Hay lugares que uno cree conocer de memoria. Labardén es uno de ellos. Después de más de dos décadas recorriendo sus caminos, bajos y potreros gracias a la generosidad de Juan Aguirre y su esposa Betty, parecería que ya no quedan secretos por descubrir. Sin embargo, el campo tiene una habilidad extraordinaria para recordarle al cazador que ninguna jornada se parece a la anterior.
Esta vez fueron dos mañanas consecutivas, dos amigos y una misma pasión. Daniel Callisto con su inseparable Perazzi; y quien firma estas líneas con una confiable Franchi, ambas calibre 12/70. Nos acompañaban Alice y Mía, dos bretonas experimentadas que conocen el oficio mejor que muchos humanos, y una carga de cartuchos italianos de 28 g que esperaba su oportunidad.
Primera jornada El amanecer del sábado apareció detrás de un cielo cerrado, de esos que anuncian lluvia desde antes del amanecer. Las nubes bajas cubrían el horizonte y el pronóstico no dejaba demasiado margen para el optimismo. Aún así, el agua decidió esperar y nos regaló varias horas de recorrido.
Las perdices estaban. Había cantidad. Pero también estaban nerviosas. Desde los primeros lances quedó claro que no sería una jornada sencilla. Las aves caminaban mucho, se desplazaban constantemente y rara vez permitían que las perras completaran el trabajo como corresponde.
Alice y Mía hicieron un esfuerzo enorme. Detectaban la emanación, avanzaban con cautela y quedaban inmóviles en una muestra impecable. Pero antes de que pudiéramos acercarnos, la perdiz rompía el monte y emprendía vuelo. Una y otra vez.
Fue una cacería exigente, de esas que obligan a caminar más de la cuenta y a aceptar que cada pieza se gana con paciencia. El cielo finalmente cumplió su amenaza cerca del mediodía. La lluvia cayó con decisión y obligó a interrumpir la salida. Regresábamos conformes, aunque con esa sensación que dejan las jornadas difíciles, cuando ocurrió algo inesperado.
Mientras acomodábamos los equipos al costado del camino apareció una camioneta. El conductor disminuyó la velocidad, saludó con cordialidad y preguntó cómo había resultado la jornada. Le contamos la verdad. Había perdices, pero estaban demasiado caminadoras y no permitían que las perras trabajaran cómodamente.
El hombre siguió unos metros y pareció marcharse. Sin embargo, frenó, puso marcha atrás y volvió hasta donde estábamos.
—¿Por qué no van a mi campo? –propuso señalando hacia el otro lado del camino–. Tengo unos maizales y hay muchas perdices.
Se presentó como Emanuel, uno de los propietarios. El gesto merece destacarse. En tiempos donde el acceso a los campos suele ser cada vez más difícil, todavía existen personas que sostienen los valores tradicionales del Interior: la confianza, la palabra y la hospitalidad.
Aceptamos la invitación y cruzamos para conocer el lugar. Lo que encontramos fue sorprendente. Entre los cuadros agrícolas aparecieron indicios claros de una enorme concentración de aves. Todo parecía señalar que habíamos encontrado un verdadero dormidero de perdices.
La lluvia ya caía con firmeza cuando regresamos a la casa. Pero esa noche nos fuimos a dormir con una certeza: el domingo prometía algo distinto. La mañana siguiente amaneció completamente transformada.
Una helada intensa cubría el paisaje. El termómetro apenas superaba 1 °C y la sensación térmica descendía varios grados más. El vehículo apareció envuelto en una capa de hielo y las puertas se resistieron durante horas. No hubo apuro posible.
Recién avanzada la mañana el sol comenzó a imponerse sobre la escarcha. Entonces volvimos al campo de Emanuel. Las perdices seguían allí, incluso en mayor cantidad que el día anterior. Pero ahora aceptaban la muestra. Las bretonas pudieron desarrollar todo su potencial. Marcaban con firmeza, esperaban la llegada pausada de los cazadores y recién entonces las aves levantaban vuelo. Eran esos lances que justifican madrugones, kilómetros y cansancio acumulado.
La lección Dos días. La misma región. Apenas 24 horas de diferencia. Resultados completamente distintos. Quizás allí aparezca una de las grandes enseñanzas de la caza menor. La naturaleza nunca ofrece garantías. Lo que hoy parece imposible puede transformarse mañana. Y muchas veces la diferencia está en seguir intentando.
Pero Labardén también dejó otra reflexión. Los cazadores solemos dedicar mucho tiempo al estado de las armas, la calidad de los cartuchos o el entrenamiento de los perros. Revisamos cada detalle del equipo antes de salir al campo. Sin embargo, pocas veces prestamos la misma atención a nuestro propio estado físico.
Caminar detrás de las perdices exige más de lo que muchos imaginan. Los alambrados parecen más altos cuando aparece el cansancio. Los bajos se vuelven interminables. Cada kilómetro pesa. En esta oportunidad la experiencia fue diferente. Haber bajado 14 kilos modificó por completo la jornada. El paso resultó más liviano, la recuperación fue más rápida y esos obstáculos que antes obligaban a detenerse dejaron de representar una dificultad importante.
El sábado fue de perseverancia bajo un cielo amenazante y perdices esquivas. El domingo regaló escarcha, muestras perfectas y vuelos francos sobre los campos iluminados por el sol del invierno. Y la certeza de que mientras exista un perro inmóvil señalando una emanación y una perdiz rompiendo el silencio delante del cazador, siempre habrá una nueva historia esperando ser contada.
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