La basura no aparece sola. Llega. Siempre llega desde algún lado. Y en el Delta del Paraná, ese “algún lado” es múltiple: islas habitadas, ciudades cercanas, embarcaciones en tránsito. El resultado es el mismo: residuos que se acumulan, flotan, se hunden y vuelven a emerger como una postal incómoda de un paisaje que debería ser otro.
El Delta sufre por una suma de factores. Por un lado, no todos los habitantes isleños gestionan adecuadamente sus residuos. Por otro, desde la ciudad también se aporta lo suyo: basura arrojada en costas o cursos de agua que, con cada crecida, termina viajando río adentro. Las mareas hacen el resto: barren orillas y arrastran todo lo que encuentran.
En la Primera Sección del Delta existe un sistema de recolección domiciliaria. Lanchas especialmente destinadas recorren ríos, arroyos y canales siguiendo circuitos establecidos. Los residuos –orgánicos e inorgánicos– se dejan en muelles o colgados de postes, a la espera de ser retirados. Luego, son trasladados hasta Rincón de Milberg, donde se transfieren a camiones que los llevan al CEAMSE. Para generadores mayores, como paradores o restaurantes, se utilizan embarcaciones de mayor porte.
Funciona, pero no alcanza El problema crece con cada visitante que no se lleva lo que trae. Navegantes deportivos –en lanchas, veleros, kayaks o botes– forman parte del paisaje, pero también del impacto. La regla es simple y rara vez se cumple del todo: lo que sube a bordo, vuelve a tierra. Bolsas de residuos a bordo y descarga en contenedores de marinas o guarderías. No hay mucho más misterio.
Existe, además, otra contaminación menos visible pero más agresiva: fluidos, aceites, combustibles. Cargas mal hechas, mantenimientos descuidados o directamente malas prácticas que terminan en el agua. El aceite de motor o de pata no se tira al río; se recupera y se dispone en tanques específicos para su tratamiento. Parece obvio, pero no siempre lo es.
Peligros bajo la superficie La basura no sólo contamina: también rompe. Bolsas de nylon flotando –a veces invisibles– pueden ser absorbidas por las tomas de agua o enredarse en las hélices. El resultado va desde una pérdida de rendimiento hasta una avería seria. Las fibras plásticas, casi imperceptibles, se meten entre hélice y buje y terminan provocando fallas por falta de lubricación. Botellas de vidrio a medio hundir pueden golpear el casco. Y los residuos químicos, si ingresan en los circuitos de refrigeración, aceleran la corrosión de los motores. No es teoría: pasa.
Bajar al agua, pero con cuidado En zonas bajas o bancos de arena, donde muchos desembarcan, el riesgo es otro. Vidrios, metales, anzuelos. Restos que no se ven hasta que cortan. El consejo es básico: calzado adecuado. Zapatillas náuticas o cualquier protección que evite una lesión.
En barrios náuticos, la lógica es defensiva. Una única entrada, generalmente protegida con barreras para evitar que la basura flotante ingrese. Funciona, hasta cierto punto. Una vez adentro, la corriente distribuye los residuos y la limpieza se vuelve compleja. En marinas y guarderías, el escenario es distinto: el tránsito constante de embarcaciones impide colocar barreras. Ahí, la prevención depende más del comportamiento individual que de la infraestructura.
En Tigre, zona de alta densidad turística, hay sistemas activos de recolección en el agua: embarcaciones con palas que juntan residuos flotantes y los descargan en tierra para su disposición final. Es una solución localizada. El problema, no. La basura en el Delta no es un misterio ecológico. Es una consecuencia directa. Se genera en tierra o en el agua, pero siempre por acción humana. Y si bien es imposible no producir residuos, sí es perfectamente posible no dispersarlos.
Hay una lógica simple, casi incómoda: lo limpio invita a mantene se limpio; lo sucio, a empeorar. El Delta hoy oscila entre ambos estados. La diferencia no la va a hacer una lancha recolectora más o menos. La va a hacer cada decisión, incluso la más chica. O, dicho sin épica: el río no ensucia. Devuelve.
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