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Tuesday, June 23, 2026
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    El lenguaje verbal y el otro lenguaje.

    ‘Para esta gaviota, sin embargo, no era comer lo que importaba, sino volar’ (RICHARD BACH)

    Ser profesor hoy empieza a ser un acto de valentía. Los chavales que acuden a la escuela han olvidado el significado de la idea de respeto. Quizás no. Creo que aquello que no se ha visto antes no puede olvidarse. Tal vez no han conocido -no les han enseñado bien en casa- lo que supone ir a un centro educativo. Los chavales hoy, en general, van a clase a pasarlo bien, a ser felices ya no aburrirse. Y es que el viento sopla a su favor. Los chavales que traen sus teléfonos inteligentes con la batería cargada, esconden los aparatos detrás de estuches de bolígrafos, en la silla o el suelo. Los chavales disponen de relojes inteligentes y otros dispositivos electrónicos que les facilitan copiar y hacer trampa en los exámenes. La escuela o el instituto entendieron como una carrera de obstáculos y el medio para llegar a una meta sin esfuerzo. No todos son así.

    Los alumnos de estas generaciones faltan una clase con regularidad porque su agenda está ocupada con citas médicas o compromisos de otra índole. Es raro que un profesor le niegue a nadie la oportunidad de ponerle un examen a propósito si la ausencia a la prueba está justificada. A veces una madre escribe al tutor disculpando la falta, a veces simplemente llama al tutor y notifica la falta sin más y con esto suele ser suficiente. Antes de seguir por aquí, aclaro que estos casos no son lo más actual, que en ocasiones las madres no son sobreprotectoras y dicen la verdad y que de cualquier manera, el profesor está obligado a contar con estas contingencias. (Explíquele a una madre que lo que realmente importa es la clase y no solo los exámenes)

    Se ha vuelto tendencia afirmar que las redes sociales son el problema, que Gorjeo/X oh Instagram son los culpables de todo lo malo que está sucediendo hoy en los colegios, a saber, acoso escolar, retos virales consistentes en comprobar qué chaval aguanta más el dolor para compartir un vídeo en una red que cuenta con más espectadores de los que el falso protagonista cree tener, etcétera. Las redes sociales se convierten en un problema cuando se utilizan mal. Un individuo razonablemente no utilice una lavadora para blanquear dinero, por ejemplo. Sin embargo, otro individuo desequilibrado entenderá que esa es la forma ideal de hacerlo, siempre y cuando con la idea de dejarlo presentable se le pase finalmente la plancha por encima. Y es que utilizamos las cosas mal. Un teléfono inteligente sirve, entre otras cosas, para comunicarse con los padres, los amigos y también para disponer de correo electrónico o aplicaciones prácticas como calculadora, calendario, grabadora, cámara, y un sinfín de otras maravillas. Claro está que en el momento en que un alumno hace mal uso de la calculadora o la cámara surgen los problemas. En muchas ocasiones, los alumnos intentan hacer una fotografía de la pizarra al final de clase para ahorrarse la molestia de tomar notas. Esto no está bien.

    Es cierto que las redes sociales disponen de la capacidad de multiplicar por mil cualquier imagen en cuestión de segundos. La difusión de una fotografía puede hacer mucho bien, y mucho mal también.

    Muchos adolescentes y muchos adultos no saben de qué va esto. Muchos de ellos parecen desconocer el daño del simple toque de sus dedos en un dispositivo electrónico conectado a internet. Parece que se ha obviado explicar a esta gente un concepto elemental de entendimiento entre la humanidad: el respeto. Si explicásemos esto a chavales de 12 años posiblemente no lo entendiesen, salvo si les diésemos un ejemplo que les tocase directamente. Habría que hablarles de su padre, de su madre, de su hermano. Habría que explicarles qué es la empatía, la compasión y la bondad.

    Hoy por hoy, muchos alumnos no van a clase a lo que deben ir. Hace falta que incorporen entre sus principios el principio fundamental del respeto al otro. El caso, y esto va a sonarle extraño, querido lector, hoy no hay respeto ni siquiera hacia la figura del profesor. Los adolescentes creen que los profesores son prescindibles. Hace no muchos años, un profesor entraba en el aula y los alumnos guardaban silencio y se disponían a escuchar. Hoy esto no es así. Muchos ignoran la presencia del profesor. Ni siquiera ocupan su sitio esperando la primera o segunda llamada de atención. En las aulas suele ser normal que los alumnos hablen entre ellos durante una explicación, que se hagan gestos, que jueguen a esconderse material escolar, que se levanten para no hacer nada, que tengan la urgente necesidad de ir al aseo, que se rían a carcajadas sin venir a cuento. Los alumnos no asisten en clase. Los que pueden se pasan la hora curioseando clandestinamente su celular – como si fuera un emocionante desafío -.

    Los profesores se están malacostumbrando a comportamientos intolerables. Un profesor no debe admitir las burlas de un alumno a otro ni tampoco la cobardía de la grey que se suma a la mofa. Por increíble que parezca, hay alumnos que pretenden hacer burla del profesor, -sí, hemos llegado a este punto- y uno decide si se rinde o no se rinde. Si es de los primeros, no siga leyendo. Si es de los que no se rinden, le interesará saber lo que hizo un colega en clase el día después de haber sentido que los alumnos ignoraban su tarea. Pidió silencio una vez, dos veces. Esperó la mirada de los alumnos y les dijo que no creía que tuviese que explicarles en qué consiste el respeto. Les dijo que el respeto era saber guardar silencio cuando una persona hablaba. Les explicó que su trabajo, el de él, consistía primordialmente en enseñar una asignatura y que ellos, los alumnos, solo tenían que callarse. Era sencillo. No hablar. No digas nada. El profesor les habló -sin ser interrumpido en ningún momento- de la importancia que tenía para un niño de un añito de edad controlar sus esfínteres para no hacerse sus necesidades encima y ser capaz de ir solo al baño. Si no necesitaba pañal sería más libre, no tendría que requerir la ayuda de sus papás para quitarle la suciedad. Era un pequeño triunfo de la individualidad del niño. Les dijo que todos allí habían conseguido eso. Les dijo también que el control de esfínteres consistía también en callarse, en no decir todo lo que uno pensaba en voz alta, en saber reprimirse en momentos en los que uno habla de más o contesta mal a un profesor, a un desconocido, a un amigo.

    Ellos le debían respeto a él como él los respetaba a ellos. Cada vez que uno de los alumnos le hacía una pregunta, él escuchaba. El profesor les confesó que le molestaba el mal comportamiento de los alumnos que no dejaban de hablar mientras él se dirigía a ellos.

    Les dijo que si después de saber callarse -que no es cosa baladí- aprenderan a prestar atención y además se pusieran a tomar notas, entonces el aprendizaje empezaría a funcionar. Finalmente, tendrían que leer esas notas, entender lo que habían escrito y digerirlas.

    Una vez terminado su discurso, les dijo que aquello que les había soltado era solo una muestra de un lenguaje comprensible, el lenguaje verbal que todos conocían. El profesor les habló de otro lenguaje, el lenguaje no verbal que no es menos importante. El lenguaje que ellos -y él mismo- habla con el cuerpo. Un profesor nota cuando un alumno no está interesado en clase al apoyar la espalda en la pared y mirar hacia otro lado, y advierte cuando un alumno atento sostiene la barbilla con una mano mientras apoya el codo en la mesa y su bolígrafo está en la otra mano preparado para escribir notas en su cuaderno.