Foto: EFELa democracia rara vez sucumbe entre el estruendo de cañonazos y la gracia de clarines. Su extinción es discreta, imperceptible, ocurre en el silencio de una transición que se promete, se aplaza y, finalmente, se olvida. Es allí donde el poder se aferra mediante discursos solemnes y excusas creativas, dando comienzo a la prueba de fuego para la República. La grandeza política no reside en elecciones ganadas bajo la euforia de la promesa, sino en el momento sobrio e intenso de aceptar que se ha perdido. En la historia de las naciones, el carácter de un líder no se revela en su ascensión, sino en la dignidad de su retirada, en el decoro del adiós.
Las naciones respetuosas, garantes y comprometidas no se definen por cómo conquistan el poder, sino por la hidalguía con la que lo entregan. La estatura democrática no se mide en la aritmética electoral, sino en ese instante crítico al descubrir que el poder, por definición, es un préstamo temporal. Entonces, la democracia se somete a su examen final colocándose ante la transición.
Sin embargo, vivimos tiempos donde la transición ha dejado de ser un procedimiento administrativo para convertirse en una proeza de supervivencia. Lo que debería ser un relevo ordenado se transforma en una carrera de obstáculos trazada por quienes confunden gobernar con poseer. No buscan administrar el cambio, sino agotar al adversario ya la sociedad hasta que la alternancia pierda sentido.
Estas transiciones no fracasan por errores técnicos, colapsan por voluntad expresa. El apego patológico al mando se disfraza de “responsabilidad histórica”, “defensa de la paz”, “chantaje de si no soy yo el caos” o un amor tóxico por el pueblo. Pero la psicología del poder es implacable; quien se niega a irse no lo hace por fortaleza, sino por la debilidad de quien teme enfrentar su propia finitud sin el escudo del cargo. Coartadas sentimentales que la historia responde con una sonrisa cruel.
Una transición organizada no es concesión generosa del gobernante saliente; es una obligación sagrada. Exige reglas claras, archivos abiertos y cuentas transparentes. Cuando las normas se reinterpretan según el humor del palacio, el Estado deja de ser árbitro imparcial y degenera en cómplice.
Las democracias que sobreviven a las tempestades del populismo son las sostenidas por instituciones profesionales, estables y deliberadamente aburridas. Sin un servicio civil enérgico que trascienda a los caudillos, cada cambio de mando se convierte en demolición ritual, táctica de “tierra arrasada”, destruyendo para negar el éxito al sucesor. Ningún país puede permitirse el lujo de reconstruirse desde los cimientos sin convertirse en ruinas administrativas adornadas con retórica heroica.
La transición pacífica es más que la ausencia de violencia. Es el reconocimiento, a regañadientes, pero firme, de que la ley obliga también en la derrota. Nada corroe más el alma de una república que la costumbre de acatar la legalidad solo cuando favorece. Sabotear, ocultar cifras, vaciar arcas o sembrar bombas burocráticas no es astucia política, es vandalismo de Estado. Agresión directa contra el ciudadano, condenado a pagar la factura de una ambición que se niega a jubilarse.
El papel de los líderes es decisivo, y cuando quienes detentan el poder siembran dudas sobre el sistema que los elegidos o convierten la sospecha en política de Estado, no están protegiendo la soberanía, empujan a la nación hacia el precipicio envueltos en la bandera. Nunca tantos han dependido del sentido del deber de tan pocos, y pocas veces ese deber ha sido tratado con tanta ligereza.
Incluso una transición pacífica puede fracasar si el Estado se paraliza. La eficacia es un juicio silencioso que no admite discursos, la verdad no se maquilla y el nuevo gobierno no recibe un país desmantelado como herencia envenenada. El poder saliente tiene la obligación de entregar la realidad, por embarazosa que sea. El entrante, el debe de comprender que gobernar no es declamar, sino gestionar. Las arenas encienden multitudes; la gestión sostiene las naciones.
Advertencia final que no admite ingenios. Existen países donde el poder se ha vuelto circular; se vota con regularidad, pero no se transita nunca. La democracia se invoca con fervor en los discursos mientras se la asfixia en la práctica. La esperanza se desgasta y la resignación se vende como estabilidad.
Una transición real, organizada y eficaz no es el epílogo de una elección; es el acto fundamental del futuro. Es el instante donde se decide si las instituciones gobiernan a los hombres o si los hombres secuestran a las instituciones en nombre de una causa eterna. Este no es el fin de la lucha democrática, pero es, sin duda, el momento en que una nación demuestra si su fe en la libertad es una convicción o un eslogan útil. Y la historia, siempre sobria e implacable, toma nota, sin aplausos ni perdón.
@ArmandoMartini