Arturo Uslar Pietri —siempre admirado y de grata memoria— respondió en una notable entrevista a las preguntas formuladas por nuestro buen amigo José María Conget del Instituto Cervantes, acerca de los desafíos que afrontaba la literatura hispanoamericana cuando comenzó su fecunda. carrera de escritor. Sobre el particular, recordaba don Arturo sus vivencias en el París de la década de 1920, cuando —entre otras cosas— se fraguó su entrañable amistad con Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier. La amena entrevista, que contribuimos a coordinar desde nuestras funciones en el Consulado General de Venezuela en Nueva York, es muy rica en contenidos diversos sobre el tema planteado y de ella solo queremos resaltar, en esta ocasión, aquello que según el entrevistado despertó las mayores sensibilidades entre los tres entrañables amigos —muy parecidos, si bien muy distintos como nos aclaramos, aun cuando compartían una misma inquietud respecto a la imprescindible actualización de la narrativa hispanoamericana—.
Miguel Ángel Asturias —nos decía Uslar Pietri— tenía una dosis probada de sangre maya y por tanto era muy sensible a la tradición y raíces culturales indígenas de Mesoamérica. Carpentier —hijo de un francés y de una rusa, nacida en Cuba— sintió la palpable existencia negra en una isla que no tuvo mayor presencia indígena. Y Uslar Pietri se decía receptivo de la tradición formativa de un país mestizo, una nación de encuentros donde no ha habido predominio de cultura negra ni indígena. Una reflexión que nos lleva al tema que quisiéramos tratar someramente en estas breves anotaciones.
La presencia negra en Venezuela se circunscribe a ciertas zonas costaneras y valles fértiles aledaños —Miranda, Aragua, Carabobo, Yaracuy— en los que la economía agrícola colonial se sustentaba en la mano de obra esclavista. Ello explica, entre otras razones, que no haya habido presencia negra en los Andes venezolanos —en los llanos centro-occidentales tampoco la hubo con predominio, pues solo derivó de esclavos fugitivos que encontraron refugio en la región de los pastos—. En cuanto al elemento aborigen, existieron en la provincia, numerosos grupos indígenas identificados y agrupados por su tronco lingüístico común, conocidos como filiaciones Caribes y Arawacos —siendo estas las más prominentes—, tal y como testimonio la presencia de estos pueblos originarios en nuestros días. Cabe mencionar, entre otros, a los Waraos, Pemones, Panares, Yanomamis, Yè’kuanas — Makiritares, Wayuú, Yukpas, Añu y Motilones. Estas tribus nómadas que esencialmente vivían de la caza, de la pesca y de la recolección de frutos silvestres, se diferenciaron claramente de los notables Timoto-Cuicas —emparentados con los Muisca del Nuevo Reino de Granada—, o el grupo indígena culturalmente avanzado que habitó las cumbres de los Andes, desarrolló una agricultura sobre terrazas irrigadas, almacenamiento de granos y de agua.
Venezuela recibirá en años posteriores el influjo de apreciables migraciones provenientes de la vieja Europa. De España llegarán canarios y vascos —con énfasis en los tiempos de la Compañía Guipuzcoana de Caracas—, también de Alemania —los primeros asentados en la Colonia Tovar a mediados del siglo XIX—, acentuándose el movimiento migratorio a partir de la década de 1940, como consecuencia de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Vendrán al país con sus respectivas familias, grupos de españoles —quizás los más desde su nativa Galicia, aunque igual vinieron de otras regiones de la Península Ibérica—, también italianos, portugueses y oriundos de países del Este. Ya desde los tiempos del general Antonio Guzmán Blanco se venía promoviendo acentuadamente la inmigración europea, con el propósito de modernizar el país —destacan alemanes e ingleses en el desarrollo del comercio, del transporte ferroviario y en la mecanización de los procesos. agrícolas, como queda demostrado en las oficinas de beneficio para el cultivo del café a vuelta del siglo XIX—. En tiempos del general Eleazar López Contreras se propone el establecimiento de nuevas colonias agrícolas en el país y se acentúa la llegada de judíos, sirios y libaneses cristianos que terminaron siendo muy destacadas figuras de la banca y del comercio. El régimen de Marcos Pérez Jiménez también dará impulso a la migración —los grandes proyectos constructivos ejecutados por el gobierno, atrajeron a portugueses como maestros del encofrado, italianos del hormigón y españoles del acero, como demostrar, entre otros, las obras del Hotel Humboldt—.
Hay que destacar la valiosísima contribución del exilio republicano español a la cultura venezolana. Científicos y humanistas realizaron una labor sencillamente impagable en sus áreas de estudio, tal como queda registrada en una vasta obra de contornos singulares. En esos tiempos, Venezuela era quizás el destino menos buscado en comparación con México —donde tuvo lugar la mayor migración de origen peninsular— o con Argentina y las islas de Cuba y de Puerto Rico, donde fueron a parar muchos españoles desplazados por la guerra y el hambre.
Los estudios realizados arrojan resultados distintos sobre la población venezolana. Para algunos 70% es mestiza, con 17% blanca, aproximadamente 8% negra y 3% indígena —el resto sería diverso—. Un estudio que no hemos tenido a la mano, pero que al parecer proviene del IVIC, trabajó sobre el ADN mitocondrial —el material genético encontrado en las mitocondrias u orgánulos encargados de producir la energía de la célula y que se hereda exclusivamente a través de la madre—, y demuestra que los componentes indígenas y europeos podrían estar a la par, siendo el africano muy bajo —salvo en zonas del litoral central y áreas aledañas, donde puede ser elevado en pequeñas comunidades—.
Todo indica que la observación que hizo el doctor Uslar Pietri en la entrevista previamente comentada es acertada. Somos un país mestizo —a qué dudarlo—, receptor de culturas diversas al paso de la conquista y población de los territorios de ultramar y de sucesivas migraciones europeas y provenientes del oriente próximo —en este último caso, en menor proporción—. Un alegre mestizaje que nos hace más abiertos al intercambio social y cultural, y que nos despoja de esas habituales barreras que marcan distancias entre grupos humanos que comparten un mismo espacio geográfico.