JULIO MIRANDA Y AINARA MIRANDA CANALES, 1994, EDNODIO QUINTEROEscriben Margarita Arribas, Estela Aganchul, Ainara Miranda Canales y Rowena Hill
Margarita Arribas: Julio en Maracaibo
Aunque me encontré con Julio Miranda en Caracas o en Mérida en algunas oportunidades, nuestra amistad tenía una clara ubicación: Maracaibo. Aquí nos conocimos —de la mano de Milagros Socorro—, aquí nos vimos por última vez. Y, sobre todo, aquí nos divertimos en reuniones polifónicas de amigos, y conversamos durante largas sobremesas, en aquellos tiempos —durante los años 80 y hasta mediados de los 90— en que las horas parecían prodigarse como si no hubiera estudios, trabajo ni deberes que las acotaran.
Julio vino a Maracaibo a un congreso, un festival de cine, un encuentro, alguna charla, siempre con su chupa de cuero, ¿negro?, para los embates del aire acondicionado, su fino cabello despeinado y varias cajas de apestosos cigarrillos en reserva. En Maracaibo era, por tanto, un hombre semiocupado, con esa levedad que otorga el estar fuera de la cotidianidad y el deber.
Con ese tiempo entre manos, Julio era generoso, y esa generosidad nos arropaba a mí ya los «bailadores» (como nos definió en la dedicatoria de mi ejemplar de Anotaciones de otoño), pequeño grupo de amigos que siempre celebrábamos los encuentros con risas, la «musicalización» de versos propios que nos parecían dignos de escarnecer (él mismo se sumó a los arreglos de un guaguancó titulado La hiena golosaimagen extraída de un poema suyo) y sesiones individuales de lecturas de textos más o menos ripiosos, más o menos potables.
Me llevaba varios lustros y un largo catálogo de libros publicados en diversos géneros y densidades; Sin embargo, dedicaba a mis borradores narrativos e intentos de poemas una lectura curiosa e interesada, a la que seguían comentarios precisos y sin condescendencia. En una oportunidad, le di un relato breve. Al día siguiente, le pregunté si lo había leído. Yo respondí: «Sí». Eso fue todo. No hubo reproche ni elaboraciones incómodas. Un leve encogimiento de hombros, una media sonrisa sin disculpas. Tema cerrado.
En una ocasión, ayudó, aunque con alguna reticencia, que lo definieron como «polígrafo»; ponía «escritor» en la casilla de cualquier formulario que le solicitara consignar su oficio, detalle que entonces me parecía excéntrico ya él, indiscutible; prestó atención minuciosa al cine venezolano (en especial al documental) ya nuestra literatura, temas sobre los que dejaron escritos libros impagables para nuestra memoria; se retrató en sus poemarios («Hay que elegir entre el pudor y el poema» podría ser el título de una de nuestras largas conversaciones), y era lector disciplinado y ambicioso. Ese mismo Julio, siempre viviendo con lo justo, no estaba interesado en la docencia: alguna vez me dijo, además, que temía la aparición de ese alumno improbable que levantaría la mano en clase para enrostrarle algún error o revelar ante los otros su ignorancia. Un él.
Me asaltan la memoria, aquí y allá, su acento (cubano diluido, español atenuado y una pizca de venezolano), su humor, su tendencia a ridiculizarse en cualquier relato (un pírrico check de regalías por sus poemarios que, en su épico recuento, había logrado arrebatarle de las manos al avergonzado editor; su lucha cuerpo a cuerpo con un cajero automático por unos billetes en jirones)… «Yo no tengo amigos feos», me dijo una vez en un acto de velado halago. Yo tampoco, Julio. Yo tampoco.
JOSUNE CANALES, 1995, EDNODIO QUINTEROEstela Aganchul: mi amiga-confidente
Desde hace semanas me siento frente al ordenador tratando de escribir sobre Julio Miranda, el padre de mi ahijada, el compañero de Josune, mi amigo-confidente. Me cuesta hacerlo. Creo que nunca le escribí, no había necesidad, nos unía la palabra: a veces el teléfono, otras veces largas charlas en Mérida o en Caracas, algunas duran hasta la madrugada. Conocí a Julio antes de que fuese el compañero de Josune y el papá de Ainara.
Yo iba a clases de cine en un instituto fundado por la cineasta Lilian Blaser, en Caracas. Julio también daba clases allí. Así lo conocí y, con el tiempo, nuestra amistad fue fortaleciéndose. Yo trabajaba haciendo libros cuando nadie soñaba con computadoras y Julio los corregía, siempre escribiendo en los márgenes sus opiniones llenas de ingenio y, a veces, escritas con mucho humor, yo me aseguraba de borrarlas (lo cual no era fácil) para que no fuesen leídas por los autores.
Un día Julio me dijo que iba a ser padre y conocí a Josune. Aún recuerdo un fin de año en Mérida con Josune embarazada. Todos estábamos atentos por si teníamos que salir corriendo a la clínica, pero no fue así, Ainara se retrasó unos días y nació un viernes 12 de enero.
Desde el nacimiento de Ainara mis viajes a Mérida fueron más seguidos, a los 9 años Ainara me eligió para que fuese su madrina, y así fue. Julio viajaba a Caracas, pero con menos frecuencia que antes, además de escritor tenía la inmensa tarea de ser padre.
Un día, al regresar con un amigo a mi apartamento en los Palos Grandes, vi un gran revuelo en la puerta de entrada al edificio. Allí estaba, además de mi hijo, mi amiga Idanis Pozo, que caminó hacia la persona que estaba conmigo y le dijo algo al oído, luego me abrazó mientras me decía que Julio se había muerto ese día. Quedé paralizada, no lo creía.
Al día siguiente viajé a Mérida, estuve en su entierro, no terminaba de asumir lo que había pasado. Fui con su hermano Javier a elegir el ataúd, era como una película, ni su hermano ni yo queríamos elegir nada, creo que lo hicimos con los ojos cerrados.
Me quedé ese día en Mérida, Ainara hacía preguntas y las interrumpía con su llanto. Lloraba y secaba las lágrimas con fuerza.
Hoy, mientras escribo, Ainara, la hija de Julio y de Josune, está en otra sala trabajando en una conferencia a distancia. Su mamá pronto vendrá a verla y yo también podré darle un abrazo a Josune después de mucho tiempo.
Julio Miranda, con su presencia, sus consejos, su sabiduría y su solidaridad fue para mí un gran amigo con todo lo que esa palabra implica. También me dejó amistades verdaderas y sólidas como las de los merideños-catalanes Sonia Mañá y José Raventós, y el cariño de Ainara y Josune.
Me ha costado escribir estas líneas, tal vez porque es aceptar que Julio no está, pero Ainara teletrabajando en la sala de al lado me ayudó a escribir. Solo faltaba el sonido de los tipos de su máquina de escribir.
Ainara Miranda Canales: para Julito
Siempre escribo, aunque hasta ahora, por miedo, no me he atrevido a compartir mis escritos con nadie. También, por miedo a encontrarme contigo, no he podido leer una novela o libro tuyo completo. Ahora, te escribo a ti, imaginando que desde donde estés puedes leerme.
Julito, para mí, más que un escritor increíble eres y seguirás siendo mi papá (un papá MARAVILLOSO). Aunque sólo te tuve mis primeros 8 años, tú y Josu (mamá) se las ingeniaron para darme una infancia hermosa. Fueron unos papás con un buen equilibrio entre ser estrictos y, a la vez, Frío.
Recuerdo que siempre que venían a casa Daniela y Diego, mis mejores amigos, tú te ponías el delantal y nos atendías durante la cena como si fueras un elegante mesonero y estuviéramos en alguna ciudad de Francia o Italia. Eras amoroso conmigo, con mi mamá y con casi todo el mundo. Estabas dispuesto a ayudarme a mí ya mis amigos en cualquiera de nuestras aventuras. Tu sentido del humor también era maravilloso.
Recuerdo cómo desde tu ventana, frente a tu máquina de escribir, nos veías jugar en el parquecito del edificio, quizás vigilando como buen padre que todo estuviera bien y en orden. Eras muy ingenioso, cuando mi mamá tenía que darme el medicamento para las amígdalas, tú te diste cuenta de que yo lo odiaba y comenzaste a enseñarme los números en otros idiomas para distraerme.
De ti y de mi mamá también heredé el amor por los búhos y las notitas divertidas entre nosotros. No sé si lo sabes, pero básicamente me parece mucho a ti, ya la Abuela Lines. Cuando me siento con las piernas cruzadas lo hago como tú. Adoro caminar tanto como tú. Quien me conoce, sabe que mi bolso favorito siempre es un mapire de algún mercado o feria, parecido a los que tú llevabas contigo.
Algo divertido, según mis recuerdos, es que a ti te gustaba Ana Gabriel, aunque Pancy, Estela y mi mamá dicen que no. Igual me fui a su concierto para sentirte más cerca de mí. Todos los 27 de junio te canto Zorionak con un dulcito y un fotito tuya para celebrarte en tu cumpleaños. Este año habrías cumplido 80
Muchas veces me pregunto qué pensarías sobre algunas de mis decisiones, mis gustos por algunos chicos, mis gustos musicales y por los tatuajes. A veces imagino cómo sería yo si no hubieras fallecido tan pronto. Aunque pueda parecer triste, no lo es. Adoro ser tu hija y haberme convertido en la mujer que soy gracias a ti y mi reina (mi mamá). Y aunque no estés esencialmente, te siento conmigo, te hablo muchas veces, tengo fotos tuyas en varios rincones de la casa, y Josu y yo hablamos de ti con frecuencia.
Naciones Unidas broma interna que hago un poco cruel es que al menos no desapareciste yendo a comprar cigarros.
Podría seguir recordándote con tu humor y tus bromas, y ahora se instala en mi mente otra historia para mí genial. Tenía yo 4 o 5 años e íbamos a ir tú, mi mamá y yo con Daniela al zoológico. Pero como yo había perdido un juguete de un compañero del preescolar, el paseo se canceló. Entonces tú dijiste que haríamos que el zoológico viniera a nosotros y utilizaste todos los peluches de animales que yo tenía (eran muchos) e hiciste un recorrido por el apartamento con diferentes estaciones, y en cada estación nos contabas algo entretenido, hasta un picnic tuvimos. De alguna forma también fuiste un papá para Daniela y Diego, esos hermanos que la vida me dio.
Julito, te fuiste de este mundo algo pronto, pero no te fuiste de todas las personas que te amamos. Por eso, aunque hayan pasado 27 años, cada año alguno de tus entrañables amigos nos envía una foto tuya, una carta, un recuerdo, o alguien se anima a escribir un artículo sobre ti o a crearte tu Wikipedia. Fuiste una persona tan maravillosa que tu presencia ha quedado grabada en la memoria de muchos. Te amo de la tierra al cielo, papito (aunque sé que, quizás, me corregirías o te reirías de mí por esta cursilería).
Rowena Hill: Julio Miranda
Julio se fue hace muchos años, pero lo recuerdo muy claramente, también porque he estado siempre en contacto con su viuda, mi gran amiga Josune, ya veces siento con ella su presencia.
Pensando en él ahora, se me ocurre —y que nadie lo tome a mal— que Julio es el intelectual menos machista que he conocido, además de ser un hombre sumamente generoso con su tiempo y atención hacia otros escritores. Su antología de la “nueva lírica femenina venezolana”, Poesia en el espejo (1995), fue pensada para salvar a mujeres poetas del relativo descuido de la crítica. Yo preparé en ese mismo momento una muestra bilingüe de la poesía de mujeres venezolanas, con mis traducciones al inglés, y Julio tuvo la generosidad conmigo de retrasar la publicación de su libro para que el mío pudiera salir primero. Al final no sucedió así (Perfiles de la noche no salió sino en el 2006), pero igual le agradecí la intención.
Volviendo a lo más personal, a la familia, recuerdo que a Julio le sorprendía y le daba gracia que su hija Ainara fuera una niña tan pesimista, tan preocupada por cosas malas que podían suceder, cuando la vida de ellos parecía —y era— tranquila. ¿No sería que tuviera una premonición de la vida sin padre? ¿Que iba a tener?
Me alegra tener esta oportunidad de sentir a Julio de nuevo cercano, y sé que muchas personas compartimos ese sentir.