Xariell Sarabia, Humberto Acosta y Remigio Hermoso en 1997 durante el bautizo del libro sobre los venezolanos en las Mayores. Foto: Cortesía Rosanna Di GregorioApenas habían pasado dos semanas de clases cuando una conversación sobre béisbol, en la que participaban tres o cuatro alumnos del primer año, me acerqué a Humberto por primera vez. Sobresalía en el grupo por sus conocimientos del juego, lo que enseguida me enganchó por ser también yo un empedernido seguidor de la pelota. Aquella tertulia de comienzos de 1973, frente a la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela, fue el inicio de una relación amigable que perduró por siempre.
Hasta ese día, entre quienes arrancábamos la carrera de periodismo, no tenía con quién disertar con propiedad sobre estadísticas, peloteros y récords. De ahí que luego de conocer a Humberto, quien me confesó le ocurría lo mismo, hicimos una buena llave. Las primeras conversaciones se las llevaron los Leones del Caracas, su equipo desde la niñez en Prado de María y que acababa de ganar el título de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP). Después de que entramos a los Atléticos de Oakland, que estaban en el tope de las Mayores.
Lo nuestro no era solo tratar acerca de béisbol, por supuesto. Compartimos en las aulas sobre el acontecer político, económico y social del país y del mundo, y en las tareas de aprendizaje para futuros periodistas. Guiados por profesores de estatura. Héctor Mujica, Jesús Rosas Marcano, Jesús Sanoja Hernández, Alexis Márquez Rodríguez, Gloria Cuenca, Eduardo Orozco, Olga de Álvarez. Vivimos noticias de impacto en aquel 1973. El golpe de Estado contra Salvador Allende y la primera victoria electoral de Carlos Andrés Pérez.
En los años siguientes, avanzado el compañerismo y la amistad, cumplimos una rutina hasta el final de la carrera en 1978. Alumnos del horario nocturno, no perdíamos la chance de irnos al Estadio Universitario, atravesando el Olímpico desde el lado este del campus. Acomodados en las graduadas vimos los últimos innings del juego de turno. Allí sí que hablábamos hasta el último out sobre béisbol y nuestra futura profesión. Fueron incontables las veces que lo llevé de Los Chaguaramos a Caricuao en mi jeep Nissan Patrol azul.
Humberto y yo elegimos la mención Impreso en la Escuela. Queríamos ser periodistas deportivos. Él publicó su primera nota estando aún a mitad de carrera, en la revista Deporte Gráficoorientado por Rodolfo José Mauriello, profesional destacado en la fuente de béisbol. En 1978 ingresó como pasante a El Nacional. A mí me tocó otro camino. Un año antes también llegué a este diario, recomendado para un cargo en la sección de provincia por el profesor Julio Barroeta Lara, jefe de las páginas de opinión del periódico.
Cuando recibimos el título de periodistas en el Aula Magna de la UCV, en enero de 1981, ambos seguíamos en El Nacionalcon Humberto ya encaminado hacia la cumbre del periodismo deportivo venezolano. Desde 1983 y hasta 2012 publicado en el periódico su columna. triple juego, que luego llevaría a los diarios Meridiano y Líder. Se había hecho un nombre reconocido y respetado en el medio, pero conservaba su característica sencillez. Nunca discutiría, ni se molestaba. Amable y de buen humor.
Humberto creció profesionalmente en diversos ámbitos. Escribió seis libros. Durante décadas fue comentarista en circuitos radiales del béisbol profesional. Trabajó en televisión con los narradores más reconocidos. Cubrió las Grandes Ligas, en particular numerosos entrenamientos primaverales. Se ganó el respeto de sus colegas y entrevistados, la mayoría de ellos peloteros y directivos de equipos. Pero con toda esa carga laboral siempre halló tiempo para refrescar nuestra amistad.
Sencillo y desprendidoEn 1991, tuve la oportunidad de aglutinar un conjunto de crónicas y datos diversos en un pequeño libro con el título de El Universitario Cuarentóna propósito de los 40 años del histórico estadio capitalino. Humberto redactó un prólogo de seis párrafos. “Héctor llenó mis expectativas, que supongo son las mismas de tantos eternos inquilinos de ese templo”, escribió. Ello significó para mí un gran honor, ya que gran parte del contenido de esa publicación refería hechos que habíamos compartido muchos años atrás.
La humildad, sencillez y espontaneidad de mi entrañable amigo –apropiado día de la amistad este 14 de febrero– era muy especial. Conserva ejemplares de dos de sus libros: Un siglo de béisbol, que escribió a tres manos con Juan Vené y Eleazar Díaz Rangel, publicado en 1996, y otro de su última obra, Roberto Clemente vs Sandy Koufax: El Útimo Encuentrode 2013. Los únicos que tenía y que se empeñó en regalarmel. El primero autografiado por los coautores y por él mismo. El segundo, también firmado, lleno de apuntes.
Desprenderse así de lo material, por más significado que tuviera para él, resaltaba su condición humana. Al igual que huía de los homenajes. En 2007, estando a cargo de la sección de Deportes de Tal Cual, publicamos una nota cuando recibió el Premio Nacional de Periodismo, escrita por Tony Cittadino, en ese tiempo pasante del diario, hoy radicado y ejerciendo en Madrid. Humberto me telefoneó y me dijo: “Gracias mijo (cómo solía decirme), pero ni que me hubiera ganado el Nobel”.
Visité a Humberto hace cinco meses en su apartamento de Caricuao, sin saber que sería nuestra despedida. Pasamos un rato hablando de beisbol y otras cosas. Me acompañó hasta la planta baja del edificio y me presentó a varios vecinos. Este viernes en un repleto nuevo Estadio Monumental, final de la Serie de las Américas, su imagen fue desplegada en la moderna pizarra y se guardó un minuto de silencio en su memoria. Llegaste lejos querido amigo. Esta vez merecías ese homenaje.
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