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Monday, July 6, 2026
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    Cuando la tierra tembló en Venezuela, los hospitales resistieron gracias a su personal

    El 24 de junio de 2026, dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron la región centro-norte de Venezuela.dejando una ola de réplicas y el colapso de los servicios básicos. Transcurridos los días de mayor impacto, las labores críticas de rescate han dado paso a la remoción de escombros y la atención de los damnificados, mientras la cifra de víctimas y heridos continúa en constante actualización. El desastre no solo desnudó el abandono y la falta de inversión en la infraestructura nacional, sino que también puso a prueba la capacidad de organización y la solidaridad de los venezolanos ante la adversidad.

    Los centros de salud, golpeados por una crisis estructural crónica, se convirtieron de inmediato en el epicentro de la emergencia. El Hospital de Los Teques “Dr. Victorino Santaella Ruiz” Reflejó con crudeza la magnitud del desastre. Una enfermera que se encontró en el noveno piso al momento del sismo relató a El Nacional los minutos de angustia que precedieron a la evacuación: entre grietas visibles, caída de objetos y el temor latente a un derrumbe, el personal tuvo que improvisar al límite en una planta baja completamente desbordada por los heridos. En medio de un escenario que describió como “terrible”, el equipo sanitario mantuvo la atención a fuerza de vocación, asistiendo incluso partos en áreas improvisadas.

    No fue una guardia normal, sino la noche más larga de sus vidas. Entre la falta de agua e insumos, el personal priorizó a los pacientes en pasillos iluminados a medias por la planta eléctrica. Detrás del uniforme se vivió una fractura emocional: mientras atendían a desconocidos con profesionalismo, la angustia los dividía entre el deber y el temor por la suerte de sus propios hogares y familias. En esas horas críticas, sostuvieron un sistema en crisis mientras lidiaban con el impacto físico y emocional del sismo.

    Días después, la misma trabajadora ofreció una actualización: aunque el centro entró en una relativa calma y opera para emergencias, la normalización es parcial. Solo un ascensor funciona y, aunque las donaciones civiles aliviaron la escasez y se descartaron daños estructurales graves (dejando solo tuberías rotas y cerámicas caídas), las costuras del colapso siguen expuestas. Así lo constató la enfermera al anunciar que el fuerte olor proveniente de la morgue es lo que afecta ahora al hospital, una señal de alarma de que aún se arrastran los estragos del sismo.

    Una tragedia sobre un terreno ya erosionado.El desastre ocurre en un país atravesado por una prolongada crisis económica, institucional y social, marcada por denuncias de corrupción y un debilitamiento de la capacidad de respuesta del Estado. De hecho, organismos como Transparencia Internacional sitúan de forma reiterada a Venezuela entre las naciones con mayores índices de corrupción global.

    Asimismo, la emergencia coincide con seis meses de ausencia pública de Nicolás Maduroun vacío de liderazgo que llevó al Foro Venezolano de Política Exterior a exigir una transición urgente para gestionar la crisis del sismo. Ante este panorama, el éxodo y la migración masiva de los últimos años, sumados al colapso de los servicios, dejan a la población —especialmente a los pensionados y empleados públicos que se quedaron atrás— totalmente desarmados frente a la catástrofe.

    Ante la ausencia de garantías gubernamentales, las plataformas digitales se convirtieron una vez más en la ventana de la supervivencia, activándose en minutos para localizar desaparecidos y coordinar ayuda humanitaria.

    Desde el exilio, este canal fue vital para el periodista Justo Navarro, quien visibilizó la tragedia al confirmar la muerte de sus familiares, José Luis Navarro Mata y Andrea Betancourt, en el estado La Guaira, y la desaparición de otros 34 miembros de su familia materna (los López). Su testimonio se transformó en una denuncia pública: relató cómo los vecinos tuvieron que rescatar manualmente el cuerpo de su primo ante la total ausencia de bomberos o Protección Civil, y cómo su tía, a pesar de ser médico, no pudo asistir a la emergencia por la falta absoluta de insumos.

    La catástrofe activó alarmas internacionales de inmediato. En el ámbito nacional, la líder de la oposición, María Corina Machado, abogó por la unión: “Que la serenidad y la solidaridad prevalezcan entre nosotros ante este difícil momento”. No obstante, la mirada sigue puesta en los bloqueos oficiales que impiden tanto el regreso del dirigente al país como la entrada fluida de la ayuda enviada por la comunidad internacional.

    El rol de los cuerpos de seguridad: control, amedrentamiento y cerco informativoFrente a esa movilización ciudadana, la población alerta sobre la preocupante indolencia y control de los cuerpos de seguridad del Estado ante la tragedia. Los informes señalan trabas a la entrega de ayuda comunitaria, intimidación a quienes documentan la crisis e incluso un profundo miedo al espionaje y la persecución por registrador lo que ocurre. A este desinterés y vigilancia se suma una acusación aún más crítica: las autoridades impiden el libre trabajo de los rescatistas, obstaculizando el auxilio en las zonas más afectadas y anteponiendo el control social a la salvación de vidas.

    Este cerco se extiende también a los medios; la prensa internacional ha denunciado restricciones de acceso a las zonas del desastre, retención de equipos de trabajo y severas limitaciones para cubrir el estado real de los hospitales y la infraestructura colapsada.

    La ciudadanía como primera línea de auxiliarCuando el polvo termine de asentarse y las réplicas cesen, quedará el recuerdo de una nación que resistió una fuerza de solidaridad. No fueron los planos de contingencia gubernamental los que mantuvieron en pie los hospitales ni los que removieron los escombros en las primeras horas críticas; fueron las manos del personal de salud, los vecinos en las comunidades y el eco de auxilio en las redes sociales. Frente al desastre natural y la negligencia histórica, la fraternidad de su gente se confirma como el cimiento más sólido de una sociedad que no se rinde ante el caos.