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Jairo Ovalle, pagó 7 años de penitencia porque su tía se mejoró después de una afección grave de salud. Suspendió la penitencia, pero la tía ha desmejorado y su penitencia volvió. Foto: Guillermo González/Kronos
03.04.2026 17:00 Actualizado: 03.04.2026 17:00
Cada Viernes Santo, desde hace más de dos siglos.el municipio de Santo Tomás, en el departamento del Atlántico, es escenario de una de las prácticas religiosas más singulares y debatidas del Caribe colombiano: la penitencia pública de hombres y mujeres que recorren varios kilómetros cumpliendo mandas asumidas por favores que atribuyen a la intervención divina.
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Se trata de una manifestación de religiosidad popular que combina autoflagelación, carga ritual de cruces y otras formas de sacrificio físico, y que se realiza. al margen de la liturgia oficial de la Iglesia Católicapero con fuerte arraigo comunitario y continuidad histórica.
Origen y permanencia de la tradición.La práctica de los penitentes de Santo Tomás tiene su origen en el siglo XVIII, cuando rituales penitenciales de raíz medieval europea se incorporan a los procesos de evangelización popular en el Caribe colombiano.
Pese a no ser promovida por la Iglesia Católica, la práctica se mantiene vigente. Foto:Guillermo González/Kronos
En Santo Tomás, la tradición se documenta desde 1773, y desde entonces ha persistido pese a intentos de prohibición, Cuestionamientos eclesiásticos y transformaciones sociales.
Hace aproximadamente 80 años, un sacerdote intentó erradicar la práctica en el municipio al considerarla incompatible con la doctrina católica contemporánea. La iniciativa fracasó. Los penitentes continuaron saliendo y la comunidad respaldó la continuidad del ritualque se mantuvo como una expresión autónoma de fe popular, fuera del control institucional de la Iglesia, pero tolerada en los hechos.
Algunos flagelantes caminan descalzos, con el torso desnudo, golpeándose la espalda. Foto:Guillermo González/Kronos
Actualmente, la Iglesia Católica no promueve ni acompaña oficialmente la práctica, y ha reiterado en distintos momentos que la penitencia cristiana no debe implicar daño físico. Sin embargo, Tampoco existe una prohibición activa ni intervención directa para impedirla.
La manda: fundamento de la penitenciaEl elemento central del ritual es la manda, una promesa formulada en una situación considerada crítica: enfermedades graves, accidentes severos u otros episodios percibidos como amenazas para la vida.
Le rocían alcohol sobre las heridas durante el recorrido. Foto:Guillermo González/Kronos
El penitente —o un familiar cercano— solicita ayuda divina y promete cumplir una penitencia específica si el favor es concedido. Cuando la persona mejora o sobrevive, la promesa se transforma en obligación asumida públicamente.
Las mandas pueden establecerse por periodos definidos —dos, tres, siete o diez años— o como compromisos de por vida, según lo prometido. En muchos casos, la obligación se extiende más allá del individuo y compromete a grupos familiares completos, que asumen distintas formas de penitencia simultáneamente.
Cada año participa entre 15 y 20 penitentes regulares. Foto:Guillermo González/Kronos
La penitencia se realiza a lo largo de un trayecto de entre dos y dos kilómetros y medio, que comienza en la Ciénaga de Las Palomas, una zona rural que conecta los municipios de Sabanagrande y Santo Tomás, y finaliza en un punto conocido como la Cruz Vieja.
La ruta continúa por la vía urbana conocida como la Calle de la Amarguradonde el ritual se vuelve visible para cientos de espectadores y convive con un ambiente de comercio informal.
Tipos de penitentesEn Santo Tomás se distinguen tres tipos principales de penitencia, cada una asociada a un nivel distinto de sacrificio físico.
1. Los flagelantes
Son quienes se autoflagelan durante todo el recorrido. Caminan descalzos, con el torso desnudo, golpeándose la espalda con ‘la disciplina’: una soga de cabuya rematada en tres borlas de cuero, diseñada para producir lesiones visibles.
Cecilia Fontalvo, su hermano tuvo un accidente y prometió la manda por 10 años para que mejorara. Foto:Guillermo González/Kronos
El flagelante no camina solo. A su lado va un acompañante encargado de verter alcohol sobre las heridas y de abrir las ampollas con cuchillas para que sangre en puntos específicos del trayecto —especialmente en cruces intermedias— para drenar la sangre acumulada.
Algunos flagelantes avanzan varios pasos, retroceden deliberadamente y luego continúan, siguiendo una secuencia ritual aprendida con el tiempo.
2. Los cargadores de la copa de la amargura
Cumplen la penitencia caminando con un brazo extendido e inmovilizado, atado a un listón de madera, sosteniendo una copa llena con la palma hacia arriba durante todo el recorrido.
Karen González, haciendo su último año de penitencia con la copa de la amargura. Foto:Guillermo González/Kronos
El esfuerzo se concentra en la inmovilidad prolongada, que genera dolor muscular intenso y pérdida de circulación. En Santo Tomás esta forma de penitencia ha sido asumida tanto por hombres como por mujeres.
3. Los nazarenos
Visten túnicas moradas y cargan cruces de madera, algunas de gran tamaño y peso considerable. El sacrificio se expresa en el esfuerzo sostenido.el agotación físico y la extensión del recorrido bajo el sol.
Los nazarenos ‘cargando su cruz’. Foto:Guillermo González/Kronos
Una tradición vigente y debatida.En el tramo urbano del recorrido, la penitencia convive con una actividad comercial intensa: venta de bebidas, comida, alcohol, gorras, sombrillas, alquiler de sillas, música y grabaciones con teléfonos móviles.
Sobre el acto han crecido múltiples actividades comerciales. Foto:Guillermo González/Kronos
Este entorno ha generado controversia y críticas, al introducir una dinámica de espectáculo y lucro alrededor de un ritual. Originalmente concebido como acto de sacrificio personal.
El contraste entre penitencia y consumo es uno de los puntos más cuestionados por sectores religiosos y académicos.
Asistentes alquilan sillas para ver a los penitentes. Foto:Guillermo González/Kronos
Pese a no ser reconocida ni promovida por la Iglesia Católica, la práctica de los penitentes de Santo Tomás se mantiene vigente por la persistencia de las mandas, la transmisión generacional y el respaldo comunitario.
Participante cada año entre 15 y 20 penitentes regulares, con la incorporación ocasional de nuevos participantes provenientes de otros municipios del Atlántico, Magdalena, Bolívar e incluso La Guajira.
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En ese marco, la tradición continúa, situada en una frontera compleja entre fe popular, patrimonio cultural, controversia ética y transformación social.
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En la localidad de Barrios Unidos. Foto:
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