Va terminando el receso político iniciado el pasado 7 de junio, cuando el electorado acudió a las urnas. Con los nuevos Ejecutivo y Legislativo instalados, deberíamos entrar a la segunda mitad política del año, que viene más cargada de lo que podría pensarse.
Va terminando el receso político iniciado el pasado 7 de junio, cuando el electorado acudió a las urnas. Con los nuevos Ejecutivo y Legislativo instalados, deberíamos entrar a la segunda mitad política del año, que viene más cargada de lo que podría pensarse.
La intensidad de la campaña electoral, entre enero y junio, parecía proyectar una segunda mitad algo más calmada. Así, las nuevas autoridades se concentrarían en atender necesidades urgentes, antes de distraerse con los vaivenes políticos. Sin embargo, no será así.
Por lo pronto, es importante recordar de dónde venimos: una década perdida, un severo deterioro del capital político en toda la extensión del término, presidencias breves y dependientes del Legislativo, burocracias débiles y proclives al favor político, actores políticos indolentes o distraídos por usufructuar del poder o por defensores de embestidas judiciales, justificadas o no. Ciertamente, hay excepciones, pero son las menos.
Así, no sorprende que el reciente proceso electoral haya sido normado, mayormente, por reglas que carecían de sentido. Tampoco lo fue que las autoridades electorales encontraran salidas a sus propios estropicios con respuestas que empeoraron la situación, como la denuncia penal presentada en la misma jornada de la primera vuelta o, recientemente, con la decisión que liberó a Rafael López Aliaga de asumir una responsabilidad a la que postuló voluntariamente.
Finalmente, y para rizar el rizo, los resultados del balotaje tuvieron que esperar varias lunas hasta ser confirmados. Así, mientras un candidato se proclamaba victorioso, muchas personas, con habilidades numéricas, proporcionaban información procurando brindar claridad a quienes debían transmitirla.
Dejando todo esto atrás y aprovechando este breve receso, la presidenta electa, Keiko Fujimori, ha sostenido numerosas reuniones que le permitieron perfilar un Gabinete. Sí llama la atención el marcado hermetismo que caracteriza esta diligencia. No obstante, esto no ha impedido identificar a alguno de sus integrantes.
En algunos frentes, la identidad de los presuntos convocados ha prolongado el alivio que significó la elección de Fujimori. Frente al difícil pasado reciente, el optimismo parece justificado.
Pero los desafíos son particularmente exigentes. Si como sabemos, la horrible experiencia del nuevo Ejecutivo proviene de los ámbitos congresales, el partido de gobierno tendrá que aprender a pedir ayuda, algo que ya se ve en los refuerzos convocados, o aprender del ensayo-error, lo que podría tomarle varios meses en una coyuntura por demás adversario.
En todo caso, la única certeza es que el país deberá afrontar una serie de retos en diversas áreas: economía, seguridad, clima, geopolítica, etc., y que de poco servirá esa prospectiva pendular que ve el futuro inmediato entre el retorno al autoritarismo y al copamiento institucional, y la reedición de un trunco “gobierno de lujo”. En todo caso, necesitamos que el hermetismo de hoy se traduzca en resultados mañana.