Las Navidades conllevan el aspecto comercial y por ende del consumo y compra venta de chécheres, pero son mucho más. No hay unicidad en las tradiciones porque cada país lo celebra de una manera, pero sí hay coincidencias en ser fechas para la reflexión, el encuentro y la unidad de la familia y amigos.
En Venezuela, la Navidad se ha asociado tradicionalmente a hallacas, ponche crema, pintar la casa o apartamento, estrenos (la compra de la ropa nueva de la familia especialmente de los niños o menores) y compartir de una taza de café, una cerveza, una hallaca e intercambiarlas entre primos, compadres y amigos, unido a las tradicionales misas de aguinaldo a golpe de las 5 am que, en Venezuela y especialmente en la región andina, son obligatorias.
Ciertamente, los últimos años y Navidades para los venezolanos han sido unas Navidades raras, extrañas, sui generisno solo por las precariedades y limitaciones para precisamente honrar las tradiciones y mínimamente satisfacer las expectativas del niño de hacer unas hallacas, comprar los estrenos de los menores y, por supuesto, los regalitos del Jesús. Pues la cosa no termina ahí, porque resulta y acontece que tenemos millones de familias partidas, ya sea porque parte de los miembros se fueron del país, otros casos están referidos a familiares privados de libertad para no hablar del San Benito o procesión de aquellos grupos con familiares enfermos y sin los recursos para sufragar exámenes, cirugías y curar diversas patologías.
De tal manera que las Navidades en Venezuela han venido sufriendo un proceso de mutación y transformación. Algo si queda claro y es que el venezolano, muy a pesar de los tiempos, las limitaciones, no contar con los recursos y demás, se las ingenio para sobrellevar el peso de la crisis, no solo la económica, sino la existencial, asociada al largo catálogo de situaciones familiares donde la pregunta repetida o afirmación es pudiésemos estar todos bien, la historia pudo ser otra, etcétera, etcétera.
Algo tenemos que medianamente tener claro, precisamente en estos días de adviento y ya Navidad, y es que un país no es solo el gobierno o la iglesia o los empresarios o las universidades, sino además los ciudadanos. En virtud de lo cual existen diversos grados de responsabilidad y corresponsabilidad, en función del deterioro económico, financiero, asistencial, educativo, material e inmaterial que hemos registrado los venezolanos en los últimos años.
En estas fechas que son de reunión, de reflexión y meditación de lo ocurrido, de lo observado en este rudo 2025, si hay alguna palabra que nos puede identificar como sociedad y comunidad es la “resiliencia”, que se aplica a todos los sectores, a los venezolanos de acá y los que se fueron, a los agricultores, a los profesores en todos los niveles de educación, básica, superior y universitaria, a los empresarios, a los médicos, a los productores, a los estudiantes y para usted de contar. Todos sin excepción hemos sido afectados por la crisis y las limitaciones de todo índole. Y el tema a debatir no es ponerse a llorar o despotricar, sino nuevamente reflexionar y tratar de sacar de la crisis una oportunidad, una ganancia, una experiencia individual y colectiva.
Este país hay que volverlo a parir y ello implica el esfuerzo colectivo que tenemos por delante los venezolanos, por eso hay que volver hablar de responsabilidad y corresponsabilidad, porque es allí donde está en el centro del asunto. Las cosas no caen del cielo, a pesar de que Venezuela fue en exceso premiada por la naturaleza, en términos de sus recursos naturales (gas, petróleo, minerales, agua, etcétera, etcétera) y, sin embargo, por una nefasta administración de los mismos hemos hecho como el cangrejo, hemos ido retrocediendo a pasos agigantados.
La recuperación de la que hablo está referida a volver a resituar temas como el valor de la educación, el valor agregado, el trabajo productivo, la responsabilidad social empresarial, las reglas de juego, el estado de derecho y el imperio de la ley; unidos a honestidad, puntualidad, profesionalismo, ética y sensibilidad. La mayor riqueza de Venezuela no está vinculada solo al petróleo, al gas oa los minerales depositados en la Faja Petrolífera del Orinoco y arco minero, sino además en su población, su gente. En la ecuación hay un grave déficit (salvo excepciones) y tiene que ver con partidos sólidos y una clase política proba, responsable y digna, tanto en el gobierno como en la oposición.
Sean oportunos estos días y horas donde la felicidad celebra el nacimiento del niño Jesús para renovar nuestros votos, nuestra fe, nuestros compromisos en ser mejores ciudadanos, mejores personas; recargar energías para dar todo lo mejor de cada uno de nosotros en la procura de un país más justo, más equilibrado, más ordenado, de mayor desarrollo, estabilidad, crecimiento, progreso, orden, armonía, paz y felicidad en este venidero y venturoso 2026 donde “todos” debemos, más allá de las naturales y necesarias diferencias, sumar y no restar. Que Dios infinitamente bendiga a cada hogar y venezolano acá y allá, los que nos quedamos, los que se fueron y los que volverán. Venturoso 2026.
Profesor de la Universidad de Los Andes
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