En nuestra columna del 7 de marzo pasado (https://www.elnacional.com/2026/03/vivimos-un-cambio-de-epoca/) afirmamos que el mundo está atravesando un cambio de época más o menos similar al ocurrido cuando la invención de la imprenta, la Revolución Industrial o la aparición de Internet. Al postular esa idea la enfocamos en la visión del “choque de civilizaciones” descrita por el profesor Samuel Huntington en su célebre ensayo de 1993, en alusión a la realidad que nos muestra la civilización occidental a la cual pertenecemos por un lado y por el otro lado la del mundo asiático, no cristiano, cuya cantidad de habitantes iguala o supera a la que nosotros pertenecemos.
Hoy es entre esos dos mundos donde se están originando las mayores tensiones que inquietan a nuestro planeta.
Paralelamente, existe otro “choque” siendo éste entre el mundo del Norte y el del Sur en el cual el primero ha alcanzado muy altos niveles de desarrollo y bienestar, mientras el Sur concentra a los países que aún exhiben niveles inaceptables de pobreza y carencias que, a su vez, generan grietas acordes con las necesidades de esos pueblos (África, América Latina, etc.). Estas tensiones no se alimentan de matrices religiosas, sino en la desigualdad económica.
Pero en la actualidad, a partir de la presente gestión presidencial del señor Trump, se ha ido instalando otra brecha que en este caso no es civilizatoria ni económica, sino que se viene gestando entre países que a grandes rasgos comparten la religión cristiana en sus diversas denominaciones la raza blanca y que por sobre todo comparten el conjunto de valores comunes tales como el amor a la libertad, el deseo de vivir en democracia, el respeto por los derechos humanos, los valores familiares y otras características que configuran una identidad e integración entre Europa y las Américas, que juntos sumamos. 20% de la población mundial.
Pues bien, después de ochenta años de concluida, la Segunda Guerra Mundial tradujo en una “paz americana” en la cual la decisiva ayuda prestada por Estados Unidos, a través del Plan Marshall no solo permitió la reconstrucción de Europa, sino también el fortalecimiento de su fe democrática. Ello nos permite afirmar que Occidente es quizás uno de los polos más homogéneos del poder mundial.
Cuando todo había funcionado bastante bien en ambos lados del océano Atlántico entre quienes habían combatido y triunfado juntos en la preservación de esos valores comunes, es ahora cuando nuevas e importantes diferencias parecen redibujar el mapa geopolítico,
En efecto, la invasión de Rusia a Ucrania trajo como consecuencia la necesidad o conveniencia de acudir a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) para asegurar la defensa colectiva ante la ambición expansionista de Rusia y es allí donde se pone de aliviar la fisura que se había venido asomando por varios años.
Ante la agresión rusa se desata el temor de que ella se extienda a los países miembros de la organización y todos invocan la obligación norteamericana de acudir en su defensa tal como lo mandan los tratados internacionales vigentes al efecto.
Pero es allí cuando Estados Unidos bajo la administración Trump, consciente de que el presupuesto de la OTAN se nutre en forma desproporcionada del aporte norteamericano, adelanta la idea de cambiar el porcentaje de las contribuciones elevándolas del 2% anual existente al 5% planteándose las siguientes consideraciones:
A.- Estados Unidos ha pagado en demasía para que sus socios alcancen un nivel de prosperidad que otorga a sus ciudadanos generosos beneficios sociales que hasta superan los de la misma nación norteamericana.
B.- Siendo así, resulta razonable pensar que Europa debe contribuir una mayor proporción para solventar no solo la organización sino también la estructura y costo de la defensa militar de sus miembros. Con mayor o menor entusiasmo, varios cumplen con el aumento pero otros gobiernos como el de Sánchez en España -que viven una delicada inestabilidad política- expresan su negativa para así obtener rentabilidad política/electoral interna.
C.- Producida la acción militar contra Irán, Estados Unidos también reclama a sus socios la participación económica y militar debida obteniendo muy tibia aceptación a su petición.
D-. El conflicto con Irán resulta en el cierre del estrecho de Ormuz, con lo que queda afectado el tráfico del 20% del petróleo que se mueve en el mundo y que alimenta. entre otros, las necesidades energéticas de China, India y todo el sudeste asiático.
E.- Estados Unidos solicita a la OTAN su cooperación naval para reabrir el estrecho y Europa la niega bajo la premisa de que “esa no es su guerra”.
F.- Estados Unidos resuelve bloquear la entrada del estrecho desde el lado de afuera (océano Índico) para impedir la salida del petróleo iraní y así asfixiar su economía. Para ello solicitar cooperación naval, la cual tampoco se hace efectiva.
G.- El resultado es que los precios del petróleo y el gas se incrementan exageradamente y alcanzan el bolsillo de los ciudadanos tanto norteamericanos como europeos y asiáticos. Se estima que esta situación no puede persistir sino por pocas semanas, pues amenaza una crisis energética mundial.
H.- Entretanto, en Estados Unidos el apoyo popular a la acción militar disminuye día a día a medida que el público toma conciencia del gasto que ello implica, lo cual provoca en los sectores políticos internos especulación acerca de los resultados que puedan tener las elecciones parlamentarias de medio término que tendrán lugar en noviembre de este mismo año, cuyo resultado, si no favoreciera al oficialismo republicano, implicaría el peligro de perder el control de una o ambas Cámaras del Congreso, lo que pondría en peligro la gestión Trump en los dos años que aún le quedan para finalizar su mandato.
En resumen, estamos viviendo un tiempo en que la lucha contra nuestros enemigos también se ve condicionada por las divergencias entre nuestros propios “amigos”.
Por eso es que seguimos predicando que estamos viviendo un cambio de época,
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