El Premio Nobel de Economía 2025 fue concedido a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt “por haber explicado el crecimiento económico impulsado por la innovación”. El galardón reconoció al primero por su análisis de los prerrequisitos para generar un crecimiento sostenido a través del progreso tecnológico, ya los otros dos por haber impulsado la teoría del crecimiento sostenido a través de la “destrucción creativa”.
El caos imprescindible
El presente artículo aborda sólo el trabajo de Aghion y Howitt, enmarcado en el propósito de estudiar cómo la innovación tecnológica permitió el desarrollo sostenido de Europa, a lo largo de los últimos dos siglos.
Sus páginas giran en torno al concepto de “destrucción creativa”, elaborado por el economista Joseph Schumpeter, conforme al cual los cambios tecnológicos impulsan el progreso, creando nuevos mercados, productos y formas de producción, pero a la vez acaban con las industrias existentes, empresas y empleos y vuelve obsoletas las tecnologías utilizadas. Se trata, así pues, de un proceso desordenado, marcado por el caos, pero necesario para que haya desarrollo.
El libro ha levantado algunas críticas, según me entero por algunos artículos que lo examinan. Por una parte, consideran que no cuestiona un modelo de desarrollo económico que, según muchas evidencias, pareciera no dar más de sí. Y, por otro lado, porque en menor grado y, no obstante algunos matices, se centra en el crecimiento de la economía y mantiene el PIB como termómetro principal, alegando que desde hace un buen rato, este ha dejado de ser el indicador fundamental mediante el que los terrícolas desciframos cuán bien (o mal) nos está yendo en la vida. En efecto, ahora se dispone de criterios y métodos que permiten evaluar, junto con la expansión de la economía, otros planos por los que también se desliza la existencia humana, expresados por los indicadores de Bienestar Social que calibran aspectos tales como salud, educación, vivienda, ingresos, empleo, seguridad, medio ambiente, etcétera.
Y adicionalmente se han ido creando indicadores hasta pretender valorar la felicidad per cápita, cuestión que no es nada sencilla, pues depende de numerosos imponderables y está sujeta a múltiples significados que, además, varían con el tiempo. Sin embargo, lo importante es que se ha avanzado en su tratamiento conceptual y político, lo cual resulta esencial para un mundo que pareciera tener que revisar sus fundamentos, de cara a las transformaciones que perfilan el siglo XXI.
A propósito de lo anterior, tal vez valga la pena mencionar que Venezuela cuenta desde el año 2013 con un Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo, cuyos escasos resultados se encuentran tristemente reflejados en las estadísticas que describen nuestra realidad. Su creación no hizo sino ratificar la óptica burocrática que ha llevado al gobierno a crear organizaciones que riman con su épica narrativa.
Regresando al trabajo de Aghion y Howitt, centrado en el modelo de crecimiento endógeno a través, como ya dije, de la “destrucción creativa”, se le critica que no aborda los daños colaterales que ocasiona un proceso que ha sido definido por los imperativos tecnológicos. E, igualmente, que soslaya la necesidad de que la evolución tecnológica se guía por valores que rebasen la lógica económica, pasando por alto el hecho de que, si bien son innegables los beneficios que producen, implica también riesgos y peligros que imponen la exigencia de regularlos.
Cambian las preguntas
La importancia de los avances tecnológicos es innegable, sobre todo en esta época. En la actual Revolución Industrial el citado “proceso de destrucción creativa” tiene lugar con enorme velocidad, en comparación con las anteriores, las que fueron observadas por Schumpeter, quien murió en el año 1950.
Las transformaciones que se desprenden del nuevo paradigma tecnológico son más disruptivas, tanto que obligan a repensar la condición humana, según las señales que se envían desde la inteligencia artificial y las biotecnologías, así como las polémicas que suscitan la posibilidad de que lleguen a sustituirnos.
Así las cosas, se han levantado muchas nuevas preguntas que resultan difíciles de responder, dada la rapidez con la que son sustituidas por nuevos interrogantes. Encima hay que agregar a lo anterior los obstáculos que plantea la globalización para llegar a acuerdos compartidos, permeada como está por valores y criterios que varían entre los países.
De allí, pues, el vacío regulatorio y ético frente a los dilemas que asoman. De allí, también, el sonambulismo tecnológico, concepto usado por Langdon Winner para describir cómo la sociedad se adapta a las nuevas tecnologías de forma automática, sin entrar en el terreno de sus implicaciones, considerándolas como algo “natural” y “automático”, a lo que cada quien simplemente se adapta.