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Monday, June 22, 2026
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    El otro terrorismo chavista

    Desde siempre, innumerables discursos, declaraciones, informes, ensayos y libros estudian al detalle la historia universal del terrorismo en sus diversas facetas y manifestaciones. El concepto esencial que los iguala definen al terrorismo básico como una conducta extrema violenta y compulsiva —ejecutada desde poderes legítimos o usurpados— destinada a eliminar mitos y prácticas religiosas, económicas y políticas de toda sociedad legalmente organizada, incluyendo en sus acciones las venganzas personales. Comportamiento resumido en la frase: “Eliminación de la paz, la justicia y la dignidad humana”, que a su vez implica suprimir las libertades individuales y colectivas. Los derechos humanos entran en el vocabulario universal desde 1948.

    Lo afirmativo venezolano (1963), manual de lectura obligatoria en las cátedras de la asignatura Moral y Cívica para primaria y secundaria de algunos colegios privados antes y durante la dictadura perezjimenista, cuyo autor es el abogado, profesor universitario y periodista Augusto Mijares (1897–1977), precisa numerosos episodios históricos —militares y civiles— ocurridos desde las guerras por la Independencia. Verifica hasta qué punto la generosidad, la abnegación patriótica, la honradez, el emprendimiento laboral y la resistencia pacífica se ejercen siempre contra los que llama “sembradores de ceniza”. Su análisis, vigente, las considera virtudes inherentes al ADN venezolano.

    Es verdad hasta hoy. Si el país es gobernado bajo dictadura habitual, breve o larga democracia, o tiranía larga y cruel, esa virtualidad libre o clandestina permanece por igual en épocas de pobreza, miseria o riqueza petrolera, favoreciendo la inmigración adaptada de inmediata a su nueva patria. La europea y asiática que pobló al país desde principios del siglo XX —antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial— y las puertas abiertas para fugitivos de tiranías y guerrillas del mundo, en particular las de Centro y Sudamérica, fueron aportes esenciales para la continua modernización nacional que registran testimonios científicos y artísticos a granel.

    El narcorrégimen chavista, al contrario, expulsa, reprime, castiga. Toda su cadena de mando fusiona las atrocidades del terrorismo físico tradicional con el psicológico, al que otorga prioridad especial y sistemática.

    El terror emocional aplicado a individuos y pueblos va desde el miedo normal hasta el ataque de pánico que logra confesiones falsas del adversario a cambio de preservarle al menos la estadía provisional en su celda infernal. Queda como inolvidable muestra emblemática —en archivo— las imágenes y palabras que, en pleno hugochavismo, emitió el canal de televisión oficial, mostrando en harapos y casi desnudo el cuerpo esquelético de un joven prisionero, tembloroso en su hablar y mirar, admitiendo su culpa por pecados políticos que nunca cometió. Para esos efectos, el sadismo gubernamental utiliza diversos mecanismos: drogas, aislamiento total en espacios mínimos bajo temperaturas manipuladas, nula asistencia médica prescrita para enfermedades crónicas, que induce al fallecimiento, tal como acaba de ocurrir. Ejemplo de manipulación que se proyecta hacia la sometida sociedad, provocando mutismo defensivo y aparente falta de empatía con el sufrimiento del prójimo. En definitiva, el simulacro de una ciudadanía contenta y satisfecha.

    Así, esta clase de terror paradójico sentimental sirve de sustento al sadismo gubernamental, que lo presenta públicamente como felicidad popular desde un ridículo Nicolás Maduro en uniforme castrense o cualquier otro disfraz. Baila, canta, brinca mientras grita al caletre el guion de la cúpula militarista.

    Pero no hay manera de eliminar la genética, latente y limpia bondad del venezolano. Se podrá comprobar muy pronto.

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