ALEJANDRO OLIVEROS, VASCO SZINETAR“Cada texto tiene una manera de prepararnos y acomodarnos para su respectivo asunto, tan acorde y sugerente, que leemos los siguientes párrafos con la serenidad de quien se deja llevar porque ya tiene la certeza de estar en buenas manos”
Por JUAN PABLO GÓMEZ COVA
Facilis descensus Averno; noctes atque dies patet atri janua Ditis;
sed revocare gradum superasque evadere ad auras, hoc opus, hic labor est.
Virgilio. Eneida
“Buen ensayista” es acaso de las mejores cosas que se puede decir de un poeta, porque pensar la poesía no deja de ser un acto rigurosamente poético. Desplegar en textos dispersos una pasión por la unidad, que es posible discernir gracias a la vertebración de los temas, es uno de los muchos aciertos de Al filo de la página (Kálathos, 2024), de Alejandro Oliveros. Gracias a este generoso conjunto de ensayos asistimos a la experiencia de un lector perspicaz que sigue asombrándose (y asombrándonos) de los prodigios literarios de nuestra tradición cultural (y sus relaciones históricas, políticas, sociales y estéticas). Soltura, afán pedagógico, madurez crítica y mirada irónica se entrelazan para dotar de consistencia una auténtica poética de la lectura, subrayada por el más preciado de los hechos de la buena escritura: la amenidad. Hay algo de imperturbable en esa voz que persiste en sus gustos, anhelos e inquietudes, sin concesiones, en una majestuosa travesía —muy a lo Pound— a través de lo viejo y lo nuevo (que, se sabe, intercambian posiciones muy a menudo).
En tiempos de indigencia cultural, el conocimiento y la aspiración a una propia ética artística parecieran casi defectos por los que hay que disculparse. Este libro pasa maravilloso de largo ante tal suposición. Y no se trata aquí de una erudición libresca anodina, sino de una creativa y vitalísima apropiación de textos, épocas, culturas, lenguas y tradiciones diversas, enmarcadas en vivencias propias, que configuran una manera de estar en el mundo y una declaración de intenciones: perseguir el tejido de algunas relaciones secretas de todos los elementos entre sí, en busca de hondos significados (o patrones invisibles). Tampoco se trata de una aspiración ética arrogante ni egoísta, sino modesta y desprendida, fundada en la convicción de que sólo la cultura nos salvará y, por eso, es un deber compartir ese espíritu con los demás, por escasos que sean quienes atiendan. Al filo de la página Colecciona esos momentos en los que el lector/autor levantó la vista y se tomó una pausa para pensar con detenimiento una idea sugerida, precisamente, por algo que acababa de leer. En ese acto tan sencillo podría resumirse buena parte de la historia del pensamiento humano.
Cada texto tiene una manera de prepararnos y acomodarnos para su respectivo asunto, tan acorde y sugerente, que leemos los siguientes párrafos con la serenidad de quien se deja llevar porque ya tiene la certeza de estar en buenas manos. Además, la actividad mediadora por antonomasia entre la escritura y la lectura es la traducción, aspecto que deja entrever, casi caleidoscópicamente, todos los problemas estéticos de la creación literaria. Este libro tiene una afinidad especial con ese oficio. Por un lado, como suma de una “literatura comparada” personal; por otro, ofrece una agradecida muestra considerable de versiones, algunas emprendidas por el mismo Oliveros, que acompañan las notas dedicadas a poetas y que conforman la última de las cuatro partes del libro, después del dilatado paso por los clásicos, modernos y contemporáneos.
En uno de los ensayos, el dedicado a Krasznahorkai (y escrito, por supuesto, antes de que le concediesen el más reciente Nobel de Literatura), leemos: “El estilo de Krasznahorkai es la sumatoria de todas esas lecturas, algo nuevo a partir de algo viejo. Su prosa es y no es convencional, su puntuación es siempre acertada”. Extraigo esta frase, y la alejo un poco de su contexto, para señalar que allí, tal vez sin saberlo, Oliveros está describiendo nítidamente su estilo propio. Entre los muchos temas que persisten, toca muy hondo el del exilio. tal vez al filo de la página que separa las notas dedicadas, por ejemplo, a Henry James (y su esquina feliz) ya José Solanes (los nombres del exilio), hay destellos que dejan contemplar en comunión a todos los desterrados de siempre. Origen y estímulo de este libro es el más digno y fecundo de los propósitos humanos: la incesante curiosidad. La misma que contagio sin remedio a sus lectores.