SANDRO ORAMAS, AUTORRETRATO“Las veladas melómanas nocturnas entre vinilos y buen Côtes du Rhône se hicieron costumbre. En ellas tratábamos de descifrar, cual idioma oculto, a veces impenetrablelas personalidades sonoras de los músicos con sus instrumentos y atributos. Aquello fue literalmente escuela y cátedra”
Por SANDRO ORAMAS
Aquí hablamos de magia, no solo de arte… algo así como mi propia música dando vueltas, en una oleada rica y potente, en algún lugar de mi cabeza.
Haruki Murakami, retratos de jazz
La fotografía y el jazz
Para mí la fotografía de jazz viene principalmente de una experiencia directa con la música, con el jazz. Es decir, primero vino el jazz y luego la fotografía para materializar esa experiencia. Cuando la imagen coincide con el momento de la toma, una fracción de segundos basta para inmortalizar ese instante, dentro de un espacio visual y sonoro, que le es propio.
Primera etapa: hacia el camino del jazz
“Caminante, son tus huellas el camino y nada más; Caminante, no hay camino,se hace camino al andar…”, dice Antonio Machado en ese poema maravilloso que es “Proverbios y cantares” en campos de castilla (1912), convertido magistralmente en himno por Joan Manuel Serrat, dando a entender, en su mensaje contra la dictadura franquista, que la vida es un camino surcado de espinas, que se traza a medida que lo transitamos, sin un propósito determinado. Un camino que para mí tiene muchos senderos, entre ellos, el de la fotografía y el jazz.
Han sido ya más de treinta y cinco años desde que comenzó a recorrer el sendero del jazz y la fotografía, sin otro ánimo que no fuese el placer puro y simple de escuchar y fotografiar. Algo emparentado con el estado de vacío mental al que se refería Eugenio Herrigel en su libro Zen en el arte del tiro al arcocuando habla del arquero japonés al momento de soltar la flecha. En cierta manera, similar al del músico de jazz cuando improvisa; Sabe cuando empieza, pero no cuando termina.
Este camino tiene como fecha y lugar de inicio el apartamento-taller de mi papá en París, 79 Bd. Romain Rolland, frente al cementerio de Montrouge, 1962. Una vivencia de infancia que resuena aún en mi trabajo en torno al jazz y que 20 años después, excavando memorias con mi padre, me enteré por él que lo que escuchábamos en aquel vetusto apartamento parisino, oloroso a trementina y Camembert, era a Duke Ellington, Charlie Parker y Gerry Mulligan, con algo de Schönberg y Johnny Hallyday. Era/Fue el año del atentado a Charles De Gaulle y del rodaje de Vivir en la vidade Godard, por cierto, con música de Michel Legrand, connotado jazzista francés muy activo en esos años.
Un año más tarde, estábamos en Roma a dos cuadras de la Piazza de España. Allí, el banda sonora de ese entonces lo asocio con Nel blu dipinto di blu de Domenico Modugno y los hits de Rita Pavone y Adriano Celentano, marcados con la sonoridad jazz y del saxofón. Era la música de fondo de los días soleados del verano romano. Pasolini venía de rodar Mamá Roma y comenzaba El Evangelio según San Mateo en Palestina; Antonioni estrenaba El eclipse y Herbie Hancock sonaba con Hombre Sandía. En ese contexto músico-cinematográfico tuvo lugar mi primer encuentro con Lucho Cañizales, amigo de la infancia, músico en gestación, de paso por Italia con su mamá y sus dos hermanos. Una amistad entrañable, signada, sin saberlo, por el jazz.
Cinco años más tarde, ya de regreso a Venezuela, medianamente aclimatado y en proceso de adaptación, entré a estudiar violín con el maestro Antonio Urea, en la Escuela Popular de Música en la esquina de Truco a Guanábano y seguidamente en la José Ángel Lamas, después de pasar satisfactoriamente la temible evaluación del maestro Sojo. Continué el violín con el maestro Mescoli y teoría y solfeo con Alba Quintanilla e Inocente Carreño. Demasiado calibre musical para quien, dos años más tarde, desertara para entrar en la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas y entregarse en alma y cuerpo al rocael cine y la fotografía. Yo tenía apenas 16 años. La adolescencia tiene sus propias disonancias…
En la tele, el jazz Era también tema recurrente, tanto en los seriados americanos como en las viejas comiquitas de Tex Avery y El gato Félix, que saltaban al ritmo de las notas de Max Kortlander y Pete Wendling. De tal manera que, progresivamente pasó de Bach a Beethoven y de Sarasate a Los Beatles y Jimi Hendrix, para poco tiempo después de llegar a las catedrales sónicas del roca británico progresivo y sinfónico: Emerson Lake y Palmer, Yes, King Crimson, Rick Wakeman, Deep Purple, Black Sabath, Mahavishnu John McLaughlin, y por supuesto, Carlos Santana, que era lo que todos escuchábamos. El mal estaba hecho y mi camino de músico desertor de la academia, firmado inevitablente, una vez más, por el sendero del jazz.
Para colmo, por aquellos años de búsquedas sensoriales y revelaciones espirituales me había encontrado con Ilan Chester, en los Krishnas de Bello Monte, donde me invita a acompañarlo, junto con otros compañeros kirtaneros bien versados en el toque de la mridangam y los kartalespara abrir el concierto de Santana en el Universitario, la memorable noche del 7 de octubre de 1973. Apenas cantamos la primera canción, entre conchas de cambur y pitazos salimos del escenario dando paso al gurú Carlos con su guitarra. El impacto de ver la propia banda de Abraxas tan de cerca, los equipos, los intrumentos, los cables y roadies por todos lados, fue brutal. Subir en aquella tarima inmensa abierta en un estadio de beisbol repleto de peludos envueltos en humo y luces de colores fue como una visión maravillosa y apocalíptica al mismo tiempo. Allí constaté que la música podía ser la vez vértigo, sangre, sudor y lágrimas y que la perfección de lo que uno busca no siempre es del destino, sino un punto de partida hacia el infinito.
Segunda etapa: encuentro con el jazz
Tres años más tarde me encontré de regreso en Francia después de catorce años. La vida universitaria en Montpellier me ofrecía otro giro de improvisación en clave de jazz. Daniel, Alain y Philippe, mis grandes amigos de la universidad, conformaban una especie de cofradía iniciática de jazzófilos eruditos, que me iniciaron en la cultura del jazz. Entender y perfeccionar el cómodo arte de escuchar esta música era para ellos un ejercicio iniciado, filosófico, una manera de ser y de vivir. Las veladas melómanas nocturnas entre vinilos y buen Côtes du Rhône se hicieron costumbre. En ellas tratábamos de descifrar, cual idioma oculto, a veces impenetrable, las personalidades sonoras de los músicos con sus instrumentos y atributos. Aquello fue literalmente escuela y cátedra. A esto se agregaron los conciertos locales y grandes festivales de jazz del verano meridional en Nîmes, Cap d’Agde, Antibes, etc. Allí se podía ver, escuchar y, en mi caso, fotografiar, las grandes leyendas: Miles Davis, Dizzy Gillespie, Art Blakey, McCoy Tyner, Stan Getz, Chic Corea, John McLaughlin,Weather Report y Herbie Hancock, entre muchos otros. Este panorama marcó una etapa crucial en mi trabajo fotográfico con el jazz.
Puedo decir que, a partir de ese momento, una de mis búsquedas en la fotografía se situaría definitivamente entre dos pulsiones: la imagen y el jazz. La fotografía no solo como un producto documental, sino como un medio para hacer visible el espíritu invisible del jazz. El lenguaje de las luces, de los reflectores y los gestos performáticos de los músicos suspendidos en los negros profundos de los escenarios. Un léxico visual que veía en las caratulas de los discos y de los grandes maestros de la fotografía de jazz: Herman Leonard, William Claxton, Lee Tanner, Milt Hinton, Giuseppe Pino, y los paladines de la disquera Blue Note Francis Wolff y Red Miles, para nombrar algunos de mis preferidos.
Tercera etapa: el jazz hecho en Venezuela
La penúltima etapa de este viaje que aún recorro comienza en Venezuela en agosto de 1983, con mi reencuentro con Lucho Cañizales. Yo venía de Francia con mis fotografías de Art Blakey, Miles, Dizzy, McCoy Tyner, Stan Getz, Chic y Jaco Pastorius, entre otros, y Lucho llegaba de Boston después de graduarse en Berklee, donde era asistente del pianista, compositor y arreglista George Russell. Después de nuestro encuentro en Roma en el 62, mucha agua había corrido debajo de los puentes del Tevere, el Sena y el Guaire. El clic fue inmediato. Yo inauguré una exposición en la Galería Durban junto con los hermanos Manaure y lo invité a tocar en el inauguración. Se presentó con Rodolfo Reyes, también recién llegado de Berklee, y Danilo Aponte. Al día siguiente fue una sesión improvisada en la sede de la galería Cierrismo, un espacio cultural alternativo ubicado frente a la plaza de La Candelaria que se dirigía Andrés Salazar entre pinturas tailandesas, vinos y textos eróticos de Rubén Monasterios. Lucho llevó el trío Música Viva, un grupo de “jazz indoamericano” con raíces afrovenezolanas, integrado por Lucho alpiano Defensa Rodhes, William “el oso” Capecci en el contrabajo, y Gustavo Calle, exbaterista de Daiquirí.
Ese mismo mes fuimos a visitar su recién abierta escuela Música Viva, decorada con mis fotos de jazzy pocos días después me llevó a ver a su amigo de andanzas neoyorquinas Paquito D’Rivera en el Teatro Municipal. Allí estaban Pedrito López, el Gallo Velásquez, su hermano Patúo y el Pavo Frank en la batería. Fue el inicio del capítulo venezolano que faltaba en mi trabajo con el jazzjusto antes de irme a San Francisco (California), donde continué fotografiando, durante doce años, los escenarios del jazz local.
Lucho Cañizales falleció inesperadamente en 1988 dejando un vacío enorme en el medio jazzístico venezolano, que muchos de sus compañeros, alumnos y amigos como Rodolfo Reyes, Nené Quintero, Roberto Girón, Álvaro Falcón, Silvano Monasterios, Rolando Briceño, Pedrito López y Gerry Weil, entre otros, aún lamentan. A Lucho se lo llevó la vida con la misma intensidad con la que vivía el jazz.
A lo largo de los años, tuve la fortuna de contar con amigos que, de una u otra forma, compartieron mi mirada fotográfica sobre el. jazz. Después de mis amigos franceses, Lucho Cañizales fue uno de los primeros espectadores admirativos y entusiastas de ese trabajo. Su comprensión musical y estética de las imágenes fue un estímulo esencial en mis inicios. Más tarde, en 2006, tuvo lugar otro encuentro significativo con Jacques Braunstein. Recibí de él la generosa disposición para escribir la presentación de un proyecto de libro de mis fotografías de jazzque no llegó a realizarse, pues partió poco tiempo después. Más recientemente, Federico Pacanins ha retomado ese impulso, interesándose en mi trabajo sobre el jazz y apoyando un proyecto de exposición en el Centro Venezolano Americano, espacio emblemático de la historia del jazz en Venezuela. Su amistad, cultivada en conversaciones sobre el jazzel cine y la poesía, es producto de una sincera complicidad creativa.
Entre estas afinidades, una de las más profundas fue la que me unió a Gerry Weil, figura esencial del capítulo venezolano de mi historia con el jazz. Una amistad que comenzó casualmente, en un almuerzo en los chinos de El Bosque, y se transformó con los años en una relación entrañable y fecunda. Compartimos, en su apartamento de Sabana Grande, largas conversaciones sobre música y espiritualidad, sobre los vínculos secretos entre el jazzel budismo zen y la energía vital que habita en todo acto creativo. Gerry me adoptó de manera efectiva como su “fotógrafo oficial”, un gesto que me permitió acompañarlo en proyectos como Gerry Weil Sinfónico (nominado a los Premios Grammy Latinos 2022) con El Sistema, y Gerry toca Bachcuya portada tuve el privilegio de realizar. En él encontró un maestro de vida, que me recordó que la música, como la fotografía, debe ser siempre una forma de expresar gratitud ante lo efímero de la vida.
coda
La fotografía de jazz es un camino, una praxis de vida, una forma gestual de escuchar con los ojos, con el corazón. Es un “arte fotográfico” que no se estudia, sino que se aprende escuchando, pateando los escenarios, interactuando con los músicos. Es principalmente una experiencia visual y vivencial con la música, con sus actores y sus momentos, que busca capturar, en unos pocos segundos lo inasible del jazz. En suma, si no hay pasión por el jazz no hay fotografía de jazzpues como dijo el gran Eugene Smith, fotógrafo humanista y gran fotógrafo de jazz:
La pasión está presente en todas las grandes búsquedas y es necesaria para todos los esfuerzos creativos.