El pueblo de El Junquito es uno de los que sintió con mayor impacto la fuerza del terremoto del pasado 24 de junio. Se trata de una población que, luego de más de 48 horas del desastre natural, aún no logra iniciar los trabajos de remoción de escombros de las tres edificaciones —por ahora— que colapsaron.
Ya sea que se suba desde La Yaguara o desde la carretera nueva, intentar llegar a El Junquito es ver una caravana que parece ilimitada de personas que acuden al sitio con diversos insumos para tratar de apoyar a una zona que no ha estado en la mira de la gente, al menos no como La Guaira, Altamira o San Bernardino.
La entrada al pueblo está totalmente cerrada para vehículos, esto para no permitir que el paso de los mismos afecte aún más las estructuras que, aunque no se derrumban, quedaron sumamente afectadas por colapsos cercanos.
La presencia del gobierno es tímida, por decirlo de alguna forma. Un par de militares controlan el tráfico (cerrado) a la entrada del pueblo, y otros más lo recorren a pie junto con efectivos policiales para vigilar el orden público. La mayor presencia es la de miembros de Protección Civil y bomberos de Macarao: los primeros analizando las edificaciones colapsadas y los segundos atendiendo personas en su sede, que es el punto de acopio central del pueblo. En todo el despliegue no se observaron ambulancias ni médico personal, y tampoco se apreció ninguna figura de autoridad que diera la impresión de coordinación entre los funcionarios presentes. En total, entre todos los funcionarios, no se contabilizaron más de 30 para la tarde del jueves.
En el pueblo, al menos tres edificaciones colapsaron. Foto: Tairy Gamboa“¿Ahora dónde vivimos?”En cualquier tragedia, las personas suelen volverse números y cifras, pero detrás de cada estadística hay una historia real, como fue el caso de Onyegsi Oyola, una madre de dos hijos que comenzó el miércoles 24 de junio en su hogar en El Junquito.
El suyo era uno de los 10 apartamentos de un edificio cuyos dueños reales están en España. Ella se encargaba de cuidar los que estaban vacíos; el resto eran habitados por trabajadores del pueblo.
“Era un día feriado, así que solo estaba yo con mis dos hijos (9 y 15 años) descansando. Estaba buscando unas cosas que los dueños querían que les mandara para España”, explicó Oyola, quien agregó que, al ser un día feriado, el resto de los residentes había ido a trabajar a sus locales. En pueblos turísticos como El Junquito, un día libre como el feriado de la Batalla de Carabobo significa la posibilidad de visitantes de Caracas y, por ende, trabajo.
El edificio donde vivía Onyegsi Oyola contaba con 10 apartamentos. Su derrumbe no dejó ninguna víctima. Foto: Tairy GamboaMientras estaba buscando las cosas, el terremoto golpeó. El edificio se empezó a resentir. Onyegsi y sus dos hijos lograron salir sanos y salvos, pero perdieron al mismo tiempo su fuente de ingreso económico y el lugar en el que vivían. Dos días después, su situación de precariedad es la misma.
“¿Ahora dónde vivimos? No tenemos nada”, se preguntó Oyola mientras narraba que necesitaba colchones para que ella y sus hijos pudieran dormir cómodos. Dijo que los vecinos han apoyado con comida, pero que el Estado no ha aparecido para ofrecerle ayuda.
No todos los edificios colapsaron, pero algunos quedaron habitables. Foto: Tairy GamboaSu situación es peor aún por lo ocurrido con el resto de su familia. Ella cuenta con la posibilidad de estar temporalmente en casa de su madre o de su hermana, pero el resto de su familia también está damnificada: varios familiares que vivían en el pueblo de Carayaca también perdieron sus viviendas. “Inclusive uno de mis familiares falleció”, narró.
Pese a todo, la tragedia de Onyegsi Oyola pudo ser peor. A menos de 20 metros de donde estaba su casa, había una panadería que estaba repleta de gente al momento del sismo. Ese edificio colapsó y se trajo parte de otro. De ese establecimiento se sacaron cuatro víctimas mortales y los residentes creen que quizás pueda haber más. Después de 48 horas del terremoto, las labores para remover los escombros apenas comienzan en la panadería. Solo una pequeña máquina excavadora está en el sitio.
Algunos residentes creen que en los escombros de la panadería podría haber otro cuerpo. Foto: Tairy GamboaCaravana de solidaridadEl mayor contraste posible a la casi ausencia del Estado venezolano en El Junquito es la presencia masiva de extraños que desde varios rincones de Caracas han llegado todos los días en motos, autos y camiones para llevar comida, medicinas, agua y ropa.
Muchos de ellos pasan horas en una sola fila para poder entrar al pueblo, descargar los insumos en la estación de bomberos que funge como sede de acopio central y retirarse.
El estacionamiento de la estación de bomberos es el centro de acopio central. Foto: Tairy GamboaEn ocasiones, y ante la poca organización, los camiones se detienen a mitad de camino y ahí mismo empiezan a repartir los insumos a los habitantes. Pañales, ropa para niños y productos de higiene femenina son lo que más pide la gente que, entre empujones y sin que ningún funcionario coordine, se acerca a recibir lo que otros traen.
Mientras que algunos reciben las cosas con la tranquilidad de que eso les aliviará la realidad una noche más, la incertidumbre de El Junquito se mantiene ahí, aquella que mencionó un miliciano que trataba de organizar la llegada de vehículos a la sede de los bomberos: “Este era un pueblo turístico, ahora no sé”.
Voluntarios entregando comida y ropa desde la parte de atrás de un camión. Foto: Tairy Gamboa