En muchas lagunas vamos a tener la oportunidad de pescar pejerreyes de gran tamaño, pero sin dudas en el Río de la Plata siempre vamos a encontrar alguna sorpresa, y es por eso que habitualmente resaltamos la pesca en los meses de invierno, en lo que llamamos la temporada de pejerrey. Estamos hablando de un río siempre castigado, tanto sea por algún condimento contaminante como también por la depredación de la pesca ilegal. Nada impide que el aficionado que practica la pesca deportiva en el estuario vuelva decepcionado; al contrario, si le fue mal va por su revancha y si le fue bien quiere volver pronto.
El factor kilogramo En este relevamiento vamos a volver a contar lo que significaron algunas salidas en busca de los grandes matungos que depara la zona de Playa Honda y alrededores. Como es habitual, tratamos de buscar un pesquero donde dar con algunos de los grandes pejerreyes sirviera para decir “sacamos todos matungos” o, al menos, “salió uno que superó el kilogramo de peso”. Y destacamos lo del kilogramo porque realmente es una captura muy grande en esa especie.
Obviamente, el Río de la Plata fue lo primero en que se pensó y ninguno de mis amigos o compañeros de pesca dudó en participar de dichas salidas, que serían embarcadas. Los equipos para este tipo de pesca consisten en cañas de 4 a 4,50 m de largo, reeles frontales o del tipo huevito cargados con hilo multifilamento de 0,18 mm o nylon monofilamento de 0,28 mm. El tema reeles es a gusto personal; si preguntan por el mío, sin dudas prefiero uno frontal tamaño 4000.
Líneas y boyas El largo de las líneas a utilizar va en conveniencia con el largo de la caña, para poder manejarlas cómodamente. Si preguntamos por boyas, podríamos enumerar, entre otras, Criterio N° 30 (1), 20 (0), 26 (0) o Cribal 205 (1), 215 (0) o 219 (2). Anzuelos, los típicos de pejerrey ejemplificados en la línea 1687 de Mustad.
Respecto de esto último, se arman con un microesmerillón al final, para poder colocarle un cuarto anzuelo por medio de una brazolada con una boyita esférica de 15 mm o bien un palito pescador que consta de una o dos brazoladas. Las carnadas ideales son la mojarra viva o salada, filet de dientudo fresco o coloreado, y algunas veces rinden también las isocas y las coluditas.
La zona del Río de la Plata es muy amplia para enumerar un pesquero en particular, pero si decimos Playa Honda vamos a estar pescando en el centro del río, con una profundidad de aproximadamente 3 m. Obviamente podemos nombrar otros sitios tradicionales como los barcos hundidos Di Tomaso, Cientofante y Sofía; el Cementerio de los Barcos, la boya Unen 10, la Depresión del Palo 4, La Raja, El Cangrejo, El Refulado, etc.
Mucho de lo que hay que tener en cuenta para llegar a cada uno de los puntos enumerados es el tema del viento. Sabemos que cuando sopla mucho se producen olas importantes y quizás estemos medio incómodos al momento de la navegación y la pesca. Un lugar que puede cubrirnos de vientos fuertes es la zona de La Oyita, en Punta Morán; tenerla en cuenta.
Equipo de primera La primera salida la armamos con mi amigo Mauro Bittolo, quien oficia las veces de guía y con quien hace muchos años pasamos recorriendo los puntos más recónditos del río, viendo las variables que se van sucediendo en casi todo su delta y río abierto en general. Nos acompañó Adolfo Alvarado, abogado de profesión pero un entusiasta pescador que sigue mucho los viajes de nuestro amigo guía.
Nos encontramos muy tempranito por la mañana en una guardería de Tigre, pero la niebla nos estaba jugando una mala pasada: no se veía nada de nada. Cargamos las cosas en la embarcación y, siguiendo nuestros conocimientos y ayudados por el GPS, nos fuimos acercando a marcha lenta hacia la desembocadura del río Luján con el Río de la Plata.
Decidimos en conjunto no alejarnos mucho y pescar apenas pasando el canal Emilio Mitre, en los bordes del refulado. Cortamos el motor, acomodamos la lancha y, arrojando el ancla de capa al agua, fuimos corrigiendo la velocidad de la deriva. Detrás de este procedimiento colocamos un gotero con aceite de pescado y de esa manera formaríamos la calle de ceba.Nos pusimos a armar nuestros equipos y cada uno eligió su línea de preferencia, predominndo los colores verde limón liso y naranja combinado con negro. Las brazoladas, todas cortitas, entre 10 y 20 cm de profundidad, encarnadas con mojarra viva y, en algunos casos, rematadas con un filet de dientudo.
Líneas al agua y a esperar. No pasó mucho tiempo. Enseguida la boya del medio en la línea de Mauro comenzó a moverse de costado, cañazo y arriba el primero, lindo, unos 40 cm de largo. La embarcación se alejaba de las líneas y costaba divisarlas, pero es común dejar avanzar el aparejo y a veces tantear el multi del reel apoyando el dedo índice en el carretel. ¿Quién no lo hace? Así se fueron dando varios piques y algunos muy buenos, pejerreyes entre 45 y 55 cm.
En busca de otros sectores El día se iba aclarando y nosotros fuimos avanzando hacia otros sectores, como el de El Arbolito. Encarnamos nuevamente los aparejos y a unos 40 m veo un movimiento raro debajo de la línea. Me pongo alerta. La última boya sólo se mueve en el lugar girando sobre sí misma. Cierro el pick up y una explosión de agua me advirtió que se trataba de un pejerrey enorme. Muy despacio lo acerqué y, con la maestría de los que saben, Mauro subió a bordo con el copo un matungo bien gordo, más de 1,200 kg calculamos; no lo pesamos.
Fueron varios los pescados de este tamaño, tal es así que pudimos hacer la foto del ramillete de pejerreyes. El viento comenzó a soplar más fuerte, el día ya estaba hecho, así que decidimos volver y completar la nota con otra salida.
Un par de jornadas después, pero con la compañía de Luis Yañez y un día un poco más luminoso, volvimos a navegar por el más ancho del mundo. Esta vez elegimos viajar más al sur, pasando el canal que utilizan los barcos de Buquebus para cruzar al país vecino, Uruguay.
Todo el mismo procedimiento: líneas al agua y esperar el pique. Comenzamos con varias capturas de pejerreyes chicos, algunos no superaban la medida de 25 cm a 28 cm. No era lo que buscábamos, pero teníamos buena actividad.
Pleamar o bajamar La marea estaba parada, y no es buena para ningún tipo de pesca. Una vez que se cumplieron los tiempos, comenzó a crecer, la lancha empezó a garetear de mejor manera y los piques de pejerreyes grandes empezaron a darnos la alegría que esperábamos.
Al usar brazoladas tan cortas, muchas veces veíamos al pez acercarse al aparejo, algo que causa mucha adrenalina y nos hace dudar sobre el momento de la clavada. Chichi Yañez, de repente, tiene un pique poco común para la especie. Se le hunde la primera boya y no salía a flote. “Un pati”, dijimos todos. Pero no. Cuando clavó se produjo el clásico espumón blando en superficie que indicaba la presencia de un matungazo, y así fue. Después le tocó a Mauro una situación parecida. Se vio un movimiento, las boyas medio inmóviles, hasta que una se hunde pero se ve el desplazamiento lateral. Cañazo certero y un tremendo flecha de plata que acercamos al cajón de los pescados.
En la redacción de la revista siempre hay plazos de entrega del material de las notas y por tal motivo tuvimos que regresar temprano a la guardería. Mis amigos querían conseguir Wi-Fi en el medio de la nada, pero no era posible, así que a marcha prudencial volvimos al muelle y pudimos entregar todo a tiempo para que los lectores sepan nuevamente que en el Río de la Plata podemos conseguir capturas de pejerreyes que superan los 1,500 kg de peso, sin dudas.
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