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Monday, June 15, 2026
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    Andrés Bello y Alejandro de Humboldt: un encuentro memorable

    ALEJANDRO DE HUMBOLDT, ARCHIVO“Así pues, desde su llegada reciben una espléndida hospitalidad de las autoridades y en especial de las élites caraqueñas, entre las que se encuentran los Ustáriz, los Ibarra, los Ávila, los Soublette, los Tovar, los Sanz, los Blandín. Humboldt se convierte en asiduo visitante de las tertulias capitalinas, y es allí donde conoce a Andrés Bello, quien tenía 18 años”

    Por CESIA HIRSHBEIN

    Llegada de Humboldt a Caracas

    Desde que inició el proyecto de investigación para conmemorar los 200 años de la llegada de Alejandro de Humboldt a Venezuela en el Instituto de Estudios Hispanoamericanos, su espíritu ha seguido vigente en algunos de mis trabajos. Incluso en caminatas al Ávila, una vez se me apareció de un modo tan real que esa misma noche escribí un relato sobre ese encuentro.

    Ahora se da la oportunidad de volver sobre sus pasos y relacionarlo con nuestro escritor, poeta y legislador venezolano Andrés Bello al cumplirse un año más de su llegada a Caracas.

    El 21 de noviembre de 1799 desembarca Alejandro de Humboldt en La Guaira, pernocta en Maiquetía, y el 22 entra a Caracas por el camino de los españoles, donde lo esperaba su compañero de viaje, el médico y botánico Aimé Bonpland, quien había viajado por tierra desde Cumaná, Humboldt lo hizo bordeando la costa, que fue el puerto de entrada al continente americano de los dos viajeros, cuatro meses antes. Traía cartas y pasaportes con sello real, firmados por Carlos IV, a nombre suyo y de su compañero de expedición.

    Fue un acontecimiento social y cultural. Son recibidos con la pompa merecedora de alguien que llega con recomendaciones oficiales de la corte española para sus agentes de América, también traía una misiva personal del Marqués de Ustáriz para sus parientes de la capital. Los agasaja también el Gobernador y Capitán General don Manuel Guevara Vasconcelos.

    Así pues, desde su llegada reciben una espléndida hospitalidad de las autoridades y en especial de las élites caraqueñas, entre las que se encuentran los Ustáriz, los Ibarra, los Ávila, los Soublette, los Tovar, los Sanz, los Blandín. Humboldt se convierte en asiduo visitante de las tertulias capitalinas, y es allí donde conoce a Andrés Bello, quien tenía 18 años, mientras que el prusiano, de 30, y era ya un viajero experimentado.

    Seguro que sintió cierto interés al ver a aquel joven, tímido, menudo, frágil, entre serio y curioso por todo tipo de conocimiento, sin aún saber que había algo en su comportamiento que presagiaba el glorioso porvenir que tendría. O quizás sí. En el poco tiempo que pude interactuar surgió una cohesión que me atrevería a decir mágica entre el maestro conocedor de las artes de la naturaleza, de la vida y el pupilo ansioso y atento por aprender. ¿Se comunicarían en español que Humboldt dominaba, o quizás en inglés o francés que Bello había aprendido? El caraqueño también tenía nociones de latín y de los autores clásicos, además era tutor de varios jóvenes mantuanos. Se respetaba su precocidad cultural. ¡Qué impacto debió causarle cuando vio delante suyo a un hombre, quizás exótico para él, robusto, animado, locuaz, de origen prusiano, que hablaba español entre otros idiomas, el alemán nativo, el inglés, francés, latín y también el hebreo, y bronceado por el sol tropical! En una de las cartas desde América a su hermano Wilhelm, reconocido lingüista, le había comentado que se había puesto “cobrizo”. Humboldt representaba para todos y en especial para Bello que apenas se iniciaba en el engranaje de la sociedad, lo alegre, la investigación en el terreno, la energía, la vitalidad. Eran luces y sombras que se entrelazaron para crear una nueva luminosidad.

    Humboldt, por su lado, había mostrado desde joven una marcada inclinación e inquietud por conocer el mundo. En su adolescencia, acompañado de su hermano, dos años mayor que él, y de sus tutores, había frecuentado Berlín, ciudad cercana a Tegel, donde vivían en un castillo familiar. Comienzan a frecuentar algunos salones de la sociedad berlinesa, sobre todo “los tres únicos salones de Berlín en los que, en el curso de los últimos años del siglo XVIII, se podía reencontrar a la burguesía preocupada por la cultura”, señala Charles Minguet, el historiador que se estudió al Barón de Humboldt. Son los salones de Dorothea Mendelssohn, Henriette Herz, y Rahel Levin, y continúa: “Sus orígenes israelitas y sefardíes (de estas familias) les permiten (a los dos hermanos Humboldt) una amplitud de miras sobre el mundo exterior, que sin duda la aristocracia prusiana no podía y ni aun presentir”.

    A los 25 años conoció a Goethe en Jena. Wilhelm, que en ese entonces tenía ahí una casa, intercedió por un encuentro con el hermano. Entre el aprendiz y el poeta consagrado se produjo el inicio de una amistad duradera. Goethe en realidad quedó fascinado por el naturalista en ciernes.

    Así que al conocer a Humboldt al joven caraqueño, supo aquilatar sus puntos intelectuales. Pasearon juntos por algunas de las zonas agradables del valle de Caracas. ¿Le habrá contado Humboldt todas sus aventuras antes de la llegada a Caracas? ¿O sobre su experiencia como consejero en la corte del Imperio Prusiano? ¿De sus reuniones intensas y gratificantes en los salones literarios de las brillantes damas judías, que fue donde aprendió el hebreo?

    Expedición a la Silla del Ávila

    El paisaje de la imponente montaña del Ávila que estaba a los pies de donde se hospedaba Humboldt, tan exuberante como misteriosa, no se apartó de su mente hasta que decidió sondear sus secretos. Entusiasmado como siempre, preparó junto a Bonpland una expedición para el 2 de enero del nuevo siglo, 1800.

    Ascienden por la grieta de Chacaíto. “Nos pusimos en marcha a las 5 de la mañana acompañados de esclavos que llevaban nuestros instrumentos. Componíamos dieciocho personas que íbamos unos tras otros por un estrecho sendero…”, cuenta Humboldt, y continúa: “Esta subida, más fatigosa que arriesgada, desalentó a las personas que nos habían acompañado desde la ciudad que no estaban acostumbradas a escalar las montañas. Mucho tiempo perdimos aguardándolas, y resolvimos continuar solos cuando vía las vimos a todas descender la montaña en vez de escalarla”. Andrés Bello formó parte de los que “descendió la montaña en vez de escalarla”. Humboldt y Bonpland llegaron hasta el pico oriental de la Silla de Caracas, o Silla del Ávila.

    Los viajeros partieron el 24 de noviembre de ese mismo año desde Nueva Barcelona hasta La Habana.

    Bello en Londres

    Humboldt y Bello no volvieron a verso, pero quedaron en ambos la impronta de aquellos encuentros en la ciudad de Caracas.

    Andrés Bello continuó su ritmo de trabajo entre el estudio universitario y las tutorías. Simón Bolívar había regresado de Europa en 1807. Y de pronto, la vida del estudioso y poeta cambió como si se tratara de una sacudida telúrica. Había que luchar por la independencia venezolana. La Junta Suprema de Caracas creó la misión diplomática liderada por Simón Bolívar, Luis López Méndez y Andrés Bello como secretario, entre otras razones, por sus conocimientos del inglés y el francés. Partieron a Londres en 1810.

    Bolívar logró salir de Londres en 1811. ¿Y Andrés Bello? El brillante poeta, escritor y legislador fue abandonado a su suerte, y para colmo, arruinado. Fueron diez y nueve años de exilio forzado. Pero su fuerza espiritual pudo más que la adversidad económica y la nostalgia por su tierra natal. Aprovechó el tiempo para estudiar y escribir, además de trabajar como tutor y traductor, entre otros oficios. Se involucró también en los círculos intelectuales, conoció a pensadores como Jeremy Bentham. Publicó artículos en revistas, compuso varias poesías y realizó investigaciones filológicas pioneras. También fue secretario de las legaciones de Colombia y Chile.

    Un dato curioso es que Alejandro de Humboldt había viajado a Londres junto a su hermano Wilhelm como parte del séquito del rey Federico Guillermo III de Prusia en misión diplomática, estando Bello ahí, pero nunca se encontraron. Seguramente los vaivenes de la corte absorbieron a los hermanos Humboldt. Sin embargo, Bello tuvo la ocasión de leer las versiones inglesas de la obra de Alejandro publicadas en Londres, lo que consolidó su formación y su visión humanista. Desde entonces escribió, entre otros asuntos, textos sobre ciencia, historia, tecnología, geografía y astronomía.

    Fundó junto a Juan García del Río las revistas Biblioteca Americana (1823) y Repertorio Americano (1826-1827), en las que aparecen traducciones de Humboldt, de Herschel, de Horacio, de Schiller y artículos de interés general. La finalidad de estas revistas, según las palabras de Bello, “era educar a sus hermanos de América, ya en la poesía, ya en la influencia de la literatura sobre la sociedad, ya en la traducción de importantes intelectuales”. De igual modo esbozó en la capital industrial sus ideas sobre gramática y legislación, que más tarde se materializarían en obras más complejas.

    Chile, un nuevo destino para Bello

    La amistad entre Bolívar y Bello se fue deteriorando de un poco. ¿Cómo entender los más oscuros sentimientos que se esconden en el ser humano? ¿Vanidad? ¿Pérdida de interés? ¿Rivalidad? Es difícil saberlo. Bello hizo varios intentos por volver a Venezuela y siempre se encontró con la negativa para quien había sido su tutor y amigo. En 1826 le escribió una desgarradora misiva en la que pedía ayuda económica, pero no la obtuvo, con el agravante de que su cargo diplomático se le asignó a otra persona. Así las cosas, se encontraron sin fondos y atado a Londres. Se necesitaba de valor para no perderse y desaparecer entre la húmeda bruma londinense.

    Pronto la suerte cambiaría, otros latinoamericanos lo valoraron y vieron en él a un hombre con atributos especiales, entre ellos, los delegados chilenos que también se encontraban en Londres. Uno en especial, Antonio José de Irisarri, amigo personal de Bello y como embajador de Chile en Londres, al entender sus apuros y sobre todo apreciar sus virtudes intelectuales y legislativas, le dio el cargo de secretario personal de la embajada.

    Y fue más allá el amigo, sabía que Bello no era hombre de eternizarse en una oficina. Habló con el presidente de Chile, en aquel entonces, Francisco Antonio Pinto y que también lo conoció en Londres, para proponerle que se estableciera en Chile “para ayudar a la joven nación a organizar sus instituciones y su legislación”. Le financiaron el viaje, y así, después de tantos años de desarraigo pisó de nueva tierra americana, pero lejos de su patria. Desembarcó el 25 de junio de 1829 en el puerto de Valparaíso, viudo y con dos hijos, Carlos y Francisco.

    Entre las múltiples obras que publicó Bello en Chile, la Cosmografía o descripción del universo.1848, se puede considerar como un homenaje al “ilustre” Alejandro de Humboldt. Inspirada en su Cosmosentresaca de esa obra datos para la educación científica en Chile y en América.

    Miguel Luis Amunátegui, discípulo y también biógrafo de Bello, en sus conversaciones apacibles con el maestro, sobre todo en la última etapa de su vida, sirvieron para reconstruir muchos de los eventos de su juventud que se incluyen en Vida de don Andrés Bello.1882. Ahí aparece la anécdota de la expedición a la Silla de Caracas con Humboldt y Bonpland. Le cuenta Bello como “fracasó” a mitad de camino en compañía del padre Andújar.

    Otro de sus discípulos fue Benjamín Vicuña Mackena, escritor, periodista, historiador, político y viajero. Relata con orgullo “su encuentro feliz con el venerable Alejandro de Humboldt en su modesto gabinete de Berlín” en el año de 1855. Más impacto le provocó cuando “en una breve media hora de conversación, Humboldt me preguntó si vivía aún entre nosotros el señor Andrés Bello, a cuya familia recordaba haber conocido en Venezuela y cuya posterior fama había llegado hasta él hacia largo tiempo”. Vicuña Mackena tenía apenas 24 años y ese evento marcó un antes y un después en su vida, según confesó más adelante.

    Don A. ndrés Bello no defraudó a sus anfitriones, Antonio José Irrisari y Francisco Antonio Pinto, ni a los chilenos en general. Con una obra inmensa, y todos los honores terminarían sus días en Santiago de Chile, el 15 de octubre de 1865 a los 83 años.

    Alejandro de Humboldt, famoso, admirado y respetado hasta sus últimos días, además de científico y naturalista, tenía inclinaciones poéticas. Seducido por la Ilustración y el Romanticismo, significó mucho para él en aquellas tierras lejanas, llenas de aventuras y exotismo, conocer a Andrés Bello, gran poeta de la naturaleza. Admirable el hecho de que se habían seguido la pista mutuamente. Humboldt y Bello están entrelazados a la historia de América ya la historia de la cultura y la ciencia en general.