LIBERTAD, DE WALTER CRANELa segunda parte del ensayo que sigue será publicada en esta misma sección, el viernes 21 de noviembre.
Por ELIZABETH ROJAS PERNÍA
Siempre estoy buscando la respuesta: ¿por qué nuestro sufrimiento no se convierte en libertad? ¿Qué puede lograr el arte?
Svetlana Aleksiévich
No el placer, la gloria, el poder: solo la libertad
Fernando Pessoa
Nuestra época es tal que produce temblor. ¿Cuál es la libertad que tenemos a nuestra disposición en períodos turbulentos, de cambios radicales, de enorme incertidumbre y de irrupción cada vez más frecuente del poder autoritario?, ¿podemos siquiera seguir hablando de libertades?
Mientras lo averiguamos, conviene recordar que no estamos solos ante la inmensidad de esta marea política, económica, bélica –que incluye esa particularísima forma de guerra que es la arancelaria y la más reciente, de connotaciones nucleares, con carácter más espeluznante– que nos está tocando vivir, y que parece poseer una fuerza capaz de ahogarnos. No estamos solos, pese a que por momentos podamos sentirnos desvalidos. Contamos, como especie creadora de significados, con un enorme legado ético y estético al cual apelar, en el cual refugiarnos y del cual obtener luces, cuando casi toda referencia previa, incluso de lo que nos hace humanos, se ha oscurecido o parece a punto de ser arrasada. Pensemos en el advenimiento de la sociedad digital −donde, expresado por Bruce Sterling, «cuesta demasiado seguir siendo humano»-, y en la propagación de la fluidez en casi todas las nociones que nos son fundamentales, como referencias de nuestro presente.
Estamos, al mismo tiempo, ante la oportunidad de recordar que con nuestros modos de interpretar y enfrentar el descalabro actual podemos, también nosotros, dejar una herencia significativa a las generaciones que sigan, si fracasamos en la empresa de la autodestrucción, claro está. Ah, no. Depende de lo que elegimos. Si elegimos responder a muchas formas en que el mundo parece estar interpelándonos, desde una comprensión más abarcante de lo que somos, de lo que hemos sido y que deje abierto el camino para lo que otros elijan ser, estaríamos rescatando una tradición que nos concebía como conectados, pertenecientes y expresiones del anima mundiel alma del mundo, conectada, a su vez, a un orden superior. «Si la civilización ha de sobrevivir, la expansión de la comprensión es una necesidad primordial», en las contundentes palabras de Alfred North Whitehead. Esa comprensión aparece nítidamente asumida por Fernando Pessoa, al decir, poética e íntimamente, «he sufrido en mí, conmigo, las aspiraciones de todas las eras, y conmigo se han paseado, a la orilla oída del mar, los desasosiegos de todos los tiempos». Si somos manifestaciones de esa alma del mundo −y no solo animales racionales o seres cogitantes, ergo, seres definidos casi exclusivamente por su aparato mental o su biología, condiciones necesarias, pero no suficientes−, comprenderemos que más allá de la esfera minúscula de nuestro “yo personal” (cuando deviene prisión mental, cognitiva o emocional, estemos conscientes de ello o no) se extiende la vastedad. Ensancharnos es posible cuando logramos reconocernos en manifestaciones del arte, y en vidas, que nos han mostrado al mundo y sus desasosiegos como el valle de la creacion del almacomo supo ver John Keats, desde su comprensión poética. El arte puede revelarnos cómo encontrar belleza y sentido en medio de la oscuridad que reduce, aplasta o confina. Ese sentido que se muestra, al no dejarnos hundir en la desesperación sin propósito, también forja nuestro carácter. Y, a menudo, esas revelaciones surgen del arte de las palabras. Cada vez que nos encontramos a un otro, en la ficción literaria o fuera de ella, que ha visto, sabido y expresado algo trascendente Estamos en presencia de un acto de libertad. La literatura –heredera de los mitos, ámbito de riqueza inacabable que une lo celestial y lo terrestre–, manifestación creativa que los seres humanos hemos recibido y nos hemos otorgado, puede ser portal hacia la verdad y la libertad, en tanto expresión de conocimiento diferente al meramente científico: Las pruebas cansan la verdad.dijo George Braque, desde su sensibilidad pictórica. Por su parte, Roberto Calasso, insigne recuperador de nuestras tradiciones más antiguas y conocedor de los tiempos en los que andamos, se refirió a los dioses como huéspedes de la literaturaaunque huidizos. Y lo son, porque su carácter es evanescente, pero el infortunio mayor no reside allí, sino en el hecho de que la humanidad haya abandonado a sus dioses, y con ello se privara de sus revelaciones. El esfuerzo por secularizar el mundo ha sido sostenido y ha dado amargos frutos, como el abandono de lo sagrado y el consiguiente confinamiento en lo exclusivamente terrenal y sus secuelas de vacío existencial, y más aún, la reaparición de lo que ha sido abandonado en formas terribles como el fanatismo y otras formas de violencia. Un fruto diferente, pero igualmente amargo y debilitante para nuestra salud psíquica es la sustitución casi total de la narración por la información: metáforas e imágenes eternas a cambio de noticias y datos efímeros. Una comprensión empobrecida del mundo –esa particular pérdida de libertad–, por consiguiente, no basta para detener la destrucción y emprender, eventualmente, la perenne reconstrucción.
Adentrarnos en algunas alegorías magníficas encarnadas en ciertas vidas, dentro de la ficción literaria y fuera de ella, y dejarnos transformar por la capacidad de indicar significados que poseemos, y que no podemos ver directamente por más que nos urja, es un hacer oblicuo que nuestros tiempos, salvajemente frontales, requieren, si hemos de recibir algo de luz en este sombrío tránsito por la opresión. Hacerlo es honrar y extender lo heredado.
I. La observación que salva
En un cuento llamado Un descenso al Maelströmde los muchos notables que produjo el genio de Edgar Allan Poe, se narra la aventura de un hombre que, a pesar de haber sido arrastrado por un remolino capaz de tragarse enteros barcos, ballenas, árboles y todo lo que tuvo el infortunio de encontrarse en las cercanías de su vórtice, logra salir con vida. En la embarcación que poseía junto a sus dos hermanos, se dirigían con frecuencia, no a los lugares escogidos por la mayoría de los pescadores, sino hacia zonas donde las corrientes eran más violentas y peligrosas, pero la pesca más variada y abundante. Se llenaban de orgullo al comprobar que solo ellos poseían la recibodumbre para exponerse a pescar en aguas donde el peligro. era horribletal como lo describe el narrador de la peripecia escalofriante. Cuando la pequeña embarcación era destruida casi por completo por la furia del torbellino, él intentaba sostenerse con sus pulgares a una argolla fijada cerca del mástil de proa. Y, mientras su vida era tan vulnerable como ínfima, el pescador siente una enorme curiosidad por saber qué ocurría en el interior de ese vórtice de apetito y bramidos terroríficos, que aumentaba a medida que sentía su fin más cercano y lo dirigido a las más agudas observaciones. Notó que entre los pertrechos que iban siendo succionados por esas llaves insaciables, los objetos cilíndricos eran los que ofrecían mayor resistencia a la succión y, por tanto, tardaban más en ser absorbidos. Resuelve desatar un barril de la popa y amarrarse con las mismas correas a ese pequeño tonel, renunciando a la aparente protección y sentido de seguridad que le había ofrecido el bote hasta ese momento y descender al mar. Ocurrió lo que sus observaciones le habían mostrado: la barrica de forma cilíndrica con la que compartía suerte, lo mantuvo lejos de las corrientes más violentas. Su desafortunado hermano, en cambio, incapaz de pensar en algo más que en continuar aferrado a la embarcación, no pudo contar su propia versión de lo acontecido. Finalmente, impulsado por un mar ya menos violento, el hombre recala en la orilla y es rescatado por algunos de sus compañeros, quienes con dificultad logran reconocerlo: al cabo de seis horas de terror su cabello está completamente blanco. «Simplemente el instinto me empujó a realizar todo esto, que indudablemente era lo mejor que podía hacer, pues estaba demasiado trastornado para pensar», cuenta con vehemencia al grupo, y señala que la acción que lo mantuvo con vida no provino de su pensamiento, sino de su fuerza instintiva, tal como si este personaje, creado por la imaginación de Poe, estaba expresando la misma concepción que, más adelante, Carl G. Jung propondría sobre los instintos humanos, que coloca a la actividad (fuerza que nos impulsa a la exploración ya la acción, no solo física sino también mental) como uno de ellos, junto a la creatividad, la sexualidad, el hambre y la reflexión. La recuperación, e incorporación a nuestro psiquismo, del mundo instintivo −recordemos que incluye la reflexiónque no es mental, y la creatividad−, en medio de la regencia casi absoluta de la razón, es parte de nuestro trabajo pendiente.
En este relato-espejo, podemos ver reflejadas algunas imágenes de nuestras propias travesías, como individuos y como sociedades. La primera, el carácter impulsivo, y por lo tanto. no libreque puede tomar nuestro obrar, hasta conducirnos a verdaderas desgracias cuando está animado por una ambición desmesurada, como la del pescador y sus hermanos. En la actualidad, entre muchos otros ejemplos que vendrían al caso, estamos viendo como la economía de los Estados Unidos está siendo golpeada por orientados a alcanzar “la grandeza económica”, al arriesgarse a navegar por las zonas más turbulentas e impredecibles, a fin de aumentar vertiginosamente la pescadonde, en cambio, solo está garantizada la saña de las aguas, pero no la abundancia de los peces. La segunda, ya inmersos en situaciones más que peligrosas, eventualmente podríamos salvarnos e intentar recomponernos, si somos capaces de proceder desde otro lugar, de hacer el espacio para una pausa contemplativa o reflexiva que nos permita. mirar más allá de lo evidente. Ahora, cuando todo parece dar vueltas o hundirse, saber encontrar a qué aferrarse –dónde refugiarse, sea un lugar, una idea o un valor–, y cuándo saltar −desprenderse de formatos previos de estar en el mundo−, si el peligro es inminente, deviene expresión de libertad. Hay circunstancias en que ser responsables significan, estar dispuestos a descendente (¡aunque si la arrogancia es demasiado grande, esto no es posible!), porque nuestro tránsito por la vida no es, ni mucho menos, solo ascendente. En medio de coyunturas que amenazan con hacer pedazos la vida tal como la conocíamos, se ponen en juego capacidades dilatadas de observación que no utilizamos, o que ni siquiera sabemos que poseemos.cuando las aguas están en calma.
En la concepción de la filosofía y teórica de la política, Hannah Arendt, el género humano está constituido por seres nacientesen lugar de solo seres arrojados a un vivir para la muerte, y propone mirarnos como poseedores de una enorme potencialidad, como principio ontológico que nos es inherente: la libertad de comenzar de nuevo y aportar algo inédito al mundo. Cuando nuestra acción no es redundante, sino que introduce algo inesperado, puede ocurrir lo que ella denominó milagros. El pescador de Poe estaría de acuerdo, después de su descenso.
Las narraciones que siguen a continuación muestran claramente la naturaleza diversa de nuestra operación y cómo no es infrecuente que el sufrimiento produzca nuevos comienzos, a veces milagrosos, si sabemos mirar los contextos lo más libres posibles de condicionamientos.
II. Hacer sin hacer
Carl G. Jung tenía gran aprecio por una historia que le había contado su amigo Richard Wilhelm, sinólogo, teólogo y misionero alemán, sobre un extraordinario evento que había acontecido mientras él vivía en cierta región de Chi. n / A. Se conoce como el Hacedor de lluvia chino de KiaoTchou.
La gente sufría tremendamente y hacía constantes oraciones y rituales sin ninguna consecuencia positiva. La única cosa que quedaba era que los mayores estaban en busca de un famoso Hacedor de lluvia que vivía en otra provincia. Wilhelm nunca había oído hablar de una profesión de esa índole y estaba impaciente por ver qué sucedería. Algunos días más tarde llegó el Hacedor de lluvia. Era un viejecito, bajito y arrugado, de apariencia bastante ordinaria. Wilhelm le oyó preguntar por una cabaña privada apartada del pueblo, donde pudiera permanecer sin que nadie le estorbara. Pidió suficiente alimento para, por lo menos, unos tres o cuatro días. En la mañana del cuarto día, los habitantes del pueblo se despertaron con un fuerte chaparrón de lluvia, al que siguió incluso una débil nevada, un fenómeno totalmente anormal para aquel período del año. El amigo de Jung estaba positivamente desconcertado y corrió a hablar con el viejo Hacedor de lluvia, quien había salido de su cabaña y se estaba preparando para su viaje de vuelta a su provincia. «¿Hizo usted llover?», le preguntó Wilhelm. El viejo caballero empresarial que él lo hubiera hecho. Wilhelm insistió en que había habido una terrible sequía hasta que llegó y, simplemente, empezó a llover e incluso a nevar. El viejo hombre explicó que en la región de donde él venía todo era como debía ser: llueve cuando es apropiado y hace sol cuando hace falta, ya que la gente que vive allí está en armonía con ellos mismos. Pero remató que eso no era lo que había encontrado en el pueblo que ahora visitaba. La gente estaba lejos de la armonía con el Tao −conexión divina− e, incluso, fuera de sintonía con ellos mismos. Aseguró que, al llegar, fue contaminado inmediatamente con la baja conciencia de los habitantes del pueblo que le habían traído, de modo que se vio absolutamente forzado a permanecer completamente solo, hasta que la armonía entre él y el Tao fuese restablecida. Entonces, ¡naturalmente tenía que llover!
Una cualidad esencial que surge en esta historia es la elocuente quietud del viejo sabio, quien con su fina percepción se da cuenta de que algo está desarmonizado en el lugar al que arriba y, aun así, sabe que no se trata de actuar de inmediato para reparar el daño, pues intuye que es en la esfera psíquica donde ha ocurrido la contaminación y, por lo tanto, es allí donde debe iniciarse el saneamiento. Estamos ante un ejemplo, no solo de sabia prudencia, sino de un conocimiento mayor de la realidad, que propicia nuevas opciones para resolver los problemas: introducir algo nuevo en el mundo. La quietud silenciosa del pequeño hombre –actitud más que infrecuente hoy día–, con la intención de descontaminarse, coincidirsugestivamente, con el surgimiento de la lluvia. La sequía extrema, que no era solo un evento climático en esa región, cesó cuando un ser consciente se detuvo a armonizarse. Vamos aquí la diferencia entre el habitual hacer desde el pequeño yo –a menudo impulsivo– y un suceso sincronísticoque muestra la correspondencia entre un estado psíquico y una expresión física, sin relación causal. Esta noción primordial dentro del taoísmo, o Wu-weise refiere a un “hacer sin forzar”, que surge naturalmente desde una disposición interior hacia la reconexión con la realidad subyacente unificada, o anima mundi, como ya hemos visto. No significa, pues, inmovilidad literal, sino, más bien, un actuar pertinente y alineado con la sabiduría invisible.
En idioma finés existe un término que expresa esa misma sabiduría. Se trata de un poder latente, que reside en la profundidad de cada uno, para ir más allá de nuestros límites habituales al enfrentarnos a una gran adversidad y salir adelante, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables. Es la palabra sisuy parece describir con nitidez tanto al protagonista de Un descenso al Maelströmcomo al viejo Hacedor de lluvia. La actitud sisuque en nuestros lenguajes podemos asociar con resiliencia, tenacidad, coraje, pero que va aún más allá según la comprensión de los finlandeses, e implica vivir con la valentía de dejarse guiar por lo que se siente correcto y justo, y confiar en el potencial oculto de la vida, pareciera responder a lo que Rumi, en su sencillez poética, expresaba como «trabaja en el mundo invisible al menos tan duro como haces en el visible».
Ser capaces de honrar la posibilidad de un vivir libre, pasa por incluir en ese vivir la contemplación y la inactividad, entendidas como dedicación a actividades. no productivas.
Comprendamos, y recuperamos, su importancia, deteniéndonos en los planteamientos de Byung-Chul Han (2023), filósofo surcoreano, que escribe, enseña y vive en Alemania, de su libro. La vida contemplativa. Elogio de la Inactividad:
La inactividad tiene su lógica propia, su propio lenguaje, su propia temporalidad, su propia arquitectura, su propio esplendor, incluso su propia magia. No es una forma de debilidad, ni una falta, sino una forma de intensidad que, sin embargo, no es percibida ni reconocida en nuestra sociedad de la actividad y el rendimiento… La inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana..
Asociar la inactividad con esplendor luce lo más ajeno a la vida exclusivamente productivatan cargada de exceso, de encadenamiento a ritmos ya demandas alienantes, que terminan por producir personas prisioneras de un hacer frenético y sociedades del cansancio, como las denominan este filósofo, porque olvidan la advertencia de George Orwell, «El progreso no es una ilusión, ocurre, pero es lento e inevitablemente decepcionante».
Y, no obstante, ser capaces de hacer elecciones éticas, exigen las pausas, la contemplación y una intensidad estética en el vivir, que es indispensable recuperar y cultivar, como lo muestra poéticamente Win Wenders, en dias perfectos (2023). En este exquisito largometraje, vemos a su protagonista, Hirayama, un japonés que trabaja limpiando baños públicos, sentado cada día en un banco de parque, durante su pausa del almuerzo, a escuchar el canto de los pájaros y admirar la luz del sol atravesando las hojas de los árboles −acontecer tan conmovedor que posee una palabra específica en su idioma, komorebi-, mientras viste su overol azul con las palabras Baño de Tokio empresas en blanco. Este hombre, que sabe convertir sus momentos de ocio en ritual cotidiano y regresar a ejecutar su trabajo impecablemente, es la personificación del vivir estético. Y mientras nosotros, como espectadores, observamos su capacidad de impregnar su vida de momentos colmados de belleza y de pausas para la contemplación y el silencio, reflexionamos sobre el bien que nos haría incluir. el esplendor de la inactividad en nuestro vivir abarrotado de rendimiento. Dejando que la frase de Friedrich Schiller, «La libertad empieza por la belleza», reverbere dentro, mientras miramos con arrobamiento un atardecer, podría ser hermosamente liberador.
Siglos atrás, con otras palabras, e implicando algo aún más trascendente, Franz Kafka, en Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino, había escrito:
No es necesario que abandones tu habitación. Permanece sentado junto a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera nada más. Ni siquiera esperes, permanece tranquilo, silencioso y solitario. El mundo se te ofrecerá de buena gana para que lo desenmascares, porque no puede hacer otra cosa y se rendirá en éxtasis a tus pies.
Pareciera que Kafka y el Hacedor de lluvia hubieran compartido un mismo saber, aquel que podría evitar que sucumbiéramos completamente –pérdida de libertades inconmensurable– ante vidas centradas casi exclusivamente en lo cuantitativouna visión materialista, que fragmenta el mundo, produce pérdida de significado, desconexión de lo esencial y conduce a una sed continua de controlar más, producir más y poseer más. La pérdida de la dimensión. cualitativa que implica, por definición, el ámbito estético y ético, que aquí procuramos rescatar y poner en el centro de la atención, es un peligro que no podemos seguir corriendo.
III. La palabra que libera
Parte de nuestro estremecimiento, como habitantes de este momento histórico, es la amenaza casi permanente de guerra, ante a la cual podemos encontrarnos en la condición de víctimas y ejecutores directos o de espectadores dolientes, si no tenemos el infortunio de ser indiferentes. Si alguien ha sido tanto víctima como ejecutor, como a menudo suele ser el caso de los soldados, un mecanismo psicológico que aparece a menudo es el olvido o el silencio. Ambas opciones pueden aliviar parcialmente esa angustia que ha sido llamada estrés postraumático; Con todo, lo que nos mantiene humanos es poder recordar, reelaborar e intentar otorgar algún tipo de sentido.
Para Svetlana Aleksiévich, escritora de origen bielorruso y ucraniano, ganadora del Premio Nobel de literatura 2015, la libertad, además de fundamento para la democracia, es recuperación de la memoria. Para miles de mujeres que participaron en la lucha contra el Ejército Nazi, durante la II Guerra Mundial, esa memoria estaba enterrada bajo los escombros de la culpa y la vergüenza. Svetlana las buscó, las entrevistó y, sobre todo, las escuchó callada, atenta y compasivamente, mientras ellas, silenciadas por décadas, expresaban la verdad de su sufrimiento. Al hacerlo, las estaba liberando de la retórica triunfalista que el Estado Soviético –y sus maridos, en el espacio doméstico– les habían impuesto. Ella misma, en cambio, se enfrentaba al riesgo de ser perseguida y condenada por presentar una versión de la guerra y de los combatientes diferentes a la narrativa oficial. Su obra, La guerra no tiene rostro de mujer. (1983), solo pudo publicarse en el exterior, dado que cuentos manifestaciones de libertad de expresión no eran toleradas en la Unión Soviética. Y siguen prohibidos en la Rusia actual. A través de la palabra, del encuentro, de la confesión y de la intimidad, estos exsoldados pudieron liberar sus corazones de los barrotes del silencio obligado, o autoimpuesto, y de la indecible aflicción que la participación en aquel horrendo conflicto supuso para la mayoría de ellas. Aleksiévich, que se ha referido a sí misma como oído humanohizo posible, mediante diálogos incontables, que aquellas almas pobladas de tinieblas sintieran que algo se despejaba, que las heroicas y pesadas máscaras oficiales caían y que la sensibilidad humana regresaba poco a poco a sus cuerpos ya sus vidas. Acerca de estas mujeres, que contribuyeron a la aplastante victoria del Ejército Rojo, se preguntó desde el principio ¿qué les ocurrió?, ¿cómo les transformó?, ¿de qué tenían miedo?, ¿cómo era aprender a matar? Esas preguntas y las respuestas, que podían salir a borbotones o aparecer reticentes y demoradas, se convirtieron en actos de enorme valentía. A través del relato de sus vivencias aterradoras, estaban revelando la parte no grandiosa de la guerra, «Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte» Y, a pesar de la mudez, la negación o el falseamiento inicial, ruegan a la periodista que regresa, que les siga permitiendo hablar de sus espantosos secretos: «Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada…». La mayor de las liberaciones que ocurrió fue romper el silencio que las había atenazado durante demasiados años: las mujeres soldados de Aleksiévich volvieron a nacer, experimentaron la libertad de ser otra vez seres sintientes, a pesar de haber casi desaparecido dentro de ellas esa capacidad, hasta acaso extinguirla, para poder seguir asesinando y representando el papel que Estado les asignó, cargado ha sta enronquecer, con el apoteósico: ¡hemos ganado la guerra!
La escritora define lo que recopiló como anotaciones del alma. Por lo tanto, lo que escucha está lejos de ser solo un canto glorioso. «Nuestra Victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa». Cada entrevistada que se atreve a regresar a esos remotos lugares psíquicos donde ocultaron recuerdos intolerables, a rasgar el velo del miedo ya soltar la mordaza portada por años, va liberando sentimientos largamente bloqueados o cuestionados. Porque, ¿cómo avergonzarse de una hazaña tal?, ¿cómo arrepentirse de los sacrificios hechos por la amada Patria soviética? No obstante, la verdad, finalmente, surge libre, y se hace carne en cada una. Lo continuó haciendo –dar voz a soldados, enfermeras, madres, prostitutas– en otra de sus novelas, Los muchachos de zinc.. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán (1989), cuyo nombre deriva del hecho de que muchos cuerpos regresan de la guerra soviética en Afganistán, entre 1979 y 1989, en ataúdes de zinc sellados y con prohibición de ser abiertos. Uno de los combatientes a quien ella brindó un espacio para lo personal le confesó que esta experiencia le dejó la convicción de que «el hombre es espantoso, la naturaleza es bella». Lo cual la propia Aleksiévic ha parafraseado diciendo que la gente libera demonios que no puede manejar. Y, a pesar de ello, es una obligación moral que continuamos en nuestro empeño.
Seguir creando espacios para dar voz se erige como un imperativo democrático en medio de las alarmas tendencias autoritarias a censurar, que inevitablemente conducen a diversas formas de autocensura. Leer, o escribir, libros que sean «el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros» –como estaba convencido Kafka que debía ser– representa una experiencia, liberada como pocas, a nuestra disposición. Los libros de esta mujer sensible, que escucha al alma y la vierte en palabras, coloca el fuego de las verdades donde antes había frías mentiras o helados silencios.
IV. El amor y la libertad como desobediencia
Avanzando aún más en la dimensión ética, dentro del ámbito estético de la literatura, para aumentar nuestra comprensión sobre la libertad que nos es posible como seres humanos, traigamos a nuestros días una obra que tendría que ser faro permanentemente encendido para cuando el frenesí tiránico amenaza la vida. Hablamos de antígonatragedia magnífica concebida por Sófocles (495-406 aC), presentada en Atenas por primera vez en el año 441 a. C. y representada 32 veces seguidas. Su protagonista a la perfección lo que llamó Friedrich Schelling héroes que lucharon contra la fuerza superior del destino, y honra, como pocas figuras, la libertad humana. Más allá de visiones nihilistas que veríamos aparecer en el siglo XX, como resultado del espanto que dejaron en la psique colectiva las dos guerras mundiales, estamos enraizados a una tradición, cargada también de conflictos bélicos, que, pese a lo cual, supo reflexionar sobre el sentido del vivir humano desde categorías más dilatadas. En las desgracias de Antígona hay algo que tocó hondamente a los griegos de la época y que ha obrado el mismo efecto en las múltiples generaciones que la han conocido a lo largo de los siglos transcurridos desde su creación. Sentimos una enorme compasión ante el sufrimiento de la joven tebana. En sus luchas, caídas y elecciones hay algo en nosotros que las reconoce como propios, cercanos o posibles: hay una suerte de epifanía que nos revela algo enteramente nuestro. Esta nubil princesa, cuyo nombre significa la que está parada ante sus antepasadosencarna el obrar polémico y libre. Se enfrenta a Creonte, regente de Tebas y tío materno, al desobedecer su implacable edicto de dejar insepulto el cuerpo de su hermano, Polinices, considerado traidor a la patria. Conocedora de los rituales funerarios que proceden, y guiada por su amor indeclinable, se cuela durante la noche, hace las libaciones correspondientes y esparce la tierra sobre el hermano inerte. Cumple con los mandatos de su corazón y con los designios superiores de los dioses, los únicos ante quienes se somete, y, al hacerlo, detiene la tiranía. La leal hija de Edipo, en su actuar insubordinado, representa el conflicto entre la esfera pública –el Estado– y el ámbito privado –oikos–, y, con lenguaje actual, diríamos que se convierte en la primera ciudadana en ejercer la desobediencia civil. Conviene que como habitantes del s. XXI, repensamos lo que esta expresión implica, pues, aunque está dicha en términos negativos –desobedecer– apela sobre todo a la afirmación de la propia identidadobedecer a una ley interior superior: en el foro conscientiae. El gobernante quiere imponer su ley a cualquier costo y Antígona no puede ignorar los rituales prescritos por un orden superior para cualquier alma antes de descender al Hades ni puede desatender a su corazón. Dejar a la intemperie, presa de aves de carroña, los restos de Polinices, y tampoco llorarlo –parte de las prohibiciones reales– no es concebible para ella, y se rebela. Esta decisión inapelable define el carácter su carácter, en claro contraste con su hermana, Ismene, quien no es capaz de desobedecer, «¡Ah, entonces, hermana, no esperes que yo haga nada contra la voluntad de la ciudad!», y, en cambio, trata en vano de disuadir de su brío a Antígona, «¡Oh, hermana, no te dejes llevar por el ardor! ¡Ten cuidado!», en cuyo corazón no tiene cabida el temor al monarca déspota ni a sus leyes. La cobardía no le es propia; la valentía, en cambio, implícita en su decisión, procede del amor y el respeto a los dioses.
Creonte: Aún, el enemigo jamás será un amigo muerto
Antígona: Es verdad. Pero yo no nací para odiar, sino para amar.
Y continúa ejerciendo su capacidad para elegir, hasta su último aliento, pues en un acto libérrimo se quita la vida, antes que esperar la muerte en la catacumba donde la soberbia del regente la había confinado. En esa decisión final está contenido el acto fundamental de su vida. Antígona, en lugar de quedar paralizada por miedo o por obediencia ciega, opta por reivindicar –y abrirnos esa posibilidad– su condición de individuo (así fuera solo en el ámbito familiar, dadas las inevitables limitaciones que se le imponían como mujer), y desde una elevada conciencia moral, se reafirma hasta el final de su vida. Creonte, en cambio, apresado en los barrotes de su rigidez, arrastra consigo a toda su familia en la tragedia inevitable que ocasiona. La muerte, que ocurre en ambos bandos enfrentados, tiene significados diametralmente diferentes. Una representa la liberación y la honra; la otra, el castigo a consecuencia de la hybris.
La libertad, como un acto responsable a nivel individual y de inevitable impacto a nivel social, requiere que, a partir del oracular “Conócete a ti mismo”, se avance hacia el “Cuidado de sí”. Cuidar de sí, práctica conectada con la tradición clásica, implica un vivir reflexivo que se orienta a hacer de la propia vida la construcción de un sujeto ético, mediante una mirada particular –que presta atención a lo que sucede adentro y lo que sucede afuera−, por lo tanto, abarca la relación con los otros y con el mundo; el cuidado de otros y del mundo. A partir de esa mirada que propicia el conocimiento, la comprensión y las elecciones más conscientes, se derivan las acciones que serán formas reflexivas de la libertad. En palabras de la poeta Mary Oliver, «Prestar atención, ese es nuestro trabajo incesante y propio». Preguntarse ¿quién soy?, ¿quién elijo ser? es lo que, eventualmente, abrirá las posibilidades de un estar en el mundo con la dignidad, la valentía y la belleza de Antígona.
Hasta las mismas nociones de libertad y de responsabilidad requieren ser interrogadas ante la enormidad de Antígona. Nos deja la convicción de que la libertad humana no está determinada, de manera absoluta, desde lo colectivo ni puede ser completamente aplastada por gobernantes o leyes despóticas. Desafiar fronteras políticas no solo es posible, a veces resulta imperativo cuando nos encontramos ante el mandato de nuestra propia conciencia, si la elección temprana que hemos tenido el privilegio de hacer, o de haber sido guiados a hacer, ha sido la de cultivar nuestro sentido de la moralidad.
En la vida de Antígona, desde la ficción literaria, y en muchas otras similares, desde la sustantividad de la experiencia, hay decisiones que parecen encarnar un modo mayor de comprender la realidad, suscritas por André Bretón en su Segundo Manifiesto del Surrealismo, de 1929, «Todo nos lleva a creer que existe un cierto punto del espíritu desde el cual la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos como contradictorios…».
La comprensión más amplia de la existencia que estas obras, vidas y preceptos nos plantean es una puerta hacia la libertad que permanece abierta.