8.4 C
Buenos Aires
Tuesday, June 16, 2026
More

    Profundo, el esperpento de Cabrujas

    JOSÉ IGNACIO CABRUJAS, VASCO SZINETAR“De esta tribu se sirve Cabrujas para exponer la superstición, la cultura del azar y la creencia en un milagro capaz de procurar riqueza instantánea, en una operación mágica que se erige como mito en el inconsciente colectivo nacional”

    Por YOYIANA AHUMADA

    (..) Deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España

    Ramón del Valle Inclán

    En la entrevista —la última— que José Ignacio Cabrujas concedió a Elizabeth Araujo para la revista Productoafirmó, “No puedo ser conciencia de nada porque no lo soy ni de mí mismo”. Esta manera de entender Ese ser tuyo ahí heideggeriano resume el pivote de su dramaturgia y su proyecto de escritura: un individuo que llega al extremo de su contradicción interna, estalla y deja al descubierto el montaje del contexto del fingimiento.

    La grieta que advirtió temprano, acerca de nuestra nación, a la que interpeló como “equivocación histórica”, permanece en sus piezas. Los predicados de base sobre los que construyó su ejercicio del pensar —ensayista distraído lo nombró Ibsen Martínez— asoma tres “categorías” de análisis, a partir de las metáforas presentes en su manera única de leer al país: el escombro: pueblo de derrumbadores que hizo del escombro un emblemadice el poema a Caracas que inicia el recitativo hecho al alimón con el compositor Juan Carlos Núñez: Historia sentimental del merengue. La simulación —Pio Miranda espera la carta de Romain Rolland para irse a cultivar remolachas en un koljoz ucraniano es El día que me quieras—; “creemos que somos algo cuando en realidad somos todo lo contrario, por ello tenemos que simular, fingir, actuar” (Cabrujas, 1988), y, finalmente, la provisionalidad, parodiada en la escena en El Americano Ilustrado: los kilómetros del Esequibo —fijados en el protocolo Rojas Freire— cubiertos por la compota de hicacos derramada sobre el mapa de Venezuela.

    Esta triada conduce a la idea que mueve su angustia vital “el tema que me mueve es el fracaso”, dijo una vez. El fracaso de una nación en la que el poder es un acto de prestidigitación, una puesta en escena. Un truco. Una representación.

    Personajes, episodios y pasajes históricos fueron resemantizados por el genio cabrujiano. Desde sus inicios como dramaturgo se empeñó en la historia, no como tema sino como posibilidad de futurizar en el presente. En su pieza Los Insurgentess, toma un episodio de la guerra de independencia; recrea la Fierecilla Domada de William Shakespare: un encuentro entre Bermúdez y una viuda durante la entrada del ejército patriota a Caracas, o en juan francisco de leonel personaje homónimo que se enfrentó a la Compañía Guipuzcoana.

    La necesidad de interrogar la historia desde el lugar de la representación, su manera de tropicalizar el Vermfrendugdistanciamiento brechtiano, tema insistente en su constelación dramatúrgica desde sus inicios en el Teatro Universitario, y que alcanza la plenitud en el llamado Quadrivium —Leonardo Azparren Giménez dixit— y comprende las piezas escritas después de Fiésole (1967): Profundo (1971), Acto Cultural (1976), El día que me quieras (1979) y El americano ilustrado (1986).

    Profundo: ese milagro es mío

    Buey: (Declara): —(…) Entre el esfuerzo de inversión pública y la iniciativa privada hay un desequilibrio. La capital del Estado no es libre. Gira en la deuda exterior contra un pagaré infamante que nos degrada. Yo amo la bondad de las inversiones mixtas. Son sanas. Por eso me gustaría tener dinero. Todo lo que hay en la caja del Padre Olegario. Porque si no vamos derecho a una espiral inflacionaria con todas las nefastas consecuencias de la improvisación. ¿Y qué nos espera? ¿El control de cambio? ¿La paridad ficticia? ¿El signo blando? ¿La devaluación? (Pausa) Dejo eso en el ambiente.

    profundo, estrenada en 1971 en la Sala Alberto de Paz y Mateos, fue escrita durante la democracia bipartidista en los albores de la bonanza petrolera, que inaugura la llamada Venezuela saudita. La obra transcurre en un espacio, llamado el cuchitril, que bien podría ser “la abstracción” de un apartamento de la actual Misión Vivienda. Cabrujas apretuja a un grupo familiar de venezolanos de a pie, una suerte de familia extendida, los Álamo, extraídos de su contexto rural para “trasplantarlo” a una urbe naciente.

    El microcosmos de seis personajes conformado por las parejas de Buey y Magra; Lucrecia y Manganzón, la sobrina Elvirita y La Franciscana, una especie de madrina y la “presencia” del espíritu ausente del padre Olegario —al que el autor llama (UTC), siglas significan Unidad Técnica de Combate— ofrece al público un conjunto familiar que encarna el tránsito de la Venezuela rural hacia la urbanidad; un conjunto impregnado de inocencia cebada en creencias y prejuicios.

    De esta tribu se sirve Cabrujas para exponer la superstición, la cultura del azar y la creencia en un milagro capaz de procurar riqueza instantánea, en una operación mágica que se erige como mito en el inconsciente colectivo nacional: la de que por generosidad de la providencia Venezuela es un país rico, en el que el estado es un rey Midas sin fecha de caducidad.

    Como en toda transacción mágica; el solicitante debe hacer una ofrenda. En la pieza, la “representación” de un auto sacramental —que el genio y humor únicos de Cabrujas se convierten en una ceremonia—: un horrible exorcismo que coincide con la celebración del cumpleaños del padre Olegario —sacerdote español muerto— cuyo espíritu habita la casa de los Álamo. Esa devoción se convierte en pulsión vital que los cohesiona como grupo familiar y da sentido a sus vidas. Como en toda pieza de Cabrujas, sus deseos íntimos y genuinos se enmascaran tras cualquier grandilocuencia. Deben encontrar el dinero para erigir una capilla al padre Olegario.

    Los Álamo, junto a la “sacerdotisa” La Franciscana, despliegan su sistema de valores y creencias frente a una sociedad en la que se superponen acendradas creencias mágico-religiosas y hábitos premodernos. El hallazgo fortuito de la prosperidad, le sirve a Cabrujas para explicar la relación del venezolano con la producción de riqueza. Dirá el autor:

    ¿Cómo un pobre se convertía en rico en la Venezuela de 1905? Descubriendo un tesoro. No había otra manera. No había negocios, ni especulación en la Bolsa, ni golpes de fortuna. Había la leyenda de que los españoles en los días de la Independencia enterraron baúles, arcones, botijuelas repletas de morocotas. (…) Pues bien, a eso se parece el petróleo. Es cuestión de cavar hoyos y descubrir riqueza.

    La posibilidad de encontrar el “entierro” pone en escena los laberintos de una religiosidad sostenida en la culpa y el pecado judeo-cristianos: los buscadores “tienen” que ser buenos, lavar sus malas acciones para ganar el favor del espíritu del padre Olegario y encontrar el tesoro: la consecución está enmascarada por el fervor religioso desplegado en forma de parodia, se pervierte el valor del ritual. La fe depende en valor de uso y valor de cambio. Una transacción “yo te doy mi fervor, tú me das los churupos”. Cabrujas excava en las leyendas sobre la búsqueda del tesoro que aparecen en relatos de tradición oral como Las minas del rey Salomón, El rey Midas, Aladino y la lámpara Maravillosa e, incluso, la búsqueda del Santo Grial en la leyenda del rey Arturo.

    es Profundo la aventura, desprovista de significado trascendente, es excusa dramática, un juego sarcástico sobre los valores que apuntan hacia la ética cristiana. Como en un esperpento de Valle Inclán y sus espejos, que devuelven imágenes deformadas, el ritual queda reducido a una ceremonia grotesca.

    La fe de los personajes es un pastiche de devaneos sincréticos y roces con la brujería y el espiritismo. La Franciscana podría ser predicadora, testigo de Jehová, espiritista o santera. Lo sustancial: ella es la intermediaria, el canal entre el inframundo y la tierra, la animadora de los deseos de un espíritu que exige tributos y la gula material de este peculiar familia moderna.

    El juicio valorativo que establece los personajes sobre lo bueno o malo, está relacionado con la sanción a sus apetencias sensuales: hay que apagar el pecado. Evitar la transgresión trae la recompensa material de la providencia. La vida íntima se solapa en la espera del milagro. Se suspende en la inacción.

    (…) Magra:(Lee) ¿Tienes dados miradas peligrosas?

    Buey: Magra ¿qué es una mirada peligrosa? Yo nunca he hecho eso.

    Magra: Una mirada peligrosa…

    Buey: Pero cómo es. ¿Sabes?

    Magra: ¡Claro que sé!

    Buey: Dímelo Magra, para yo saberlo también.

    Magra: No, porque es pecado.

    Buey: Pero si yo no lo sé ¿cómo puede ser pecado?

    Magra: Es pecado (…) (Cabrujas,1991)

    El auto sacramental de la obra que representa el nacimiento del niño Jesús, se ofrenda al padre Olegario como regalo de cumpleaños; consuma la descolocación de las virtudes teológicas: fe, esperanza y caridad. Los personajes de Magra y Lucrecia se desdoblan en dos pastores malos y egoístas a quienes molestan a los pedigüeños: la caridad cristiana les es esquiva y sólo se interesan por el Niño, cuando el hartazón con un pollo que se han comido sin compartirlo, les produce un leve “arrepentimiento” estomacal. A Buey le asignan el rol de San José; a Elvirita la Virgen María. Manganzón sufre un ataque de ambición y declara sus deseos por la plata del entierro. La adoración al Niño Jesús —Manganzón— se pronuncia en expresiones idiomáticas vulgares, ¡Cómo hace pucheros! Cabrujas echa por tierra el mito del redentorismo y la ceremonia termina al apagar la vela de la torta. El autor parodia el dogma católico de la Inmaculada Concepción.

    Buey: Desde hace seis días recorro los caminos de Judea, acompañado de mi señora esposa, la señorita Virgen María. Ella está a punto de dar a luz, después de nueve meses de embarazo celestial.

    El autor advierte en el prólogo, los discursos referentes-reales o ficticios del canon cristiano que va a parodiar: “Misal Devocionario de HEC, a cuyos editores el autor expresa agradecimiento; el libro de la Santa Cruz de Caravaca, como un invalorable aporte para la construcción de algunas escenas litúrgicas”. Camino recto y seguro para llegar al cielo de San Antonio María Claret, fundador de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, y la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. La dedicatoria: las historias de elevación del escritor Carlos González Vega.

    Como en todas las obras de Cabrujas: el momento de sinceridad de Manganzón, travestido como el Niño Jesús es confesional: su verdadera apetencia, el tesoro. El hueco, no es entierro, es un meadero, las intenciones no son ofrecer al padre Olegario. Manganzón se declara el virtuoso merecedor de la plata.

    El orden se restablece luego de la reprimenda y en una suerte de enajenación empiezan a cavar frenéticamente para encontrar el tesoro. Al “fracaso” del rito, le sigue la decepción final: un olor espantoso. Han dado con la cloaca. Un abismo del que emana la mentira. Nadie se mueve, la Franciscana ordena: el “olor se ofrece. Todos en el bien”.

    Los Álamo, seres atrapados, son incapaces de accionar para transformar la situación que los sujeta. Denuncian y vuelven al regazo de su quimera. Enuncian su drama. La palabra sustituye a la acción, la desplaza y la deja sostenida en el tiempo. po como una maldición, como el ritornelo de Buey, Vamos así, de la mano del azar, y olvidamos el déficit de la balanza de pagos.

    Los personajes, hechos carne actoral interpelan la simulación sobre la que se ha erigido el país. Un diálogo lúcido encandila la sombra colectiva. Cabrujas trabajó incansablemente para representar la contradicción y desde la ficción de la escena hacerla visible. Empática y cándida. Una otredad en la que los personajes hablan como en un idioma antiguo de honda musicalidad desde la prosa poética en discursos que, pese a lo extraño que puedan resultar —piénsese en los rompimientos brechtianos en los que los personajes se desprenden de su momento histórico y se proyectan al futuro en clara alusión al desastre en la conducción del país, por ejemplo— siempre aterrizan en la realidad. Caracteres desencajados al borde del estallido, al límite de sí mismos, expulsados ​​del paraíso de su propia vida.

    El humor como inversión de lo trágico, señala a Latinoamérica ausente de lo sublime, dejó escrito. Actúa como operación de enmascaramiento de la frustración, una lente de aumento sobre las taras del gentilicio. El país como héroe de una tragedia griega ha identificado su error y sin embargo se dirige sin miramientos, al barranco de su sino fatal. Profundo, agujero vacío, un milagro maloliente. Cabrujas vuelve a la escena —el país— hasta su última letra. Su obra llama a la puerta como uno de los pilares de la modernidad del teatro venezolano.

    La vuelta de Profundo En 2024, desde la lectura del actor y director Francisco Denis, a 40 años de la Compañía Nacional de Teatro, revivió momentos gloriosos del teatro Alberto de Paz y Mateos, sede del Nuevo Grupo. El remontaje demostró que la pieza resistió el embate del tiempo. La potencia de los ejes que sostienen la obra de Cabrujas, la cultura-historia, la religión y la política, hacen de esta comedia bárbara, como la llamada Rubén Monasterios, una pieza que trasciende el contexto y lectura de la “Gran Venezuela”, que desde hace ya más de un cuarto de siglo es andrajoso recuerdo. Hay voces, se escuchan. Quizás sea el padre Olegario. Quizás el tesoro esté en otra parte. ¿Esperan el Dios ex machina o el estallido del pozo Zumaque 1? Arco Minero. Pestilencia. Profundo.