el presidente electo, Edmundo González Urrutia, están hoy en el exilio. La oposición enfrenta al régimen desde fuera, mientras el poder controla el territorio. Esto limita la movilización, dificulta la articulación interna y facilita la represión preventiva.

    La promesa de retorno de Machado introduce una variable crítica para 2026. Si ocurre, y soy de los que no tienen mayores dudas de que así será, su retorno tendrá un impacto político inmediato sobre las expectativas de la mayoría que exige un cambio político y elevará significativamente el costo represivo del régimen.

    Venezuela vuelve al radar geopolítico

    Si algo cambió de manera sustantiva hacia el final de 2025 fue el contexto geopolítico. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca alteró el marco completo de la relación con Venezuela. Washington abandonó la ficción de una salida gradual y volvió a una lógica de presión directa, disuasión y ambigüedad estratégica.

    No es casual que Trump mencione a Venezuela en una rueda de prensa junto a Benjamín Netanyahu, ni que Netanyahu se refiriera explícitamente a Caracas por su cooperación con Irán. Tampoco es casual que se hayan sancionado iniciativas vinculadas a la producción de drones con apoyo iraní. El mensaje es inequívoco: Venezuela dejó de ser solo un problema democrático y volvió a ser un problema de seguridad.

    Esto cambia el juego. Cuando Venezuela es acusada de ser un nodo dentro de una red que conecta Irán, crimen transnacional y amenazas regionales, la tolerancia internacional se reduce drásticamente. La presión externa en 2026 no será retórica: será estructural.

    En este sentido, los conflictos en otras regiones refuerzan esta tendencia. La guerra en Ucrania mantiene una Europa absorbida y con menor margen político. El conflicto en Medio Oriente eleva la sensibilidad de Estados Unidos frente a cualquier actor alineado con Teherán. La rivalidad entre Washington y Pekín empuja a Estados Unidos a reordenar prioridades en el hemisferio occidental.

    En ese reordenamiento, Venezuela vuelve a aparecer como una anomalía incómoda que no puede administrarse indefinidamente. Al mismo tiempo, los aliados del régimen muestran límites claros. Rusia está concentrada en su propio frente; China privilegia estabilidad y negocios, mientras emergen las primeras señales de tensión con Taiwán; Irán coopera, pero no rescata, y menos aún en un momento en que tiene que lidiar con protestas internas y los frentes abiertos con Estados Unidos e Israel. El eje autoritario existe, pero hoy está a la defensiva y en condiciones de mucha fragilidad.

    2026: tres escenarios, un mismo riesgo

    Con estas variables, 2026 se abre como un año de alto riesgo político, especialmente en el primer cuatrimestre. Tres escenarios dominan el horizonte posibles:

    El primero es la continuidad autoritaria adaptativa: el régimen aguanta, reprime lo necesario y administra la precariedad. Es el escenario que el régimen intenta mantener, y que resulta probable si nada se rompe.

    El segundo es un reacomodo intra-régimen, impulsado por tensiones internas o cálculos de supervivencia, que se ha asomado como una posibilidad negociada, aunque puede ser la consecuencia de desacuerdos internos. Ello, a pesar de la ingeniosidad e ignorancia de algunos de sus defensores, no llevaría a una democracia, pero sí una mutación del poder.

    El tercero es una ruptura acelerada, que es el que evidentemente buscan tanto el liderazgo opositor como sus aliados internacionales, provocada por un shock externo, un error represivo o una movilización inesperada que altere el dilema entre reprimir y tolerar una transición política. Es, obviamente, el escenario que más preocupa al régimen y el que trata de prevenir.

    Lo que parece descartado es una transición pactada, ordenada y gradual. El gobierno no siente que negociar sea menos costoso que resistir.

    Conclusión: el tiempo del statu quo se agota

    Venezuela entra en 2026 al borde de un precipicio. No hay desenlace escrito, pero sí una certeza: el tiempo político del statu quo no es infinito. El diseño dependerá de cómo cada quien jugará con las piezas que le quedan en el tablero.

    Cuando la presión social, la fragilidad interna y la geopolítica convergen, los sistemas autoritarios pueden quebrarse de manera más rápida e imprevista de lo que suele preverse.

    Pero por jugar a ser “abogado del diablo” no dejemos por fuera la pregunta que algunos de mis lectores ya deben estar haciendo: ¿Y qué pasa si, pese a toda la presión, el régimen no se quiebra, como ha sucedido hasta ahora? Como hemos dicho en ocasiones anteriores, estamos ante un “juego de pollo”asimétrico. Y en un “juego de pollo” el resultado razonable esperado, el equilibrio del juego, es que alguien doble el volante para evitar la colisión. Y si el juego es asimétrico, porque alguien tiene la ventaja para ganar, el más débil termina teniendo la última decisión: si no desvía el volante para evitar la colisión, habrá colisión

    El problema no es entonces si habrá cambio, sino cómo sucederá y qué costo. Y esa es la pregunta que marcará, desde el inicio, el año que recién comienza.

    ¡Feliz Año 2026!