Entre celdas, canciones y fantasías prestadas del cine clásico, esta nueva adaptación de la obra icónica de Manuel Puig, intenta convertir el sufrimiento en un espectáculo conmovedor con dobles lecturas. Cuando lo logra, demuestra que la dolorosa novela argentina, todavía sigue vigente en la cultura pop.
La nueva versión dirigida por Bill Condon de El beso de la mujer araña parte con una ventaja evidente y un problema igual de claro. Su material de origen es sólido, conocido y cargado de capas históricas, pero la película parece no decidir del todo qué hacer cuando la música se apaga. La historia, nacida como novela de Manuel Puig en los años setenta y transformada después en teatro, musical de Broadway y cine, vuelve ahora en un híbrido que quiere ser político, emotivo y escapista al mismo tiempo.
Por lo que Condon toma dos decisiones brillantes de entrada: no centrado —no exclusivamente— en el drama histórico y brindar a su película la habitual mezcla de alegría barroca y exagerada de cualquier musical. Una combinación singular que convierte al argumento en una revisión por completa distinta a la conocida adaptación de Héctor Babenco estrenada en 1986, con William Hurt a la cabeza. En esta ocasión, el sufrimiento —y la evasión del arte como escapismo— se convierte en el centro motor de una cinta que va de menos a más, hasta volverse sorprendente.
A pesar de eso, la cinta toma el camino de una adaptación precisa. Por lo que se sitúa en la Argentina de 1983, en plena resaca de la dictadura, donde dos hombres comparten una celda. Luis Molina (Tonatiuh Elizarraraz), encarcelado por su orientación sexual, y Valentín Arregui (Diego Luna), militante político detenido por sus ideas. Desde el inicio, la película establece un contraste claro entre ambos. Valentín busca silencio, orden mental, disciplina ideológica.
Luis, en cambio, sobrevive aferrándose a la fantasía, al recuerdo obsesivo del cine ya una forma de sensibilidad que incomoda a su compañero. Todo, en forma de asombrosas escenas de baile y música que crean un segundo mundo más allá de la prisión y sus horrores. El conflicto no tarda en ampliarse cuando las autoridades penitenciarias presionan a Luis para que obtenga información de Valentín, usando como moneda de cambio la promesa de una posible libertad y el reencuentro con su madre enferma.
Hasta aquí, el planteamiento es directo y funcional. El problema surge cuando la película intenta sostener su interés dramático fuera de los números musicales. Condon demuestra saber exactamente cómo utilizar el artificio como puerta hacia la abstracción, pero parece menos seguro al retratar la rutina del encierro. El resultado es una obra que, a pesar de tener ideas claras, debe enfrentar tensión interna entre dos lenguajes que no siempre se integran.
Dolor en un espacio remoto
La relación entre Luis y Valentín se construye, en teoría, sobre la oposición total. Uno cree en la revolución colectiva; el otro en la salvación íntima que ofrece el arte. Uno desconfía del exceso emocional; el otro vive en él. En la práctica, sin embargo, la película opta por acelerar ese proceso de acercamiento mediante un recurso muy concreto: el relato constante de una película dentro de la película.
Luis le narra a Valentín su musical favorito, también titulado El beso de la mujer arañaprotagonizado por la diva Ingrid Luna (Jennifer López). Cada vez que la narración avanza, la película abandona los muros grises de la prisión y se sumerge en un universo de colores saturados, melodrama y glamour. Es ahí donde la película encuentra su pulso más firme. A través de estas secuencias, no solo se construye un refugio para Luis, sino también un lenguaje común entre ambos hombres. Valentín, que al inicio rechaza todo lo que suene a evasión, comienza a escuchar. No porque la historia sea perfecta, sino porque le permite respirar.
La conexión entre los dos no surge de grandes discursos, sino de la repetición del relato, de la intimidad forzada y del cansancio compartido. Sin embargo, el guion nunca termina de profundizar en los silencios ni en las contradicciones de Valentín. Su arco es previsible y, en ocasiones, demasiado funcional al avance del relato. Luis, en cambio, se convierte en el verdadero eje emocional. La película parece entender que su mirada es la que justifica el tono y la forma, pero no siempre logra equilibrar esa centralidad con el desarrollo del resto de los personajes.
El musical como refugio
donde El beso de la mujer araña Realmente cobra vida es en sus números musicales. Bill Condon, con experiencia previa en el género, se mueve con soltura cuando abandona el realismo y abraza el artificio. Las canciones, aunque no particularmente memorables por sí mismas, funcionan como vehículos visuales y emocionales. Cada secuencia está diseñada para parecer sacada de un estudio clásico, con coreografías amplias, decorados exagerados y una estética que dialoga con títulos como Un americano en París oh Los caballeros las prefieren rubias..
En medio de los grandes musicales imaginados por Luis, Ingrid es el centro absoluto. Su presencia domina el cuadro y justifica el entusiasmo casi infantil con el que Luis recuerda cada escena. López no solo canta y baila con solvencia; Entiende que su personaje representa una idea, una promesa de belleza y libertad que no existe en el mundo real de la prisión. Condon utiliza estos segmentos como una declaración de principios: el cine como espacio donde todo es posible, incluso cuando afuera no lo es.
El contraste con la sobriedad de las escenas carcelarias es deliberado, pero no siempre eficaz. La energía que se genera en el musical rara vez se traslada de regreso al drama, lo que provoca una sensación de desequilibrio. El espectador, como Valentín, empieza a desear el regreso constante a ese universo falso pero estimulante. Y eso, aunque coherente con el tema del escapismo, termina debilitando el peso de la historia principal.
Escapar no siempre basta
Cuando las dos líneas narrativas finalmente convergen, queda claro dónde están las verdaderas prioridades de El beso de la mujer araña. El final privilegia la fantasía y la emoción estética por encima de la contundencia dramática. No es una elección equivocada, pero sí reveladora. La película sugiere que el arte puede salvar, aunque sea de forma momentánea, y que ese rescate tiene un valor propio. Sin embargo, al no permitir que el musical impregne de manera más profunda las partes oscuras del relato, esa premisa nunca se completa del todo.
Por lo que la película, a pesar de su brillante puesta en escena y algunos momentos asombrosos, no llega jamás a sentirse del todo sólido. Eso, a pesar de que es competente, visualmente atractiva y sostenida por actuaciones sólidas. Aun así, deja la sensación de que pudo haber sido más audaz. Después de todo, se trata de una historia que habla del poder del cine como refugio, por lo que resulta irónico que la película no termine de confiar plenamente en ese poder. El beso de la mujer araña es un recordatorio elegante de por qué seguimos recurriendo al arte cuando la realidad se vuelve insoportable, pero también de lo difícil que es convertir esa idea en una experiencia verdaderamente cinematográfica inolvidable.