“Les hablo desde una ciudad que es poco más que un montón de escombros. Aquí, en el corazón de la antigua Alemania, las luces de Navidad no brillan en las ventanas, porque muchas de esas ventanas ya no existen y no hay hogares tras ellas.
Para quienes estamos aquí, parece casi extraño celebrar el nacimiento del Príncipe de la Paz en una sala de justicia donde, día tras día, estamos exponiendo los detalles más terribles de la guerra, el odio y la crueldad. Estamos rodeados por la evidencia de lo que ocurre cuando un pueblo permite que la fuerza sustituya a la razón y el odio a la buena voluntad.
(…) Desde esta ciudad herida, pero que hoy es sede de la esperanza en la ley, les deseo a todos en casa una Navidad de gratitud y una paz que no sea solo el silencio de las armas, sino el triunfo de la justicia” (Robert H. Jackson, Mensaje de Navidad desde Núremberg, 24 de diciembre de 1945).
El 24 de diciembre de 1945 fue la primera noche buena después de seis años de la guerra más devastadora de la historia. Tal como hemos hecho en los artículos de nuestra larga serie sobre el 80 aniversario de la Segunda Guerra Mundial que corresponden a los tiempos navideños, vamos a relatarles cómo se vivió en las zonas afectadas, haciendo énfasis en el espíritu de los “hombres de buena voluntad”.
La película la busqueda / Los Ángeles perdidos (Fred Zinneman, 1948) tiene una referencia a las Navidades de 1945, aunque solo de palabras, porque la realidad transcurre en medio de las ruinas de una ciudad alemana (muy posiblemente Nuremberg). Es la llamada Hambre Weihnachten (Navidades del hambre) y la película muestra un campo donde la Administración de las Naciones Unidas para el Auxilio y la Rehabilitación (Unrra) busca ayudar a los niños huérfanos a encontrar a sus familiares o padres adoptivos. El centro de la atención fueron los niños que tuvieron la suerte de recibir los dulces y comida que los soldados les regalaron en un ejercicio de caridad cristiana, pero también hubo comida gratis para ellos especialmente preparada para Navidad e incluso se restablecieron algunos cines.
A pesar del hambre, en esa Nochebuena pude vivir de nuevo el auténtico espíritu cristiano de esa fiesta, al no ser reprimido y tergiversado por la propaganda nazi. La esperanza de no sufrir la guerra y el reencuentro con sus familiares les permitieron a muchos el renacer de la alegría (aunque muchos soldados alemanes tuvieron que esperar años para ser liberados). Había desaparecido el temor a ser reclutado o que un bombardeo destruyera tu hogar o lo que quedaba de él y por esta última razón pudieron volver las luces navideñas y el canto de villacincos.
Los países aliados también pudieron repatriar a muchos de sus soldados, siendo el mejor regalo de Navidad. Un buen ejemplo fue Estados Unidos con su operación alfombra magica. En Italia y Francia la situación era mejor que en otras zonas de Europa, ante la acelerada reconstrucción por finalizar la guerra en la mayor parte de su territorio en la segunda mitad de 1944. En Roma, el papa Pío XII dio su discurso de Nochebuena: Negli ultimi anni (en los últimos años), donde pedía “una reconstrucción moral del mundo y la necesidad de una paz verdadera, no impuesta por la fuerza”. Esta paz no podría cometer los errores del Tratado de Versalles en 1920, tenía que nacer de un orden justo que respetase la primacía de la familia y la libertad personal (en especial de prensa, pensamiento y opinión que busque la verdad) sobre los Estados. No podía renacer los totalitarismos, principales causantes de la guerra. Y se pudo realizar la misa de gallo en San Pedro.
Los países vencedores eran conscientes de esta necesaria reconstrucción moral, por lo cual, desde antes de la victoria, habían planificado un juicio a los culpables de la Segunda Guerra Mundial. En el frente europeo fueron los llamados Juicios de Nuremberg (del 20 de noviembre de 1945 al 01 de octubre de 1946), sobre los cuales hemos colocado al inicio un extracto del discurso que su fiscal en jefe, el estadounidense Robert Jackson, pudo transmitir por radio en Estados Unidos esa Nochebuena. A dicho juicio dedicaremos varios artículos en febrero del año que viene, esperando en ese momento ver la reciente película sobre los mismos. Pero queremos finalizar con el milagro del nacimiento del Niño Dios en las almas de algunos líderes nazis en sus celdas llevados a juicio y sus custodios durante la víspera de Navidad en Nuremberg.
El 13 de diciembre en los Juicios de Nuremberg se habían presentado pruebas gráficas (películas sobre los campos de exterminio) de los crímenes contra la humanidad de los nazis y tanto la opinión pública como los soldados que custodiaban a los 22 acusados exigían que no se les permitiría pasar una Nochebuena con algún privilegio. Los fiscales, y en especial el pastor luterano Henry Gerecke y el sacerdote católico Sixtus O’Connor no estuvieron de acuerdo y les regalaron una mejor cena aunque no un banquete, cantar villancicos y asistir a misa. Una diferencia del personal que sí celebró una gran fiesta. No hubo confraternización.
En el comedor de los guardias había un árbol de Navidad y se dice que algunos soldados permitieron que los prisioneros, al ser trasladados al baño oa la capilla, se detuvieran unos segundos a mirarlo en silencio. Finalizamos con las palabras de los capellanes al describir el ambiente entre los acusados, quienes algunos como Herman Goering jamás se convirtieron, mientras que otros parecían transformados (¿un último intento para evitar la muerte?):
“En la víspera de Navidad caminé por el pasillo de la prisión. El silencio era absoluto, roto solo por el sonido de las botas de los guardias. Al entrar en las celdas, encontré a hombres que habían ordenado la muerte de millones, ahora sentados en el borde de sus catres, con la cabeza entre las manos. Me pidieron que les leyera el Evangelio de San Lucas. Fue el momento en que la máscara del Tercer Reich se derrumbó por completo ante el mensaje del pesebre” (Pastor Henry Gereckey).
“Organizamos un pequeño servicio en la capilla improvisada. Cuando empezamos a cantar Noche quieta (noche de paz), vi lágrimas en los ojos de hombres que se consideraban a sí mismos de hierro. Wilhelm Keitel, en particular, parecía transformado. Para ellos, la Navidad no era un concepto teológico en ese momento, sino el último vínculo con la civilización que ellos mismos habían ayudado a destruir.
Mi deber era con sus almas, no con sus crímenes. Pasar la Navidad en Nuremberg fue comprender que el mal es una elección humana, pero que la soledad de esa noche en una celda de piedra es el juicio más amargo antes del veredicto final” (Sacerdote Sixtus O’Connor).
A todos mis lectores ya mi admirada editora Patricia Molina, les deseo una alegre y cristiana Nochebuena con el anhelo que el Niño Dios renazca en sus corazones y escuche sus sinceras oraciones. ¡Feliz Navidad!
Carlos Balladares Castillo
Magíster en Historia de Venezuela
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