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Tuesday, June 23, 2026
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    El suprematismo del México profundo

    NIETOLas amenazas consecuencias políticas del vídeo de 45 minutos con el cual el presidente (como lo sigue llamando, al estilo estadounidense, su sucesora) Andrés Manuel López Obrador presentó su libro grandeza (Planeta, 2025) ya han sido analizadas en México. Una vez transcurrido, de manera más agria que dulce, el primer año de gobierno de Claudia Sheinbaum, López Obrador, desde su cómoda finca en el trópico, con vigilancia militar permanente y una unidad de emergencias médicas construida adrede a pocos metros del domicilio del político de 72 años, declaró no querer «hacerle sombra» a su pupila, provocando todo lo contrario. Lo logró alegando que sólo echaría de nuevas las sandalias al polvo, en caso de intervención extranjera (Trump ha amenazado con usar la fuerza militar contra los carteles mexicanos ya calificados como terroristas, cuyos «derechos humanos» fueron prioridad para el expresidente), de verse amenazada la democracia (que él mismo desmanteló constitucionalmente) o de golpe de Estado (si por ello se entiende una alzamiento militar, no suena lógico que un Ejército cebado con aduanas y aeropuertos, ingente obra pública y cuya Marina está oficialmente acusada de participar del contrabando de combustible, tenga algún incentivo en proceder contra un régimen casi cívico-militar).

    Pero somos capaces de grandeza. Se trata de un libro “ateniense”, es decir, la obra de un sabio de pueblo que desde el recóndito lar que habita, se considera habitante de alguna de las Atenas de América y desde allí ejerce la mayéutica, como era frecuente entre los letrasdos ansiosos de cosmopolitismo, en el siglo XIX. En este caso, López Obrador no se ha retirado a cualquier lugar, si no a Palenque, en Chiapas, nada menos que a unos kilómetros de las célebres ruinas mayas, y su finca se llama La Chingada, en otra muestra de la empatía lograda –de ello no cabe duda– por el señor presidente con la mayoría de los mexicanos.

    De lectura engorrosa, grandeza está plagado de citas interminables, sobre todo de las “Cartas de relación”, donde el presidente más antiespañol que ha tenido el país –pese a que su abuelo llegó a México desde Cantabria hace más de un siglo– rinde involuntario homenaje a Hernán Cortés, el “cruel” conquistador extremeño destructor de civilizaciones a las cuales López Obrador encomia hasta el delirio por su libertad, fraternidad, creatividad y humanismo. Antes de ello, el autor de grandeza se sintió obligado a brindarle a sus fieles –a ellos va dirigido el mamotreto– una apretada síntesis de las grandes civilizaciones «afroasiáticas y europeas», para destacar que la mesoamericana está a la altura de aquellos y acaso un poco más arriba, dándose tiempo para opinar sobre judíos, romanos y cristianos, desde su versión gaseosa, a la vez evangélica y guevarista, del cristianismo. Aunque cita a alguno de los poquísimos historiadores, todos ellos de escaso rango, que lo apoyaron, López Obrador también se sirve respetuosamente de la obra de intelectuales mexicanos que le fueron del todo adversos ya quienes calumnió desde el púlpito presidencial.

    La tesis del libro no es nueva pero nunca había sido expresada de manera tan amplia ya la vez tan inocente por un personaje que, guste o no, se apoderó del siglo XXI mexicano. Partiendo visualmente de la antigua Tenochtitlán como el paraíso acuático de los murales pintados por Diego Rivera en el Palacio Nacional, a donde López Obrador se mudó en 2018, debemos imaginar, con grandezaque Mesoamérica fue ajena, gracias a un milagro nunca explicado, a la violencia de la historia, común a todas las civilizaciones y que la americana, según nuestro Sócrates, sólo fue bendecida por una única «invasión bienaventurada», el cruce de los humanos por el estrecho de Bering. El resto ha sido rapiña y colonialismo por parte, hasta 1821, del Imperio español. Para no malquistarse con sus admiradores peninsulares, por primera vez aclara López Obrador que la Conquista –obra militar en los hechos de los aliados indígenas de Cortés– sumió en la ruina y en la decadencia primero a los reyes y conquistadores, y luego al “pueblo bueno” de España, al cual le externa cálida simpatía. Mientras pensadores tan empáticos con el mundo náhuatl como Miguel León-Portillo sugirieron entender los sacrificios humanos practicados, principal pero no únicamente por los mexicas, desde su cosmovisión sacrificial del mundo, López Obrador de plano niega que esos sacrificios existiesen, aunque aclara que, según médicos de Estados Unidos, es técnica y clínicamente imposible la extracción de un corazón palpitante para ofrecerlo a los dioses. Por alguna razón casi no cita a León-Portilla, acaso porque declaró solemnemente ese sabio que si un mexicano odia lo español, se odia a sí mismo. Contra la evidencia arqueológica reunida por Eduardo Matos Moctezuma, el primer guardián del Templo Mayor, quien ya protestó, en estos días, contra el negacionismo de López Obrador, nuestro populista en jefe tiene, como en tantos asuntos, “otros datos”.

    No soy relativista y creo que la civilización occidental es superior al resto por un solo punto, lo esencial: exaltó, divulgó y acumuló la autocrítica. Pero a diferencia de no pocos amigos liberales, creo en la eficacia del mito del mestizaje, consecuencia inevitable de la conversión de los naturales predicada por el catolicismo y creador, durante el Virreinato de la Nueva España, de una nueva nación, la mexicana, hija, como todas las civilizaciones del planeta, de la crueldad y de la concupiscencia. Un súbdito de Moctezuma II (príncipes bonísimos fueron los emperadores mexicas, se lee en grandeza) no comprendería las danzas dizque aztecas, de inspiración “new age”, que se llevan a cabo en el Zócalo de la Ciudad de México, de la misma manera que un soldado de Cortés se preguntaría por qué un Benito Juárez, presidente, liberal y zapoteca, se arremetió en el XIX, en nombre del progreso, a la vez contra la Iglesia Católica y contra las comunidades indígenas.

    grandezade López Obrador, se origina, con orgullo, en un panfleto xenófobo, racista (que se adelantó en denunciar la llamada “blanquidad” occidental como origen de todos los males) y ultranacionalista, titulado México profundo, una civilización negada (1987), de Guillermo Bonfil Batalla, en su día biblia, también, del jubilado subcomandante Marcos. Siempre que se habla de la profundidad de una nación, sea la Francia del general Pétain o el México prehispánico de López Obrador, se acaricia al fascismo, partiendo de la base de que hay personas más personas que otras, aquellas enraizadas profundamente en su supuesta nación originaria, que han sido, son y serán humilladas por los recién llegados, los forasteros, los que piensan distinto, aquellos pocos creyentes hoy día, como dice el casi centenario Habermas, en que el único patriotismo válido es el constitucional. Cabe un consuelo: el supremacismo indigenista mexicano, ajeno a la vida cotidiana del país, a diferencia de otros que pululan por el universo, no es agresivo ni expansionista. Se propone rodear a México (oa Palenque) de esa famosa Cortina de Nopal que nos pasillo eternamente de perniciosas invenciones occidentales, como la verdad científica o la democracia parlamentaria.

    Christopher Domínguez Michael es miembro del Colegio Nacional de México y crítico literario

    Artículo publicado en el diario abecedario de España