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Tuesday, June 23, 2026
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    De santos y difuntos

    Celebración del día de los muertos en el cementerio de MoroturoMis recuerdos de niño están repletos de detalles mágicos, un desfile de sueños hechos realidad que nunca se agota. En ese espacio onírico y real, mis padres y mi abuela paterna tienen el mejor de los lugares, ellos me llenaban de cuentos, historias, adivinanzas; también de cuentas, abecedarios, cartillas. Era una danza infinita donde lo sobrenatural se manifestaba a través de la devoción a la Virgen del Carmen ya la, no menos venerada, Virgen del Valle.

    Días como ayer y hoy se revestían de particular celo. El primero el Día de Todos los Santos y al siguiente el de los Muertos. En ambos mi abuela, la vieja Elvira, manifestaba especial reconocimiento, adornaba el altar que tenía en su cuarto y encendía velas para iluminarlos. Rezaba el rosario y ponía particular empeño en el dedicado a los difuntos. Entonaba plegarias especiales por las Ánimas Benditas del Purgatorio, para que pronto pudieran ascender al cielo.

    Al crecer y tratar de comprender el jeroglífico que Dios me dio por patria, cuanto más la andaba, mejor entendía la magia que envolvía los cuentos de mis primeros años. Los ritos de África fusionados con la adoración a san Juan Bautista en los bailes negros al compás de los tambores. La herencia griega y egipcia en el repicar de un arpa en medio de la polvareda de un joropo en el fondo de Apure. La madre España en el rasgueo de las guitarras que todavía entonan serenatas en las calles de algunos pueblos. Y en ceremonias propias del Día de los Muertos como el Akaatompo, de los indígenas Kariñas, en Kashaama, Bajo Hondo o Taskabaña, entre otras comunidades, del estado Anzoátegui. Sin olvidar a Mapararí, Lara, donde los vecinos, de nítidos rasgos de indios Ayamán, acuden al cementerio local a honrar a sus muertos; les llevan comida, limpian sus tumbas y les cantan.

    No puedo prescindir de lo que significó el laberinto que representa el culto a María Lionza. Junto a la deidad, de supuesto origen indígena, están el Negro Felipe, Bolívar, José Gregorio, san Gerardo, y muchísimas otras figuras veneradas con una diligencia que ya quisiera más de un párroco entre sus fieles. En este escenario surgió la llamada Corte Malandra, la cual es liderada por “Ismaelito”. Ismael Sánchez fue un señor dedicado a actividades delictivas cuya muerte tiene varias versiones. Unos dicen que murió cosido a puñaladas por el malandro Leo en el 23 de enero; otros afirman que fue en un enfrentamiento con el agente, de la extinta Policía Técnica Judicial, “Chino” Jiménez en la carretera vieja de La Guaira. Cómo se convirtió en mito es harina de otro costal que prefiero dejar en manos de especialistas del vuelo de Emanuele Amodio o Francisco Ferrándiz, quienes han hecho diversos estudios al respecto.

    Lo cierto es que su tumba en el Cementerio General del Sur de Caracas es un centro de peregrinación adonde acuden numerosos devotos a manifestar su fervor y pedir favores.

    Cuando pienso en la actual alineación de los altos mandos republicanos me estremezco al imaginarme que pueda llegar a ser parte de una corte como la del señor Ismael. Si ya hay quienes van, casi de rodillas, a la que fuera sede de la Academia Militar Venezolana, ahora convertida en Museo de la Montaña, a pedirle milagros al comandante interestelar. ¿Cómo será cuando salgan de este mundo los citados miembros de la élite gubernamental?

    Si a ver vamos, no debe ser difícil de imaginar las peticiones. Seguro va a ser común oír algo así como: “San Diosdado de El Furrial, aquí tienes estas cachapitas que te compré en La Candelaria, y ver si intercede para que gane mi gallo Mazo Meón esta noche”. No será extraño escuchar: “¡Ay santa Cilia, te rezo este rosario para que no se me salga la plancha hoy por la tarde que tengo esa invitación para ir a cenar con el tipo aquel!”. Tampoco duden que se oirá: “Mete tu mano san Nico –porque si le piden a san Nicolás capaz se arrecha y no vuelve a dejar regalos en Nochebuena–, por la pista de baile de Corozo Pando, porque ya no se puede echar un pie como es, y nadie mejor que tú sabe lo que es eso. Mientras tanto aquí te traje estos bocadillos de guayaba que tanto te gustan”.

    Otra a la que con certeza han de implorar es a santa Delcy, cuyos ruegos habrán de ser algo así: “Ay mana, aquí te vine a bailar El Meneito para que mi cirugía de cola y pechuga salga bien y nunca se me ponga la cara como a ti”. A san Padrino le pedirán que los ayude a pasar este kilito de tú sabes qué, y así resolver la quincena. No será extraña una salmodia tipo “san Capriles, ayúdame a que esta puñalá me sirva de bien”. Tampoco aquello de “san Leopoldo que arrempuje duro a los otros y quede bonito en la foto”.

    No es descabellado pensar en un panteón patrio de ese tenor, peores cosas hemos visto en esta tierra de nuestros tormentos.

    ©Alfredo Cedeño

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