Justo frente a la costa de Venezuela, un fantasma del pasado ha despertado. Estados Unidos ha reactivado silenciosamente Roosevelt Roads, una enorme base naval de la época de la Guerra Fría en Puerto Rico, cerrada durante dos décadas.
Ahora, bulle de actividad: el portaaviones más grande del mundo, cazas furtivos, drones y miles de tropas. Oficialmente, la misión es aplastar el narcotráfico. Extraoficialmente, es un mensaje para Caracas: Washington ha terminado de esperar a que el régimen de Nicolás Maduro colapse por sí solo.
¿La respuesta de Venezuela? Una movilización militar total. Maduro ha desplegado 25.000 soldados en la frontera, acusó a Estados Unidos de planear una invasión para robar el petróleo de su país e incluso ofreció recompensas por los “agresores imperialistas”.
El enfrentamiento parece un retroceso a la década de 1980, pero con un toque moderno: esta vez, Estados Unidos no sólo está haciendo demostraciones de fuerza, sino que está actuando.
Desde agosto, las fuerzas estadounidenses han hundido más de una docena de embarcaciones sospechosas de contrabando de drogas, matando a decenas. Maduro lo llama un pretexto para un cambio de régimen. Estados Unidos lo llama justicia.
Estados Unidos reactiva una base naval de la época de la Guerra Fría en Puerto Rico: una advertencia para los imperios criminales de América Latina. (Foto reproducción de Internet) Los efectos dominó están remodelando a América Latina. El franco presidente de Argentina, Javier Milei, se ha convertido en el aliado más cercano de Washington en la región, intercambiando lealtad política por un salvavidas financiero de 20 mil millones de dólares.
Sus reformas económicas de terapia de shock (reducción de empleos públicos, congelación de salarios y desmantelamiento de subsidios estatales) han estabilizado la moneda en caída libre de Argentina, pero a un costo brutal: más de la mitad de la población vive ahora en la pobreza.
Los críticos lo consideran imprudente. Sus partidarios dicen que es la única manera de poner fin a décadas de mala gestión. De cualquier manera, la apuesta de Milei lo ha convertido en una figura polarizadora, adorada por los inversores y despreciada por la izquierda.
Luego está México, donde la guerra contra las drogas ha alcanzado una nueva y aterradora fase. Los cárteles ya no sólo trafican narcóticos: gobiernan.
En noviembre, hombres armados asesinaron a un alcalde conocido como “Bukele Mexicano” durante un festival público, con su hijo en brazos. No fue un incidente aislado. En lo que va del año, ocho alcaldes han sido asesinados y los cárteles amenazan abiertamente a los políticos que se resisten a su gobierno.
¿El recuento de cadáveres desde 2006? Más de 480.000 muertos, 100.000 desaparecidos. Estados Unidos ahora califica a estos grupos de terroristas, justificando las incursiones transfronterizas. Sin embargo, cada ofensiva parece alimentar más violencia, dejando a las ciudades atrapadas entre funcionarios corruptos y pandillas despiadadas.
Más allá de las Américas, otra crisis está latente. Irán, recién salido de un breve pero sangriento intercambio con Israel, ha emitido un ultimátum: cortar los lazos con Tel Aviv o no llegar a un acuerdo nuclear.
Estados Unidos negoció un inestable alto el fuego, pero Teherán no da marcha atrás. El mensaje es claro: la influencia de Washington está siendo puesta a prueba y sus enemigos están respondiendo.
¿Qué une estas historias? Una región en una encrucijada. El colapso de Venezuela, las desesperadas reformas de Argentina y el descenso de México al caos no son crisis separadas: son síntomas de una lucha más amplia entre el orden y el desorden.
El regreso del ejército estadounidense al Caribe no se trata sólo de drogas o petróleo. Se trata de trazar una línea. La pregunta es si ya es demasiado tarde. Para los millones de personas atrapadas en el medio, ya sea en las colas para conseguir comida en Caracas, en las calles de protesta de Buenos Aires o en las ciudades controladas por los cárteles de México, la respuesta no puede llegar lo suficientemente pronto.