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Wednesday, June 17, 2026
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    El Correo Cívico Femenino y la invención de la Ciudadana (a propósito del Día Internacional de la Mujer)

    “Mujeres de diversas extracciones sociales e inclinaciones ideológicas (desde militantes de izquierda como Carmen Clemente Travieso y Olga Luzardo, hasta figuras del liberalismo y el conservadurismo ilustrado) entendieron que antes de exigir la papeleta de votación, debían crear la infraestructura intelectual y social que sostuviera esa demanda.

    Por LUIS FERNANDO CASTILLO HERRERA

    La historia de la modernidad política en Venezuela suele narrarse en masculino ya a través de rupturas abruptas, el fin de la dictadura gomecista, la irrupción de las masas en 1936 y la Revolución de Octubre de 1945. Sin embargo, bajo la superficie de los grandes mitos fundacionales del siglo XX venezolano, operó una revolución más lenta, silenciosa y de inéditos resultados. Fue la gesta de un grupo de mujeres que, enfrentadas a una estructura legal y social que las reducidas a la minoría de edad perpetua, decidió que el camino hacia la emancipación no pasaba inicialmente por la confrontación armada, sino por la articulación de la palabra y la cultura.

    En la Venezuela postgomecista, la mujer era una paradoja viviente. Mientras el país comenzaba a urbanizarse y los ingresos petroleros transformaban la fisonomía de las ciudades, el Código Civil mantenía a las venezolanas atadas a una tutela patriarcal casi absoluta. La mujer casada no tenía control sobre sus propios bienes, no podía ejercer la patria potestad de sus hijos en igualdad de condiciones y, por supuesto, el derecho al voto le estaba constitucionalmente vedado. Se la consideraba la base moral de la familia, la guardiana del hogar, pero se le negaba la categoría de sujeto político. Es en esta fisura entre la modernización económica del país y su arcaísmo legal donde germinó el primer movimiento sufragista organizado de nuestra historia.

    El caballo de Troya del feminismo venezolano

    El año 1936 representó un despertar social. Al disiparse el terror de los veintisiete años de Juan Vicente Gómez, la sociedad civil comenzó a ensayar formas de asociación. Las mujeres, conscientes de que la política partidista tradicional les cerraba las puertas, utilizaron el único espacio público de la época les permitía: la cultura y la caridad. Así nacieron organizaciones fundamentales como la Agrupación Cultural Femenina (ACF), fundada en 1935, y posteriormente la Asociación Venezolana de Mujeres (AVM).

    Estas agrupaciones funcionaron como un brillante caballo de Troya. Bajo el pretexto de organizar recitales de poesía, fundar escuelas nocturnas para obreras, promover la alfabetización o crear la Casa de la Obrera, estas mujeres construyeron una intrincada red de solidaridad y formación ciudadana. En las reuniones donde se leía a Teresa de la Parra o se discutía sobre pedagogía, se gestaba también un profundo debate sobre la incapacidad jurídica femenina y la necesidad del sufragio.

    Mujeres de diversas extracciones sociales e inclinaciones ideológicas (desde militantes de izquierda como Carmen Clemente Travieso y Olga Luzardo, hasta figuras del liberalismo y el conservadurismo ilustrado) entendieron que antes de exigir la papeleta de votación, debían crear la infraestructura intelectual y social que sostuviera esa demanda. La cultura no era un fin en sí mismo, sino el medio para politizar la vida cotidiana. Las asociaciones sirvieron para articular demandas que iban desde la protección materno-infantil y la igualdad salarial, hasta la reforma del Código Civil. Pero faltaba un elemento crucial para masificar este esfuerzo, un órgano de difusión propio.

    El Correo Cívico Femenino

    La verdadera trinchera de esta lucha por la ciudadanía fue el periodismo. Es aquí donde emerge, con una fuerza inusitada, el Correo Cívico Femenino. Concebido no como un mero panfleto, sino como un órgano de pedagogía política y agitación intelectual, el correo se convirtió en el catalizador de las demandas sufragistas entre finales de la década de 1930 y la de 1940.

    A través de sus páginas, las venezolanas desmontaron metódicamente los argumentos conservadores que justificaban su exclusión. La resistencia al voto femenino se escudaba en temores irracionales, se argumentaba que la política “masculinizaría” a la mujer, que destruiría la armonía del hogar, o que las mujeres, por su supuesta naturaleza emocional, serían presas fáciles de la manipulación del clero o de demagogos. el Correo Cívico Femenino respondió a estos prejuicios con una pluma afilada y argumentaciones de índole sociológica, jurídica e histórica.

    Las redactoras del correo articularon un discurso donde la maternidad y el cuidado del hogar ya no eran excusas para el encierro, sino precisamente la razón por la cual la mujer debía votar. Si la mujer era la responsable de la educación de los futuros ciudadanos y de la administración de la economía doméstica, argumentaban, ¿cómo podía no tener voz en las leyes que regían la educación pública, la salud y el costo de la vida? Transformaron la “domesticidad” en un argumento político.

    Este medio impreso cumplió una función vital, creó una “opinión pública femenina” a escala nacional. Las paginas del correo publicaban cartas de mujeres de la provincia, informes sobre las condiciones de las trabajadoras, análisis sobre reformas legislativas en otros países latinoamericanos y encendidos editoriales exigiendo la reforma constitucional. Fue el espacio donde la mujer venezolana se ensayó a sí misma como ciudadana antes de que el Estado la reconociera como tal.

    El clímax de esta movilización articulada por el Correo Cívico Femenino y las agrupaciones aliadas ocurrieron en 1944. Ese año, en un esfuerzo logístico sin precedentes, las mujeres recolectaron más de 11.000 firmas a nivel nacional (una cifra titánica para la época y los medios de comunicación disponibles) que fueron entregadas al Congreso Nacional para exigir la reforma constitucional que permitiera el sufragio femenino. Aunque el Congreso de Isaías Medina Angarita concedió únicamente el voto municipal en 1945, la fuerza de la demanda ya era indetenible.

    La historia se precipitaría poco después. Tras el golpe de Estado de octubre de 1945, la Junta Revolucionaria de Gobierno, impulsada en parte por la presión insoslayable que estas agrupaciones habían cultivado durante una década, decretó el sufragio universal, directo y secreto, sin distinción de sexo. En 1946, las mujeres venezolanas acudieron por primera vez a las urnas para elegir a la Asamblea Nacional Constituyente, culminando así un proceso de emancipación que había comenzado diez años atrás.

    Al revisar la consecución del voto femenino en Venezuela, es imperativo hacer justicia a su verdadera naturaleza. No fue un obsequio del proceso de democratización de 1945; fue una conquista fraguada durante años en la persistencia de la Agrupación Cultural Femenina y en la tinta valiente del Correo Cívico Femenino. Aquellas mujeres, armadas con máquinas de escribir y una inquebrantable fe en sus derechos, comprendieron antes que muchos que la democracia no existe si la mitad de su población permanece en silencio. Ellas no solo conquistaron el derecho a votar, escribieron el primer gran capítulo de la modernidad civil en Venezuela.