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Tuesday, June 23, 2026
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    Gestión de impresiones y quiebra

    En la película Tootsie (1982), ganadora de premios Oscar y Globos de Oro, Dustin Hoffman interpreta a un actor desempleado que, desesperado por conseguir trabajo, se disfraza de mujer y logra ser contratado como supervisor en una telenovela hospitalaria. Lo que comienza como una estrategia de supervivencia se convierte en una transformación inesperada: su personaje femenino cobra vida propia, establece vínculos, desafía al director machista y se convierte en una figura de autoridad. El público, atrapado en la ilusión, olvida que detrás de “Tootsie” hay un hombre. Hasta que, en una escena memorable, Hoffman se quita la peluca en vivo y revela su verdadera identidad. El desconcierto es total.

    Esta escena no solo revela el poder de la actuación, sino también la fragilidad de las percepciones sociales. En nuestras vidas cotidianas y en las organizaciones donde trabajamos, todos somos un poco Tootsie: interpretamos roles, adaptamos gestos, modulamos discursos. Somos actores aficionados en un escenario donde el juicio social determina reputaciones, ascensos y, en ocasiones, la supervivencia institucional.

    Desde mediados del siglo XX, esta idea ha sido formalizada en las ciencias sociales bajo el concepto de “gestión de impresiones”. Inspirado por la metáfora teatral, el sociólogo Erving Goffman (1922-1982) propuso que la vida social se asemeje a una obra en la que cada individuo desempeña distintos papeles según el público que lo observa. su obra La presentación de uno mismo en la vida cotidiana. (1956) se convirtió en un clásico, al sostener que incluso los gestos más triviales pueden estar estratégicamente diseñados para causar una impresión favorable.

    Aunque inicialmente criticada por su falta de evidencia empírica, la teoría de Goffman ha sido ampliamente validada y extendida por investigaciones en psicología social y comportamiento organizacional. Hoy sabemos que las personas emplean tácticas como explicaciones, excusas, conformidad de opiniones y otras estrategias para moldear la percepción que los demás tienen de ellas. En el ámbito corporativo, estas tácticas se han cómodo y sistematizado.

    En las organizaciones, la gestión de impresiones no es solo una práctica individual. Las empresas, como actores colectivos, también interpretan papeles. Manipulan narrativas, seleccionan indicadores, redactan informes. En la literatura contable-financiera, esto se denomina “gestión de impresiones corporativas”: el uso estratégico del lenguaje y la presentación de información para influir en la percepción externa sobre el desempeño empresarial.

    Los informes corporativos, especialmente los narrativos y particularmente las cartas a las partes interesadas (partes interesadas) en el reporte ESG o las cartas a los accionistas en los reportes anuales, se han convertido en escenarios privilegiados para esta actuación. Las secciones descriptivas han ganado protagonismo, ofreciendo a las empresas la oportunidad de superar asimetrías de información mediante explicaciones detalladas. Pero también permiten maquillar resultados, omitir riesgos o exagerar logros. La abundante evidencia empírica sobre estas narrativas es que las mismas facilitan el uso discrecional de la información, convirtiendo el informe en una pieza de dramaturgia más que en un documento técnico.

    El caso es que, tal como se demostró en pasados ​​artículos, la gestión de impresiones en los documentos corporativos está en aumento, y sus implicaciones éticas, estratégicas y reputacionales son profundas. Las empresas no solo buscan parecer exitosas: buscan parecer virtuosas. De ahí el uso creciente de informes ESG como herramienta de relaciones públicas y señalizadora de virtud, más que como instrumento de transformación. Tal teatralidad puede tener consecuencias graves, especialmente cuando la distancia entre la narrativa y la realidad se vuelve insostenible.

    Volvamos a Tootsie. La escena en la que Hoffman se quita la peluca no solo revela una identidad oculta, sino que exponen la tensión entre el personaje y el actor. En el mundo corporativo, ¿Quién es el personaje?, ¿No es acaso la empresa que se reporta sostenible mientras transita irreversiblemente hacia un curso de quiebra?

    La gestión de impresiones no es, en sí misma, una práctica condenable. Todos necesitamos presentarnos de forma estratégica. Pero cuando la actuación sustituye a la acción, cuando el maquillaje reemplaza la sustancia, el riesgo no es solo reputacional: es estructural.

    La quiebra, como veremos en los próximos dos artículos, se gesta mucho antes del guion optimista y moralizante del reporte ESG. Sin embargo y paradójicamente, dicho guion la anuncia.

    Declararse en quiebra es, precisamente, quitarse la peluca.

    Correo: [emailprotected]