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Monday, June 15, 2026
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    El asilo negado

    ASALTO A LA EMBAJADA DE VENEZUELA EN REPÚBLICA DOMINICANA, 1985, DIARIO EL CARIBE“Todos los ciudadanos haitianos dirigidos por un teniente retirado del ejército de Haití y quien desde ese momento y hasta la fecha en que se retiraron se convirtió en el único portavoz del grupo. Su demanda era simple. Querían salvoconducto para ser trasladados a Caracas en condición de asilados políticos”

    Por OSCAR HERNÁNDEZ BERNALETTE

    I. Es el año 1985 en la capital de República Dominicana. Tengo como responsabilidad en la Embajada la Sección Política. El embajador era Abel Clavijo Ostos, diplomático de larga trayectoria y con quien había servido en Egipto años antes. Era martes, si mal no recuerdo. Un día más en la rutina de una delegación. Días calurosos, el ventilador en el techo de mi despacho no era suficiente para mitigar el sofá del mediodía. Me había correspondido como todas las mañanas revisar el télex y enviar algunos cifrados (textos confidenciales) a la Cancillería. La embajada estaba ubicada una vieja casona en una avenida de bastante circulación en la capital, Santo Domingo. Desde mi oficina, rodeada de carpetas y papeles, el aroma de un café y el ruido repetido del teleimpresor que soltaba una larga cinta con algunas instrucciones desde Caracas, escucho gritos, oigo repetidamente libertad y veo pasar a las secretarías corriendo buscando refugio.

    II. Salgo corriendo a la recepción principal de la misión diplomática y observa por la ventana decenas de personas saltando las paredes de la embajada mientras un policía de seguridad con su fusil reglamentario estaba seriamente dispuesto a dispararle a los intrusos. Lo obliga bajándole el arma a no hacerlo y que deje que terminen de saltar la sede. Me observa con sorpresa, pero quiero tomar la casa, me decía. Mantenga la carabina abajo fue mi última instrucción.

    II. En esos momentos el embajador se encontraba fuera de la capital. Se trataba de una treintena de ciudadanos haitianos que ingresaron violentamente para pedir asilo. Se le informa de inmediato a todo el personal lo que ocurriría y se le pidió a los solicitantes que tuvieran calma y respetaran la sede diplomática. Su primera demanda era que querían hablar con el embajador.

    Vía telefónica, nos instruye al Consejero de la Embajada, para aquel entonces Vasco Atuve ya mi persona que les pidiéramos que se retiraran de la entrada y esperáramos a que regresara a final de la tarde. Los exaltados aceptaron educadamente, nos acompañaron a la parte posterior de la Misión. El embajador se incorpora, nos reúne al personal diplomático incluyendo al agregado militar, el coronel Andrés Level y se comunica de inmediato con la Casa Amarilla, sede de nuestra Cancillería en donde ya un personal de la Dirección de Política Internacional que dirigía el embajador Efraín Silva monitoreaba y evaluaba la situación en la sede diplomática. El canciller para aquel entonces y quien ejercía la Cancillería por segunda vez era Simón Alberto Consalvi.

    Las instrucciones desde Caracas eran las de que el embajador no se apersonara para hablar con los demandantes y que recayera el contacto en mi persona como responsable del área política y en ese momento el tercero en la línea de precedencia de nuestra embajada. Inicié, así, un proceso de negociación con los solicitantes. Todos los ciudadanos haitianos dirigidos por un teniente retirado del ejército de Haití y quien desde ese momento y hasta la fecha en que se retiraron se convirtió en el único portavoz del grupo. Su demanda era simple. Querían salvoconducto para ser trasladados a Caracas en condición de asilados políticos. Su justificación era que a pesar de ser huéspedes como extranjeros del Gobierno de RD se consideraban perseguidos por las autoridades de ese país. Para nadie era un secreto el maltrato a los haitianos, la mayoría desempleados o vendedores ambulantes. El presidente dominicano era Joaquín Balaguer.

    III. Su presencia duró 25 días mientras esperaban que se les otorgara asilo. Me correspondió ser el único funcionario de la embajada que los trataba. Nos afectaba el trauma humano. Qué dura la vida del exilio. Confinados a un patio trasero sin mayores facilidades y sometidos todos a presiones que incluían actos de desesperación y amenazas de su parte. Una mañana los encontraron que se habían raspado el pelo y andaban desnudos en protesta. Mi contacto con ellos tenía altibajos, entre simpatías por su demanda hasta sinsabores por su actitud violenta y amenazante a mi persona toda vez que las autoridades de Caracas no otorgaban el asilo, ni las de RD el salvoconducto respectivo. Recordaba a los haitianos en Caracas, gente buena y, además, más de uno sonó la campana de helados EFE frente a mi casa.

    IV. Después de mucha negociación, evaluación con nuestra cancillería y la de Santo Domingo, el Gobierno de Venezuela por primera vez desde que se firmo la declaración de Caracas en 1954 sobre asilo diplomático se negaba otorgar el derecho correspondiente. Me correspondió la dura tarea de comunicarlos y pedirles se retiraran pacíficamente de nuestra Misión. Su negativa a hacerlo nos obligó a que una madrugada desprevenidos los desalojáramos con la fuerza pública, desarmada, toda vez entrarían en nuestra sede y por supuesto respetando sus derechos y con la presencia de la prensa. Recuerdo su grito de lucha en francés, “Libertad o muerte”. La decisión del gobierno venezolano era correcta. No cumplían los demandantes los requisitos para considerar viable su solicitud. No eran perseguidos políticos en RD. El hecho fue dramático para quienes estuvimos involucrados.
    Meses después me encontré al militar líder del grupo. Temí por su reacción a mi persona. Por el contrario, fue muy amable y me agradeció la paciencia y el buen trato. Me confesó que habían usado el expediente del asilo para tratar de salir del país que ya los había acogido pero que lamentablemente los discriminaban y les hacía su estadía en esa nación humillante. Los entendía perfectamente.