“En nuestro país —sin descartar que esto sea un mal universal— los ‘curadores’ espontáneos se han convertido en una plaga. No es raro escuchar, en infinidad de ‘no lugares’ urbanos donde se acumulan de forma improvisada obras de baja calidad, la consabida tontería: ‘la selección de las obras la hice yo; soy el curador’. Una aseveración que conviene poner bajo sospecha”
Por HUMBERTO VALDIVIESO
Un libro es espacio y tiempo, infinitos como el universo. Su tema central suele ser un portal que, según nuestro interés y experiencia de vida, nos conduce a lugares desconocidos para otros lectores. Ignoramos, por supuesto, el destino de esos que también han transitado las mismas páginas. Es gracias a las Múltiples lecturas que el debate se hace posible. La multiplicidad genera la condición necesaria para estar felizmente en desacuerdo con las perspectivas ajenas y, desde luego, con el propio autor. Cuanto mayor sea la riqueza conceptual de un texto, más desencuentros provocará, sobre todo cuando el escritor posee una voz firme, culta y nada concesiva como la de Beatriz Sogbe.
Tras la obra maestrapublicado por abediciones UCAB, es uno de esos textos que promueven la reflexión y el debate. Lo hace a través de un trayecto particular que cruza el universo del coleccionismo desde las culturas antiguas hasta nuestros días. Encontramos en sus disquisiciones una erudición y sagacidad crítica que nos mantienen alerta. Esto fue lo que me atrapó desde el principio: la escritora recorre la historia del arte haciendo hincapié en el detalle y ofreciendo referencias sólidas, pero sin abandonar la sospecha. Como ella misma afirma: “También los críticos se equivocan, pero de lo que se trata es de afirmar que la confrontación de todo tipo de ideas es importante para la cultura”.
El capítulo 18 despertó en mí un interés especial. Su contenido contiene un mensaje indispensable para quienes amamos el arte. Al llegar allí comprendí esa sensación de entusiasmo y urgencia que sentí desde el inicio, más allá del aprecio que tengo por Beatriz. Esto le otorgó un matiz particular a mi lectura. Las palabras iniciales de este apartado, referidas a los críticos de arte, me estremecieron: “Ser crítico de arte ya no tiene el brillo de antaño. Nos encontramos ante una pléyade de farsantes. Se denominan curadores sin tener la menor idea”.
En nuestro país —sin descartar que esto sea un mal universal— los “curadores” espontáneos se han convertido en una plaga. No es raro escuchar, en infinidad de “no lugares” urbanos donde se acumulan de forma improvisada obras de baja calidad, la consabida tontería: “la selección de las obras la hice yo; soy el curador”. Una aseveración que conviene poner bajo sospecha y empujar, sin miedo, al borde del tartamudeo. Porque la curaduría no es un ejercicio de autoafirmación sino de hallazgos. Se trata de una práctica profesional donde el ego debe quedar relegado. En realidad, las obras terminan seleccionándose a sí mismas y las narrativas donde se agrupan son forjadas en el diálogo con el artista.
Un curador es, ante todo, un investigador cuyo trabajo se sostiene en conocimientos acumulados, métodos definidos y largas horas de exploración en archivos. El problema surge cuando alguien, como señala nuestra autora, “por haber leído unos cuantos libros de arte y sentir que conoce más sobre el tema que sus vecinos, se autodenomina curador”. Con elegante firmeza, los argumentos de este capítulo definen el lugar de la curaduría y aclaran que, antes de asumir ese rol, es indispensable haber sido crítico. Esto supone años de estudio, visitas a talleres, análisis rigurosos de las obras y el riesgo de debatir públicamente las ideas a través de la escritura.
La labor del crítico de arte, como lo aclara este capítulo 18, no consiste solo en transitar la vereda de un conocimiento inalcanzable, sino en comprender el presente. No se trata de olvidar la tradición, sino de mantener una mirada cuestionadora, incluso hacia uno mismo. El crítico debe “permanentemente reconstruir el arte. En un eterno hacer y deshacer”. Esto significa arriesgarse a salir de sí mismo para inmiscuirse en los espacios y tiempos de las obras.
En este sentido es bueno recordar a Kandinsky quien, en su famoso libro. Punto y línea sobre el plano, afirma que existen dos modos de experimentar los fenómenos: el exterior y el interior. Podemos mirar a través de una ventana y percibir “el otro lado”, afectado por la inevitable distorsión del vidrio, esa barrera de engañosa transparencia. O bien, podemos salir del aislamiento y formar parte del “ser-de-afuera”. Con esto, el pintor apuntaba a la necesidad de una analítica sostenida en los elementos básicos del arte, entendiendo la obra como un objeto estético integral. La conciencia y la representación eran espacios aparte. Entonces, o miramos desde adentro o abrimos la puerta para vivir con “sentido pleno” el afuera.
La idea de este maestro fue fundamental para socavar la lejanía desde la cual el arte era tradicionalmente interpelado. Kandinsky hizo un llamado a participar en la obra, a ingresar en ella y vivirla sin los filtros que impiden la relación directa. Ese emplazamiento, que sin duda apela al riesgo, pude sentirlo de forma similar en la audacia que Beatriz le atribuye al verdadero crítico y curador. Para mí, Tras la obra maestra es una invitación a vivir ese “sentido pleno” en todos los aspectos del arte, ya sea que se actúe como coleccionista, artista, crítico o como un espectador conmovido ante una obra prodigiosa.